Una cumbre para la paz que nació muerta

Tras más de dos años de guerra, el conflicto de Ucrania no tiene buenas perspectivas para Occidente, ni para Kiev

Nunca antes habíamos estado tan cerca de un enfrentamiento directo entre dos superpotencias nucleares. La cumbre de paz de Suiza –15 y 16 de junio– ha supuesto un momento de encuentro entre los países que se oponen a la invasión rusa de Ucrania. Sin embargo, dicha cumbre ya nació si no muerta, al menos sí herida gravemente, pues su intención no era buscar caminos de paz entre ambas partes –como sí se hizo en Turquía en 2022– sino que pretendía alcanzar una posición común entre los aliados de una de las dos partes (Ucrania) para hacerle frente a la otra (Rusia). Así no se negocia una paz.

Tras más de dos años de guerra, el balance que se puede hacer es bastante negativo para Ucrania y sus aliados, pues no han logrado expulsar al invasor ruso, no han recuperado un palmo de su territorio, salvo aquel que fue invadido en febrero de 2022 en el norte del país.
Además, las sanciones impuestas unilateralmente no por la ONU sino por países occidentales (lo que se conoce como el Occidente Colectivo, que incluye a países de distintos continentes pero que actúan al unísono con EE.UU. y la UE, como Australia, Japón o Corea del Sur) han dañado más a la economía europea que a la rusa; se consolida la ruptura de la globalización y la llegada de un modelo más fragmentado del mundo y de las relaciones entre países, que a partir de ahora ya no será global sino dentro de unos bloques.
Hay más: la ONU ya ha dejado de ser el punto de referencia clave para resolver los conflictos internacionales y garantizar la paz y seguridad mundiales; se ha puesto de manifiesto un doble rasero en multitud de ocasiones en las que las decisiones de los países occidentales se muestran siempre como acertadas y acordes al Derecho Internacional mientras que las de los demás nunca lo son; la OTAN no reconoce su parte de culpa en el conflicto, no ha hecho un examen de conciencia de cuál es su porción de responsabilidad en él; tanto en la OTAN como en la UE se han puesto de manifiesto las divergencias existentes entre sus miembros a la hora de afrontar la situación.

Objetivos rusos

Se puede decir que Rusia no ha conseguido su objetivo de conquistar Ucrania y que sólo ha hecho pequeños avances territoriales. Sin embargo, esto, que podría ser considerado como un punto a favor de Ucrania, no lo es –y ellos mismos lo saben—, pues el objetivo de Putin al iniciar la invasión territorial en 2022 no era “conquistar toda Ucrania” –mucho menos entrar en Polonia, en los Bálticos o llegar hasta Lisboa—, sino garantizarse un colchón de seguridad en su frontera con Ucrania para garantizar que desde ese territorio no se van a lanzar ataques contra su población; y cuanto más tiempo pase, cuanto más avance la guerra, más territorio ucraniano pasará a estar bajo dominación rusa.
Hace un año, se reunió en Vilna, la capital de Lituania, la cumbre del G7, el grupo de democracias más ricas del mundo: EE.UU., Japón, Canadá, Reino Unido, Alemania, Italia y Francia. Allí aprobaron una declaración muy breve en la que consideraban “que la invasión ilegal y no provocada de Ucrania por parte de Rusia es una amenaza a la paz y la seguridad internacionales, una violación flagrante del derecho internacional, incluida la Carta de las Naciones Unidas, e incompatible con nuestros intereses de seguridad”. Además, animaban a otros países a unirse a dicha Declaración y a que firmaran acuerdos bilaterales con Ucrania para garantizar su seguridad y defensa de cara a “futuras agresiones de Rusia”.

