El dilema innecesario de cada verano: playa o cultura. La interminable longitud de las vacaciones de los niños nos sitúa ante la feliz circunstancia de no tener que elegir. Se mire como se mire, hay tiempo para todo. Y, por otra parte, nada hará más felices a los pequeños que aprovechar, en efecto, para hacer todo. El verano de niñez, o aquellos que aún disfrutan de vacaciones largas, es algo extremo que se mueve entre la increíble diversión y el insoportable aburrimiento.
La rutina vacacional puede resultar extenuante. Quizá eso explica por qué de niños solemos pensar, durante el paso estival, que cualquier verano anterior fue mejor, más emocionante, o más divertido. Es una trampa: al año siguiente volvíamos a pensar lo mismo.
Si junio y julio son a menudo la novedad, agosto se enreda en la rutina, y septiembre es levísimo aterrizaje. Incluso una vez que comienzan las clases, un cierto aroma festivo aún nos envuelve, que los fines de semana siguen siendo de sol y playa, y la España de los estudiantes es un país de despertar estacional sereno, sin prisas, sin brusquedades.
Terror por el “me aburro”
Lo primero que deberíamos considerar es la bondad de un cierto aburrimiento. Es tendencia en los padres contemporáneos esa obsesión por entretener constantemente a los niños. Al grito de “me aburro” hay adultos que entran en pánico, temblores incluidos, y buscan urgentemente una huida. Esto genera una ansiedad innecesaria en los mayores y un bucle letal en los pequeños.
Los padres, los abuelos, no son animadores. Los niños se aburren a veces. Se han aburrido siempre. No es posible mantener durante tres meses la intensidad de diversión que necesita un menor para su disfrute máximo, y de serlo, se volvería ineficaz y entonces de todas formas también se dejaría caer en el cansancio y el tedio.
Decía Gómez de la Serna que “aburrirse es besar la muerte”. Menos trágico, Goethe: “El aburrimiento es una mala hierba, pero también una especia que hace digerir muchas cosas”. El aburrimiento, como casi todas las sensaciones humanas, tiene una función tanto en los niños como en los adultos. La principal, o al menos la más útil, es que estimula la creatividad y la imaginación, y entrena la paciencia. Por supuesto, favorece la digestión de lo vivido, como señala el poeta. Quien no aprende a aburrirse de niño sufre innecesariamente de mayor, ante la imposibilidad de salir corriendo de mil situaciones de madurez que son, sin duda alguna, aburridísimas.
Con todo, una salida inteligente al aburrimiento de nuestros pequeños es la apuesta por la cultura. Es difícil que los niños elijan un libro cuando la alternativa es la playa, o la piscina, o el fútbol. Pero no lo es tanto en esos otros momentos en que la alternativa es un rato de aburrimiento. Los libros, como toda inquietud cultural, tienen su momento, y grandes fracasos de posibles buenos lectores se han producido por interpretar mal la hora y el contexto en que volcarse sobre una novela.
¿Leer juntos?
Hay familias que, en un intento por estimular la lectura, reservan un rato diario para hacerlo juntos. Es cierto que el ejemplo es bueno, que a veces de padres lectores salen hijos lectores, pero en todo caso es una propuesta inalcanzable para gran parte de familias. Es decir, es lo ideal, pero la mayoría de las familias se mueven en el entorno de lo real; es fácil que forzar un plan de lectura en familia con varios hijos de diferentes edades termine con una batalla campal de libros, y es fácil también que la batalla la inicie el propio padre.
Sí, los adultos también debemos elegir el momento para disfrutar de la lectura, y hay mucha gente a la que no le funciona forzarse a hacerlo un día y a una hora concreta. Las vacaciones, el tiempo sereno de agosto y septiembre, pueden ayudarnos a hacerlo mejor.

¿Qué podríamos proponer, entonces? Más importante que el hecho de leer, de ver una película interesante, o de acercarse a una materia cultural o afición desconocida –el arte, la historia, el coleccionismo-, es lograr sembrar en los nuestros, y en nosotros, la piedra preciosa de la inquietud cultural. De esa inquietud sale la necesidad de ponerla en práctica. Y eso será algo voluntario, de cada uno, algo no forzado. Por eso será más eficaz.
