Soy tan mayor –un anciano con todas las de la ley– que no me queda más remedio que repetirme. Mis hijos y nietos no me dejan comer solo, porque tienen miedo de que me muera entre el bacalao y el postre. Puestos a morirme me puedo morir en cualquier momento, pero a mis descendientes les ha dado por pensar que es más probable que lo haga –lo de morirme— durante la comida, de ahí que no me dejen comer solo.
Yo les agradezco el detalle y para corresponder procuro contarles anécdotas de mi vida. Con frecuencia, con poco éxito, pues es normal que me digan: “Abuelo, esa ya nos la has contado; además, varias veces”. Por eso digo que no queda más remedio que repetirme.
Pero ayer les conté una, muy personal, en la que yo quedo muy bien y de vez en cuando me apetece lucirme ante mi gente y, de paso, ante mis lectores.
Creo que ya me he referido en alguna ocasión a las dos circunstancias de mi vida: a la de mi juventud, que era un vago redomado, y a la de mi madurez que, gracias a mi querida esposa, me convertí en un hombre de provecho. Yo diría, y perdón por la inmodestia, que casi espectacular, y voy a intentar explicar esto último.
Tenía mucho mérito hacerse hombre de provecho en aquel ambiente, que era el del viejo caserón de la calle San Bernardo, de Madrid, que se caía a trozos y en aquel reducto se impartían todas las asignaturas, pues todavía no se había inaugurado el de la Ciudad Universitaria. En compensación, los catedráticos nos parecían excelsos, y lo eran: el penalista Cuello Calón, el admirable mercantilista Garrigues, el civilista Federico de Castro, y el procesalista Guasp, que yo recuerde.
Un verano, ya casado, hice una excursión a los Picos de Europa, con mi mujer, y en el correspondiente Parador de Turismo coincidí con Garrigues, conocido por algunos como el “divino Garrigues”, por su categoría, al que saludé amablemente, me reconoció y nos acompañó a mi mujer y a mí a dar un paseo por un sendero que él conocía. Me faltó para desmayarme de la emoción.
Pero mi verdadera hazaña fue con el procesalista Guasp. Me inscribí en su clase de doctorado, porque era la época en la que quería hacerme doctor en Derecho, y el tema que había elegido era arduo, el Recurso de Casación. Durante un año seguí sus clases con atención y tomando notas.
Mi examen al final de curso resultó curioso. A los demás examinandos los despachaba en unos minutos y conmigo estuvo media hora, y me hizo preguntas sobre todo lo que había explicado durante el año. Creo que lo hizo para recrearse en lo bien que había impartido la materia. Cuando terminó me firmó la papeleta en mis narices, con un sobresaliente y me susurró: “Puede presentarse a matrícula de honor”.
Estaba claro que se me había abierto el camino hacia el doctorado, que nunca llegué a hacer. ¿Por qué? Porque tenía nueve hijos que mantener, me salían pleitos por doquier. Me tenía que poner la toga, día sí y otro también, y orillé mi sueño para vivir una realidad sustanciosa.
No me arrepiento porque la vida me ha dado muchas alegrías. Incluida la de terminar siendo novelista.
¿Se puede pedir algo más? Sí, que mi mujer que se ha ido al Cielo hace cuatro años, esté esperándome allí con los brazos abiertos.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero