Verano de tapas y tapones

Dice el refrán que “de Virgen a Virgen el calor aprieta firme”. No hay que ser un experto para constatar que, en efecto, desde la fiesta de la Virgen del Carmen hasta la Asunción, el sudor nos posee. Los meteorólogos de la tele luchan entre sí para convertir en noticia lo que es normal, e inventan nuevos modos de aterrorizar al espectador con “danas”, gotas frías, olas de calor subsahariano, y calimas con polvo y aroma de camellos en suspensión. Así se nos pasan los días, a la espera de la próxima “ciclogénesis explosiva” o de una “lluvia de sangre” asociada a un “tren de borrascas” espongiformes (creo que la palabra “espongiforme” se me ha escapado de otro artículo, pero me apetecía ponerla aquí).
Este año el verano empezó glorioso gracias al fútbol y al tenis, pero no os engañéis, amigos. Todo fue una cortina de humo. Esos triunfos hispanos trataban de hacernos olvidar el abuso intolerable de la guerra de los tapones.
¿No sabéis de qué hablo? Fue la noticia del verano. Desde el pasado 3 de Julio, los envases de bebidas de hasta tres litros deben incorporar tapones siameses, cada uno adherido indisolublemente a su correspondiente botella conforme a la Directiva Europea 2019/904 y la Ley Española 7/2022 (artículo 57).
La normativa, que afecta a botellas de refresco, agua mineral, brik de leche y otros envases similares, ha generado numerosas críticas en las redes sociales. Entre las quejas más comunes se encuentra la incomodidad al beber directamente de la botella, ya que el tapón choca con la nariz, y a nadie le gusta que la Unión Europea le toque las narices de forma tan descarada. Además, algunas narices no han sido homologadas y resultan incompatibles con este modo de beber.
Yo prohibiría que los ciudadanos beban chupando directamente de la botella. Cada vez que veo a alguien morreándose con una birra y llenándose el esófago con gérmenes y bacterias de origen incierto en lugar de utilizar un vaso aprobado por la Unión Europea, monto silenciosamente en cólera y me alejo del infractor haciendo un gesto de escándalo.
Por lo demás, yo prefiero las tapas a los tapones.
Las tapas fueron un invento genial de Alfonso X el Sabio. Resulta que allá por el siglo XIII hubo en La Mancha una cosecha de vino tan grande y generosa que los súbditos de su Majestad se aficionaron a frecuentar las tabernas de forma desmedida con serio peligro para su salud y quizá para la paz vecinal. Informado del problema, el rey dispuso que, en lo sucesivo, cada vaso de vino se sirviera con una pequeña cantidad de alimento. Los profesionales taberneros cumplieron la orden cubriendo cada copa con una loncha de queso o de jamón a modo de tapadera o «tapa». Desde entonces en España, y solo en España e Hispanoamérica, nadie bebe sin ese sabio y nutritivo complemento.
Más le valdría a la Unión Europea dejarse de tapones y aprender la lección del rey de Castilla.
Por lo demás, termino mi columna de hoy recordando que el mes de agosto rebosa de fiestas marianas en cada pueblo y ciudad de esta tierra. Celebremos a la Virgen como mejor sepamos, sin pasarnos de rosca, pero con alegría. Seguro que al buen vino que inventó Jesús en las Bodas de Caná de Galilea, María le añadió un buen pincho de tortilla.
Sí, en mi tierra decimos “pincho” en lugar de tapa, pero es que nos gusta llamar la atención.

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