Una mirada sobre Valencia, desde el barro

Voluntarios y vecinos, en la zona cero de las inundaciones, Paiporta y Alfafar, representan una llama de esperanza en el desastre
Un niño ayuda a su madre a llevar un cepillo

Como es bien sabido, el martes 28 de octubre el levante español quedó cubierto de agua. Desde la costa valenciana hasta el interior manchego, la DANA sacudió con fuerza decenas y decenas de poblaciones poco protagonistas de los telediarios. Ni siquiera los más de doscientos muertos oficiales, que posiblemente quedan muy por debajo de los fallecidos en realidad, son hoy suficientes para hacerse una idea de la tragedia. Casas destrozadas, pueblos que no se reconocen, calles que todavía parecen venecianas y vidas truncadas por algo tan prosaico como el agua. La tragedia de Valencia sólo se puede entender desde Valencia.
Una semana en la zona cero, donde este temporal se ha cebado, sí ha bastado para vislumbrar el drama de lo que hay y la desesperanza de lo que vendrá. “Fíjate los del volcán o los de Murcia: todavía están esperando que les devuelvan sus casas”, comenta angustiada Marisa, vecina de Alfafar. Tiene razón: aún hay en nuestro país canarios viviendo en contenedores tras la explosión del volcán en La Palma, y en Murcia todavía se acumulan escombros de aquel terrible terremoto en Lorca.
Un paseo por Paiporta lleva en primer lugar a la pregunta de cómo sería esto en el pasado —hace pocos días—, con su río caudaloso, su ayuntamiento modernista, sus puentes alargados y sus colegios llenos de vida. Poco se tarda en llegar a la segunda pregunta, acaso más terrible: ¿cómo será Paiporta en cinco o diez años? ¿Habrá recuperado su forma?
El instituto Andreu Alfaro, de esta no tan pequeña localidad, es ahora un centro de operaciones. He podido comprobar el trajín en estas aulas, que ahora no escuchan el jolgorio de los niños sino el sonido de la tragedia, que a veces se funde con risas cómplices. Hay profesores tratando de gestionar el caos de este Babel, donde un numeroso grupo de mujeres ordena materiales donados, donde el agua se amontona por toneladas, donde las botas de los voluntarios todavía no han pisado suelo. “Aquí todo viene bien. ¡Todo! Que no me entere yo que dicen que no hace falta gente. ¿Pero no veis que sí?”, reclama un anciano del pueblo. Una monja, la Hermana Fons, escucha, sonríe, y vuelve al trabajo.

Llegan ayudas

La DANA lo ha cambiado todo y también ha transformado las prioridades. A este patio no dejan de llegar furgonetas cargadas y podría elaborar hasta un decálogo de famosos a los que discretamente me he encontrado ayudando. Sesudos intelectuales discuten sobre la idea de España y en este instituto uno comprende bien su complejidad. Esto es. “Nunca había visto este instituto tan abarrotado. Soy de Paiporta de toda la vida y es emocionante ver cómo jóvenes y familias enteras vienen a ayudar desde tan lejos”, me comenta Celia en una pausa del trabajo. “Estamos infinitamente agradecidos a los voluntarios”, remata.

Un grupo de voluntarios, con el autor de estas líneas en el centro, en las tareas de limpieza en Paiporta.
Un grupo de voluntarios, con el autor de estas líneas en el centro, en las tareas de limpieza en Paiporta.


Estos días el debate ha estado servido pero en primera línea he sido testigo, las últimas semanas, de algunas poderosas certezas: España ha salido a la calle para ayudar a sus compatriotas, y la Iglesia ha estado a la altura. No es poco. Voluntarios de Cádiz y Tarragona trabajan estos días aquí al lado hombro con hombro; laicos y religiosos se hacen uno en la puerta de la parroquia de La Torre para almacenar el agua potable que traen los vecinos. Nadie pregunta qué hace falta, porque parece evidente: “Viendo las noticias supimos que faltarían productos infantiles y hemos cargado la furgoneta desde Arganda del Rey con pañales y leche en polvo”, comenta Raúl, joven abogado.
Apenas dos días después de la tragedia paseé por Mira, pequeña localidad de la provincia de Cuenca, y allí encontré a un pueblo volcado con sus vecinos. Lo mismo en Garaballa, donde el santuario de Tejada quedó colapsado por el barro. Tras las lluvias torrenciales han quedado bancos inservibles, velas que nunca se iluminarán y un retablo seco de puro milagro. Y esto no es una forma de hablar.
Allí los voluntarios han podido encontrar al padre José Carlos, cuya labor pastoral este último mes se ha transfigurado. “Mira, hijo, tenemos que dar gracias a Dios porque su generosidad está siendo alucinante”, comenta, mientras trata de manejar una katcher que nunca sospechó usar en su templo.