O escalada o desescalada

Lamentablemente, ahora mismo, los ucranianos no están luchando por su independencia sino por ver quién se quedará con su país. Es paradójico que comenzasen esta lucha para zafarse de la influencia rusa y hayan acabado totalmente dependientes de los países occidentales. Ser dependiente de potencias extranjeras –aunque sean las de nuestro bando— no es, como es obvio, ser independiente.
Y, en función de cómo acabe la contienda, ni siquiera estarán muriendo por toda Ucrania, sino sólo por un 75-80% de ella (el otro 20-25% quedaría en manos rusas), pues una victoria total sobre Rusia se antoja prácticamente imposible. Salvo que entre en juego algún elemento desconocido a día de hoy que lo cambie todo, como sucedió con los tanques en la Primera Guerra Mundial o la bomba atómica en la Segunda, o los drones en las guerras de los últimos diez años, no habrá victoria ucraniana.
En cualquier conflicto sólo existen dos opciones: o que vaya a más o a menos, que escale y ascienda, o desescale y decrezca el nivel de violencia (y el número de muertos).
Hay una opción intermedia y es que se enfríe, que entre en una especie de letargo por falta de interés de las potencias extranjeras que dejen de apoyar a Ucrania, y entonces se transforme en una especie de guerra civil entre milicias prorrusas orientales y un mermado Ejército ucraniano proccidental –tal como vino desarrollándose en el este del país desde 2014—, o en un tipo de conflicto asimétrico donde el instrumento más usado sea el terrorismo.

Una llamada de paz

En medio de este panorama, apareció la llamada cumbre de paz de Suiza. Según Josep Borrell, el Comisario de Asuntos Exteriores de la UE, se anunció con la esperanza de “iniciar el proceso para poner fin a esta guerra contra Ucrania. La UE apoya plenamente estos esfuerzos. Nadie quiere la paz más que el pueblo de Ucrania, pero una paz duradera sólo puede lograrse cuando se basa en los principios clave de la Carta de la ONU”. Este argumento parece razonable, pero poco realista. No porque no haya que buscar la justicia o cumplir con los principios de la ONU, sino porque en todo acuerdo de paz cada parte siempre ha tenido que ceder en alguna de sus pretensiones y porque la UE no es un actor neutral, sino que provee de armas, dinero, medios técnicos, soldados y sanciones contra Rusia.
En realidad, Rusia y Ucrania ya firmaron un principio de acuerdo. No se trata de Minsk I (2014) y Minsk II (2015), sino de las rondas de negociación que se dieron entre febrero y abril de 2022 en Estambul y que culminaron con la firma de un preacuerdo y unas cuantas botellas de champán descorchadas.
Pero, así como se acaban las burbujas del espumoso, la alegría tampoco duró mucho, pues pocos días después Boris Johnson –el entonces Primer Ministro británico— viajó a Kiev y abortó dicho acuerdo. Había que continuar la guerra para desgastar a Rusia y evitar que invadiera el resto de Europa. ¡Cuántos muertos y destrucción se habrían evitado si se hubiera parado la guerra en aquel momento! La pregunta, bastante difícil de responder, es “¿a qué precio?”.
No obstante, la guerra hay que pararla, debe terminar, y cuanto antes mejor: más destrucción nos ahorraremos. Y no sólo eso, cuanto más tiempo pase, más peligro habrá de que la contienda involucre a más países –a más gente—, y eso sin contar con que las relaciones entre Rusia y el resto de Europa ya no serán como antes, pasarán muchos años hasta que pueda a florecer algo de confianza, si es que en algún momento la hubo realmente.

Iniciativas para acabar la guerra

Conscientes de la necesidad de ponerle fin a tanta destrucción, han surgido distintas iniciativas de paz, como la liderada por países africanos, por Israel –del entonces Primer Ministro Neftalí Benet—, por Turquía, por China, o por el Papa. Todos buscan acercar posturas entre ambas partes, siempre dentro del marco del Derecho Internacional y los principios de la Carta de Naciones Unidas.
Sin embargo, los países occidentales no hablan de paz, sino de enviar más armas para derrotar a Rusia. Obviamente, parece que son los países de la OTAN quienes tienen la llave del conflicto y que este perdurará hasta que ellos quieran, pues en cuanto dejen de aportar dinero y armas, la victoria caerá del lado ruso, cosa que desean evitar a toda costa; la pregunta, de nuevo, es “¿a qué precio?” y, otra vez, de difícil respuesta.
Por un lado, tenemos la postura maximalista del Plan Zelensky –recuperar todo el territorio, sentar a Putin ante el Tribunal Penal Internacional y que Rusia pague las reparaciones de guerra y la reconstrucción del país—, y la posición también de máximos de Putin (desmilitarizar, desnazificar y proteger a los rusos del este de Ucrania). No parece que ninguno de ellos vaya a dar marcha atrás, echarse a un lado o ceder en alguna de sus pretensiones.
Algunos analistas, equivocadamente, proponen un cambio de liderazgo en el Kremlin como inicio de solución; craso error, pues la conciencia de necesidad de victoria sobre Zelensky –y, cada vez más, también sobre la OTAN— está ya más que extendida y asentada en la mentalidad del pueblo ruso y entre sus élites, algunas de las cuales son incluso más beligerantes e impulsivos que el propio Vladimir Putin.
¿Y cambiar a Zelensky? A día de hoy, su única razón de existir –políticamente— es ganar la guerra. Para él no existe otra alternativa. Lo malo es que esta es una batalla que Ucrania no puede dar por sí sola y, por lo tanto, es difícil que la pueda ganar. Sólo un político distinto a Zelensky –¿el general Valeriy Zaluzhny?— podría firmar un alto el fuego y una posible paz. Eso sin entrar en la cuestión de la legitimidad de Zelensky como presidente, pues su mandato ya ha expirado y debería haber convocado elecciones.

