Es una mañana de primavera, de estas que confirman el famoso dicho español “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”. Llueve y hace un frio impropio del mes de junio. El Valle de los Caídos nos recibe verde y con unas nubes bajas que convierten ese lugar en un paraje idílico para estudiar. Queremos conocer la Escolanía del Valle de los Caídos, situada justo en frente de la abadía y colindante al monasterio, donde residen los monjes. El edificio es de piedra, imponente y bonito, a los pies de la famosa cruz, registrada como la más grande del mundo. Cuando la Abadía y la Escolanía tienen su futuro entre interrogantes, Mundo Cristiano se adentra en los pasillos, patios y capilla para ver de cerca cómo estudian sus alumnos.
Nos recibe Fray Santiago Cantera, prior de la congregación benedictina e intelectual de prestigio. Nos habla brevemente sobre la situación actual del Valle, los retos que deben de afrontar. Marcha en busca de Fray Miguel. Durante ese impasse los chicos juegan en los pasillos, es su hora del recreo. Los alumnos de la Escolanía también lo son del Colegio de Santo Domingo. Esta dualidad entre la formación académica y la musical es uno de los valores diferenciales de este lugar tan especial.
Como llueve los chicos no pueden salir al gran patio del que dispone el edificio. Sin embargo, encuentran entretenimiento en el mítico juego de las chapas, leyendo cómics, con el monopatín o los mayores, con la guitarra o charlando. Los corchos están llenos de carteles donde se lee: “Campeonato de fútbol”, “Horario semanal” y otros avisos de su vida ordinaria. Hay un claro ajetreo, propio de un colegio, que solo se calma cuando suena una alarma que marca el final del descanso y que pone a todos los niños en rigurosa fila. Son las doce de la mañana y hay que rezar el Ángelus.
Una gran familia
Tras terminar el rezo los alumnos se marchan, y aparece Fray Miguel, director de la Escolanía. Nos acompaña hasta la biblioteca. Allí llega nuestro primer entrevistado, Miguel, alumno de cuarto de la E.S.O. Miguel lleva en el colegio desde primero de secundaria, y en su curso son cinco chicos. Nos cuenta que el máximo de alumnos por clase es de diez, y que esto ayuda a que las clases sean mucho más personalizadas y adaptadas a las necesidades de cada estudiante.
En todo el colegio son solo unos treinta niños. “Al ser menos gente es como una familia, todos cuidamos de todos. Te llevas bien con gente de todo tipo y de todas las edades. El enfadarse con los compañeros se vive diferente, porque si discutes con dos, tienes un problema con prácticamente media clase”, cuenta Miguel riéndose.




Aparte de las asignaturas convencionales de cualquier colegio, los alumnos de la Escolanía también reciben formación musical. Instrumentos, música clásica, teoría musical y canto gregoriano. “Al principio yo no tenía demasiado interés por la música, pero se aprende mucho y he acabado disfrutando de verdad”. Miguel es interno en el colegio. De hecho, la mayoría de alumnos lo son. Los más pequeños duermen en habitaciones conjuntas, los de secundaría en habitaciones de cuatro y los mayores, en habitaciones propias.
Una de las cosas que más valor aporta a este centro educativo es su uso reducido de las tecnologías. “Las clases se imparten con libros físicos, como toda la vida, y los ordenadores se utilizan exclusivamente para trabajos muy puntuales de los alumnos mayores” comenta Miguel. Los móviles también están restringidos: los alumnos tienen acceso a ellos exclusivamente para hablar con sus padres lunes, miércoles y viernes, durante media hora.
Para todas las edades
Félix, un muchacho pequeñito y muy espabilado nos sonríe tímidamente. Félix está en quinto, y entró hace dos años en el colegio. Nos cuenta que lo que más le gusta es que “duermes en el mismo lugar en el que estudias”. En su clase son ocho niños, cinco de quinto y tres de sexto.
