En la noche del domingo 18 de enero, un tren de alta velocidad descarriló por causas que aún se están esclareciendo e invadió la vía en sentido contrario por el que viajaba otro tren a más de 200 kilómetros por hora. En medio del drama en un paraje cercano a la localidad cordobesa de Adamuz, los vecinos y el párroco se lanzaron a auxiliar a las víctimas y a darles el consuelo que necesitaban.
El domingo a las 12 de la mañana había misa en San Andrés, en Adamuz, una pequeña localidad cordobesa que se ha convertido en noticia porque a pocos kilómetros se producía el accidente más grave de la alta velocidad española, que deja ya 42 muertos, decenas de heridos de diversa consideración, varios de ellos en la UCI, y un número aún no comunicado de desaparecidos, según la última información del 21 de enero a las 12:00 horas.
Nadie en el pueblo esperaba que la madrugada del domingo al lunes el pueblo entero permaneciera despierto, abiertas las puertas del bar del hogar del pensionista, del supermercado cercano y de la parroquia, habilitados otros espacios públicos, todo para atender, de inmediato, a las cientos de víctimas del siniestro ferroviario y a sus familias que, con cuentagotas, empezaban a llegar desde Huelva, desde Málaga y desde Madrid, para buscar a sus seres queridos.
Y allí estaba el párroco de Adamuz, don Rafael Prados Godoy, haciendo todo lo que estaba en su mano para ayudar. Primero, abriendo las puertas de los almacenes de Cáritas para recoger todo lo que pudiera servir de ayuda -mantas, toallas, ropa limpia- gracias a la colaboración de los vecinos. Después, abriendo las puertas de la Iglesia de San Andrés para resguardar de la fría noche a quien lo necesitara. Y en todo momento, para escuchar y dar consuelo, porque a veces el mayor consuelo es escuchar, estar ahí, en medio de una atrocidad difícil de digerir. También el Coro de la Asociación Virgen del Sol puso sus instalaciones a disposición de los afectados y fue ayudando a los que no estaban heridos.
La Iglesia siempre está. El Papa León XIV quiso mandar, a primera hora de la mañana, sus condolencias y todas sus oraciones por el terrible accidente. Lo hizo a través de la Nunciatura Apostólica en España, y dejaba en la intercesión de la Virgen del Pilar el consuelo en Cristo resucitado.
El obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, que también se trasladó a Adamuz a acompañar a las víctimas, estuvo dándoles consuelo desde el primer minuto en que se conoció la tragedia. En la diócesis se movilizaron todos los que podían ayudar: personal sanitario que acudió sin ser llamado a los hospitales donde eran necesarios, los capellanes de los centros en los que se estaban recibiendo a los enfermos y fallecidos, psicólogos que ayudaban a los familiares… En palabras del obispo, “es necesaria ayuda médica, pero también psicológica y espiritual, porque en estas situaciones hace falta sentir confianza y fe que nos ayude a ponernos en pie y seguir caminando”.
Desde la Conferencia Episcopal, los obispos de toda España expresaron su deseo de unirse “al dolor de las comunidades afectadas y de toda la sociedad y pedimos oración por todas las víctimas en las celebraciones de la comunidad cristiana.El Señor de la vida y de la paz conceda a las víctimas el don de la Vida y a sus familias esperanza y paz. A la Virgen dolorosa, cercana a todas las angustias, encomendamos a tantas personas que sufren”, añadía la Conferencia en un comunicado.
En todo el país, los campanarios de muchas iglesias tocaban a duelo por las víctimas y sus fallecidos y toda la comunidad cristiana rezaba por ellos en cada celebración de la Eucaristía. En los próximos días, se sucederán los funerales y la Iglesia seguirá, una vez más, al lado de las víctimas.