Liderazgo con pala

Sin embargo, esta tragedia ha evidenciado, sin romanticismos ni idealizaciones, el liderazgo de mucha gente que, deseosa de colaborar, ha cogido la pala que nunca sospechaba tener que usar así para sacar barro de una casa a la que jamás imaginó visitar. Daniel, un joven voluntario, explica a Mundo Cristiano: “He limpiado garajes con concejales socialistas y diputados de Vox. He hablado con señoras y ancianos con los que ahora comparto algo, a lo que todavía no he sido capaz de poner nombre”.
Y en el frente de batalla, tantos sacerdotes buenos al servicio de su pueblo. En la iglesia de Mira, al caer la tarde, el obispo monseñor José María Yanguas celebró para todos los voluntarios la Misa de Todos los Santos. El pastor busca a la oveja perdida, pero vaya si cuida a las noventa y nueve.
En Mira primero, y después en Sedaví, Benetúser, Alfafar, Masanasa, Catarroja, La Torre, Picaña y Paiporta, he comprobado esta expresión de solidaridad. Que España se haya echado a la calle da respuesta a uno de los grandes debates de nuestros días: sí, el pueblo está por encima de sus políticos porque ha tenido que ser el pueblo el que salve al pueblo. Basta recorrer las calles de Alfafar, como hice de noche junto a Elena, vecina del municipio, para ver que todos los recursos del Estado han llegado tarde. No sólo los camiones del Ejército, que después de varios días por fin colapsaban la A-3, sino también la cercanía de nuestros gobernantes, “ausentes en esta tragedia. Es una vergüenza que no esté aquí todo el Ejército. Sabemos que están deseando venir a trabajar, pero parece que no les dejan”, explica algo enfadado un matrimonio venido desde Cantabria.

Momentos de ayuda de voluntarios y reconstrucción en Paiporta.
Momentos de ayuda de voluntarios y reconstrucción en Paiporta.


El hueco de las instituciones ha sido llenado por cientos de voluntarios, y bendita voluntariedad la suya. Jóvenes de todos los rincones de España han venido a Valencia a ayudar. En el lugar donde se hospedó quien esto escribe coincidió con policías catalanes, y en una clínica de fisioterapia encontré limpiando las paredes a un grupo de universitarios de Lugo. “Si hay que venir, se viene”, comentan con cierto desenfado gallego, y vuelven al trabajo. Muchos de ellos, de los voluntarios, están organizados por parroquias de la zona, que estas semanas han llevado a cabo una tarea de coordinación hercúlea. El ambiente puede llegar a confundir, porque el servicio de estos religiosos tiñe la tragedia de optimismo.
Es precisamente en el dolor donde nace la esperanza. Si los vastos terrenos de Auschwitz hoy aparecen llenos de margaritas algo nos hace pensar que en las zonas afectadas del levante pronto encontraremos brotes verdes. He visto sonrisas en las que cabe todo un plan de reconstrucción, abrazos entre vecinos que sacarían adelante cualquier estrategia nacional. “Todavía no sé qué pensar: ver todo esto me ha conmovido”, reflexiona Juan, estudiante venido desde Madrid.

Sonrisas y reconstrucción

En la Misa del pasado 19 de noviembre, el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Luis Argüello, explicó que es en la caridad donde se manifiestan de forma concreta la fe y la esperanza. En el volcarse de tanta gente hay escondido un eco certero: Paiporta y todos estos pueblos ahora destrozados deben ser prioridad para todos nosotros.
La generosidad ha sido de ida y vuelta. Pocas veces se había hecho tan evidente aquel pasaje evangélico de la viuda en el Templo. En Valencia y el resto de municipios afectados quien menos tiene más ha dado y ser voluntario ha sido una tarea fácil, llevadera. Muerto de vergüenza, grabé en un calle colapsada por los escombros un vídeo para mis amigos y familiares animándolos a venir y desde un balcón una anciana aplaudió nuestras palabras; nos ofrecieron comida cada día, como si la providencia orquestara menús de comida para todos; nos facilitaron baños y casas particulares. Me he sentido acogido por desconocidos a los que he tratado con una familiaridad regalada.
En aquel contexto de miseria charlé con un buen amigo, a quien dije que Dios era verdaderamente bueno, porque así nos lo hacían ver los vecinos. Así me lo repitió hasta la saciedad Olga, una anciana de Perú a quien el agua movió todos los muebles y bombonas de butano. “Qué bueno es Dios”, repetía como una letanía mientras varios jóvenes sacábamos de su bajo un frigorífico que aún flotaba. “Pero, ¿tanto? ¿De verdad tan bueno?”, cuestionaba mi amigo. En el levante español hay una mano invisible que estas semanas se ha hecho escandalosamente visible, en tantos rostros agotados que todavía guardan una mueca de esperanza.
A las puertas abiertas de tantas casas se han sumado los portones de las iglesias, que este último mes se han transformado en tabernáculos. La parroquia de San Jorge Mártir ha quedado por fuera como todos los demás edificios: una marca evidencia el poder del agua sobre la piedra. Por dentro es otro tema. La he encontrado apabullante, llena de vida gracias a sus voluntarios y a la legión de sacerdotes que estas semanas han manchado las faldas de sus sotanas de barro. Uno de ellos es el Padre Federico, que ha saltado a la fama por su imagen en medios de comunicación. Joven y alegre, no para de hablar con unos y otros para poder llegar a todas las casas del pueblo: “¡Decidles que mis puertas están abiertas!”. De par en par.
En Paiporta me encontré al Señor en un sagrario teñido de barro y en tantas monjas alegres. Y en un banco lateral un diácono repartía bocatas y galletas, porque la Iglesia es esto. La DANA nos sirve para recordar que en algunos lugares las parroquias todavía son el centro del pueblo. En un mundo ajeno al sufrimiento, que olvida la fragilidad del hombre, las iglesias se han convertido en el único lugar donde no se huye de la cruz, sino que se aprende a abrazarla. Hasta Valencia hemos tenido que ir para aprender la lección.

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