Hace menos de cuatro años Joseph Maria Bonnemain fue nombrado obispo de Coira, una de las seis diócesis de Suiza. A esta pertenecen a su vez siete cantones, entre ellos el más grande del país (Los Grisones) y el de Zúrich, uno de los más importantes por su posición estratégica y su rédito económico.
Antes de su elección, la sede de Coira permaneció vacante por casi dos años. Monseñor Bonnemain centró atención mediática al ocupar este cargo con tanta expectativa generada. Pero, además, al poco tiempo de su nombramiento, se difundió —por encargo de la misma diócesis— un estudio histórico sobre delitos de abuso sexual y/o de poder cometidos por miembros de la Iglesia Católica en Suiza. Desde entonces su popularidad se ha extendido más. Se le conoce en especial por su cercanía con los jóvenes, y su participación en grandes eventos locales grandes, como el “Zürifest” (un festival de verano con música, baile y comida en las calles de Zúrich).
—¿Cómo es su nombre de pila o de bautismo? ¿Cuáles son sus raíces?
—Mi nombre en catalán es Josep María. Aquí en Suiza le añadí la hache, la versión francesa de José, pues mi padre provenía de la región francesa de Suiza. Cuando él trabajaba en Barcelona en la empresa cinematográfica Metro-Goldwyn-Mayer, conoció a mi madre, que era de ahí.
—¿Cómo fue su traslado a Suiza?
—Vine aquí cuando decidí estudiar Medicina. Ya entonces era miembro del Opus Dei y cuando me hablaron de la Obra en Suiza, me pareció formidable ir a estudiar allí. Mi padre, por supuesto, también estaba encantado con que yo lo hiciera.
—¿Sus padres eran también del Opus Dei?
—No, ellos no. Yo conocí la Obra en Barcelona, cuando tendría unos 18 años…
—¿Descubrió su vocación al sacerdocio mientras estudiaba o cómo confluyeron ciencia y medicina con la teología?
—No, mi vocación fue la de decidirme a entrar en el Opus Dei para servir a Dios y a las gentes en medio del mundo como un cristiano corriente. Poder hacer esto como médico era mi plan de vida. Pero bueno, decidí –y me costó– entrar en el Opus Dei. Al ser numerario, esto implicaba además estar cien por cien disponible para Dios y, si se planteaba la posibilidad de llegar al sacerdocio, estar abierto a esa posibilidad… aunque yo era feliz siendo médico.
Cuando el fundador del Opus Dei me planteó la posibilidad de dejar la Medicina y el trabajo en el hospital para continuar estudiando teología más intensamente en Roma, lo acepté. Y después, cuando el prelado Álvaro del Portillo me preguntó si estaba dispuesto a ser sacerdote, pues dije que sí.
—¿Y eso no era, como lo ha dicho, renunciar al “sueño de su vida”?
—Bueno, el sueño de mi vida era servir a Dios, pero sirviendo a los demás en medio del mundo. Yo estaba muy en contacto con la ONG Medicus Mundi, que presta servicios médicos y hospitalarios en países en vías de desarrollo, concretamente en Camerún. Yo había pensado ser cirujano allí para estar cercano a la gente que sufre, a los necesitados… El sacerdocio es otra manera de hacer un poco lo mismo, ¿no?
—Ese momento del discernimiento suele ser duro para una persona… ¿Cómo fue en su caso el proceso de tomar la decisión, de descubrir si esa era la voluntad de Dios?
—La voluntad de Dios la descubrimos a través de los acontecimientos normales, corrientes, por medio de lo que va pasando en la vida, de lo que escuchamos y sentimos, de lo que nos preguntan, nos plantean y ofrecen… Pero Dios habla bajito. Nada de espectáculos. Todo es poco a poco y, asimismo, mi camino fue hacia esa dirección.
De niño, por ejemplo, había leído unos comics que mi madre me regalaba de “Vidas Ilustres” o “Vidas Ejemplares”, como se llamaban entonces. Leí la vida de Tomás Moro, que estando en medio del mundo como político, vivía al mismo tiempo y completamente como cristiano… o la vida del padre de los leprosos, el Padre Damián, o la de Albert Schweitzer, también teólogo y médico. Todo ello me dio la imagen de lo que yo quería ser de verdad.