Le preguntamos curiosos si no echa de menos a sus padres, pues enviar a un niño a un internado a tan corta edad puede dar un poco de vértigo: “Al principio echas de menos a tu familia. Es normal, pero luego te acostumbras. A mis amigos de fuera los veo en verano y mis padres vienen los findes a verme”.
Félix, como Miguel, ha aprendido a querer la música, especialmente el gregoriano, que como nos confirma entre una sonrisa “era música que no había escuchado antes”.
No es necesario saber cantar para poder entrar en la escolanía. Además, Félix nos cuenta que cada año hacen un viaje todos los niños (este curso, a Francia), donde dan conciertos, conocen a otros niños cantores y visitan diferentes lugares.
Los grandes olvidados
Fray Miguel entra en la sala. En el monasterio viven quince monjes. Cuatro, -los más jóvenes-, están en la escolanía. Hay una comunidad de religiosos que convive con los alumnos casi todos los días; forma parte de su vocación religiosa. Fray Miguel es el director de la Escolanía. Lamenta el gran estigma político que rodea a los monjes del Valle. “Al gobierno no le importa cerrar un colegio de treinta niños, y sin monjes no hay Escolanía”. “Se habla mucho de que nos van a echar, por eso muchas familias no quieren meter a sus hijos en el colegio. Sin embargo, las que lo hacen son familias guerreras que inscriben a sus hijos y se comprometen con el centro el doble”, explica.
Patrimonio Nacional ha cortado todo tipo de subvenciones, cuenta Fray Miguel: “Estoy buscando donantes para mejorar la infraestructura del colegio, me gustaría ponerles un campo de fútbol de césped artificial”. La mensualidad del colegio ha aumentado hasta los 350 euros, un incremento necesario para la supervivencia del centro, pues dejaron de percibir cualquier tipo de ayuda económica del gobierno.
Algo diferencial
Pese a los problemas económicos a los que se pueden enfrentar, el colegio sigue creciendo. Actualmente cuenta con cursos desde tercero de primaria hasta cuarto de la E.S.O. Además, se está planteando la idea de ampliar a bachillerato, ofreciendo la rama de humanidades y la de artes escénicas por vía musical. “Mi idea es que la Escolanía llegue a setenta alumnos” comenta Fray Miguel.
“En la Escolanía nos diferenciamos por ser un colegio muy especializado, con pocos alumnos y un ambiente muy sano”. Además, el escaso número de alumnos por clase permite que estén adaptados a las necesidades particulares de los niños.
Otro gran elemento diferencial de este lugar es evidentemente la educación musical. “La música ayuda a formar la personalidad y a educar mejor al chico, integra y eleva el espíritu y les hace valorar otros puntos de la vida que quizá en un colegio normal no aprenderían”.
Una educación en la fe
“Como monjes el objetivo principal de los educadores es que los niños salgan del colegio con una fe reforzada, que sean hombres maduros y responsables y salgan al mundo real fortalecidos en principios y fe”, comenta el director.
Fray Miguel concluye afirmando que todos los niños acaban agradecidos y con mucha pena: la inmensa mayoría quiere quedarse allí a estudiar. No nos cabe duda, Miguel, minutos antes, nos lo había hecho saber. Él ya ha acabado la Educación Secundaria Obligatoria, y debe cambiar de colegio. Aseguró rotundamente que sus años allí han sido “los mejores de su vida”. La Escolanía será para aquellos alumnos que marchan un lugar donde puedan volver siempre que lo necesiten.
Ya hemos acabado la tarea y nos dirigimos a la salida. Todo sigue en silencio pues los niños siguen en clase. Pese a que no hay nadie en los pasillos se respira mucha vida entre esas enormes paredes de piedra. Es la sensación propia de un hogar, donde conviven niños, monjes y profesores, que han hecho de su relación una familia, y que deja sorprendida a quienes llegan de fuera.