Se fía todo a noviembre

Sin embargo, la hoja de ruta parece ya prefijada para recabar el apoyo de los 32 países de la OTAN a la Declaración de Vilna de julio de 2023 referida anteriormente. En la Cumbre del G7 en Italia, se han sumado Japón y EE.UU. a los otros 16 anteriores (por orden cronológico, Reino Unido, Alemania, Francia, Dinamarca, Canadá, Italia, Países Bajos, Finlandia, Letonia, España, Portugal, Bélgica, Suecia, Islandia y Noruega).
Se espera que entre la cumbre de Suiza y la de la OTAN en Washington del 9 al 11 de julio firmen acuerdos semejantes todos los demás, de manera que se llegue a las elecciones presidenciales de EE.UU. con ese respaldo unánime, o casi, pues parece que Hungría y Eslovaquia no estarían dispuestos.
En el aire flota la sensación de que si gana las elecciones Trump la guerra se acaba en dos semanas, ya que este retiraría todos los paquetes de ayuda a Ucrania, pues el foco de interés a medio y largo plazo de EE.UU. no es Rusia ni Europa, sino China y el Pacífico.
Por la misma razón, si gana Biden quizás tampoco dure mucho más tiempo involucrado allí y dejaría que fuera la parte europea de la OTAN quien llevara la voz cantante, apoyándoles desde lejos.
Y ahí empiezan a surgir más preguntas. ¿A Europa le interesa tanto ganar en Ucrania? ¿Cuánto estaría dispuesta a pagar? Porque una cosa es darle dinero y armas sin control, de modo que gracias a la corrupción ucraniana algunas de las armas que ha donado España hayan acabado en manos de los narcotraficantes en México y en el sur de España, o en grupos yihadistas en Oriente Próximo; y otra cosa muy distinta es enviar decenas de soldados españoles –o franceses, o italianos, alemanes— a luchar al frente ucraniano.
Por último, si la situación sigue escalando, ¿quién nos asegura que el conflicto no se extienda a otras partes del planeta? Desde 2014 –si no más, desde 2003— EE.UU. y sus aliados venimos repitiendo que “no hay ningún problema” en que Ucrania, Moldavia, Armenia o Georgia pasen a estar bajo la órbita de influencia occidental y se emplacen allí armas de la OTAN. ¿Qué tal si Putin tomara la iniciativa de enviar armas –léase “misiles de largo alcance”— a Cuba o México? ¿Seguiríamos afirmando entonces que “no pasa nada”, que “no hay ningún problema” en que cada país es libre y soberano de decidir en qué alianza defensiva jugar?
Por no hablar de las reacciones a la confiscación de los activos rusos en países occidentales. ¿Qué sucedería si Rusia tomara la misma medida? ¿Sólo los países occidentales pueden hacerlo? ¿Y qué decir del alza de los aranceles a productos chinos o rusos? Aunque a día de hoy no parece que Putin quiera invadir Polonia, si Rusia es atacada por aviones que despegan de un aeródromo en suelo polaco, ¿no se convierte automáticamente dicho emplazamiento en objetivo legítimo de guerra para las tropas rusas? Si Francia envía “instructores” al frente de batalla, ¿no se convierten en objetivo potencial?
Este ya se ha convertido en un juego demasiado peligroso y ya es hora de pararlo… antes de que sea demasiado tarde.

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