Los niños son increíblemente receptivos a materias que consideramos que no van a entender, o que les quedarán grandes. España está llena de museos temáticos de lo más pintorescos, lugares que a priori podríamos pensar que espantarán a nuestros hijos, desde los museos de telares hasta los de objetos domésticos antiguos. Lo sorprendente es que, cuando los pequeños se adentran en un universo concreto, y lo pueden ver, comprender, escuchar, tocar, y aprender, de pronto se entusiasman y pueden recordar la visita al lugar como uno de los planes más satisfactorios del verano. De modo que lo primero que deberíamos hacer es no subestimar la capacidad de asombro de los pequeños, que suele ser mucho más afilada y veloz que la de los mayores.
Un inmenso museo
En el ámbito del turismo cultural, España es un inmenso museo en esta materia, hay infinidad de guías al alcance de cualquiera, en casi cualquier rincón de la península. Webs como Escapalandia.com, diseñada por y para familias con hijos, ofrecen cientos de alternativas, tanto para los que gustan de descubrir el patrimonio natural, como para los que desean acercarse al universo del patrimonio artístico. Mochiadictos.com, Familiasenruta.com, Spain.info, o viajarenfamilia.net son otras alternativas donde encontrar toda la información necesaria para planificar viajes o planes familiares enriquecedores en tu entorno de vacaciones.
Más allá del turismo alrededor del patrimonio natural y cultural español y, más allá del hábito de la lectura, ocurre algo similar con películas y documentales. Tendemos a pensar que un documental sobre la construcción de la catedral que vamos a visitar al día siguiente es una tortura para los pequeños. La sorpresa suele darse: atraídos por el documental, todavía disfrutarán más de la visita al día siguiente. La principal razón por la que los menores no disfrutan el turismo cultural es porque no disponen de conocimientos históricos o artísticos básicos para comprenderlo. En la medida en que reciben esas nociones básicas, son capaces de entusiasmarse con mucha más intensidad que los adultos.
La inquietud cultural se manifiesta en muchos otros aspectos, y a menudo la mejor forma de estimularla es una pregunta: “¿por qué?” Se trata de pasar ante las cosas que se nos presentan en la vida con una cierta sed de conocimiento. ¿Por qué ocurren las cosas? ¿Por qué la historia ha sido así? ¿Por qué esta estatua, el nombre de aquella calle, la tradición culinaria local, la tradición de esta lluvia de estrellas, o este modo tan peculiar de celebrar la fiesta grande del pueblo?
Sin incompatibilidades
El verano de la cultura, por supuesto, no es incompatible con el de la playa, el ocio o el deporte. De nuevo, hay tiempo para todo. Y, a fin de cuentas, estamos hablando de tener una actitud abierta hacia el conocimiento, una actitud que podemos y debemos contagiar a nuestro entorno, sin llegar a aburrirlos, tan solo con una puerta abierta a un mundo fascinante de conocimiento, que además en el camino de descubrir los hitos históricos de nuestro entorno nos acercamos también al conocimiento de lo que somos hoy.
Hay más inquietudes culturales que podemos saciar durante las vacaciones. Sigue siendo el tiempo ideal para aprender o profundizar idiomas, para adquirir destrezas –nuevas prácticas deportivas, conocimientos sobre el desarrollo de webs, una técnica de pintura, o incluso un curso de lectura rápida– con ayuda de mil lugares de internet y aplicaciones que ofrecen formación gratuita o a coste asumible, o ejercitar nuestra intelecto con juegos que además fortalecen la memoria o estimulan la imaginación.

En el ranking histórico de destrezas clásicas que proporcionamos a los niños en tiempo vacacional, casi como ritos de iniciación de cada edad, está también montar en bicicleta, aprender a nadar, volar una cometa, o hasta remar en una barca. Nada impide que, de igual modo, a través de películas o dibujos animados, o algunos libros, les arrastremos al universo de la gesta histórica española, el Descubrimiento, el origen de la filosofía, la herencia de Roma, o las bondades del Siglo de Oro. A quienes presentan reservas ante tan holgado propósito solo me resta advertirles que, lo he comprobado a menudo, se llevarán felices sorpresas.
A fin de cuentas, tampoco se trata de estudiar. Eso ya lo hacen durante el resto del año. Es solo sembrarles y sembrarnos una cierta actitud de apertura ante el conocimiento. Es, en fin, lo que dejó escrito Descartes: “Para mejorar nuestro conocimiento debemos aprender menos y contemplar más”. Una actitud contemplativa a lo que tenemos alrededor, a tiro de piedra, a lo que el resto del curso, con su trajín diario, la niebla de la prisa nos impide ver.