Después llegó el fundador del Opus Dei explicando que se podía ser santo en la calle, en el trabajo, con la profesión, obrando y siendo un cristiano cien por cien normal y eso me cogió de lleno. Era lo que yo iba buscando.

Momento de cambios
—En Suiza algunas personas tienen prejuicios acerca del Opus Dei. ¿Cómo lo enfrenta?
—Eso ha mejorado poco a poco. La gente ha ido comprendiendo que somos simplemente personas normales con sus luchas y debilidades, sus virtudes, fracasos y éxitos, como todo el mundo.
—El Papa Francisco ha hecho ciertas regulaciones, ¿en qué afecta eso concretamente a un numerario o numeraria, a los miembros “comunes y corrientes” de la Obra por así decirlo?
—Más que un cambio concreto lo que quiere el Papa es que el Opus Dei permanezca fiel al carisma fundacional y eso es formidable. Se trata de repristinar ese carisma –que a mí me atrapó de lleno– de encontrar a Jesús en las cosas más normales de esta tierra, sufriendo y gozando de todo lo que es humano, lo cual me parece estupendo.
—¿Es que se estaban apartando un poco del carisma o que gozaban de una suerte de trato preferencial o de ciertos privilegios?
—Yo no creo que nos estemos apartando, pero, como digo, la intención del Papa es que el Opus Dei permanezca fiel a su carisma de buscar la santidad en medio del mundo en una vida sencilla, sin complicaciones… El fundador decía: “Primero viene la vida, después el Derecho”, o sea, que el Derecho sirve para darle una estructura a lo que ya existe.
Precisamente, lo que el Papa ha hecho es tener en cuenta lo que importa, que es la vida, el testimonio en medio del mundo de seguir a Cristo, sobre todo, con la santificación del trabajo y de la vida corriente, familiar, profesional, social, política, con todo… Esa es también la vocación a la santidad de los ciudadanos corrientes en medio del mundo proclamada por el Vaticano II.
Obispo en Suiza
—En España, sobre todo, existe la percepción de que ha sido muy duro para usted aceptar el rol de obispo en un país con una fuerte corriente liberal como Suiza, y permanecer fiel a la tradición conservadora de la Iglesia, ¿es así?
—Distinguir entre partes conservadoras y liberales o progresistas no ayuda en nada a la Iglesia. Nuestra Iglesia es tal cual “católica”, abierta a todos, donde hay sitio para todo el mundo. Eso es lo que trato de proclamar desde hace más de tres años como obispo, y es exactamente lo que dice el Papa: ¡en la Iglesia caben todos! Todos son bienvenidos y hay sitio para todos. Se trata de que nos unamos, nos comprendamos y queramos mutuamente, aunque haya posiciones, actitudes y visiones diversas, pues esa es la riqueza de la Iglesia: ser católica, universal.
—Eso en teoría suena bien, pero siempre surgen preguntas y cuestionamientos de personas que, por ejemplo, al estar divorciadas y vueltas a casar, no pueden recibir la Comunión… o de parejas de homosexuales o de lesbianas que practican su sexualidad…
—No hay que poner etiquetas de modo generalizado, ni condenar a nadie. Más bien hay que animar a todos a vivir realmente como cristianos. Cada persona es una historia única y hay que entender sus circunstancias, sus aspiraciones y animarla a irse acercando cada vez más al ideal cristiano que nos ha propuesto Cristo. No se debe condenar a nadie, sino ayudar a todo el mundo a seguir más fielmente el camino de Cristo, que nos propone la felicidad.
—De todas formas, entiendo que no es posible cambiar cuestiones de moral ética universal, continuando con el ejemplo, como lo referente a las parejas de divorciados o del mismo sexo, ¿no?
—No se trata de cambiar el contenido básico de nuestra fe, que es una propuesta de plenitud de vida, no de negación; es una propuesta de felicidad, no de amargura. El gran, gran desafío es llegar a proponer nuestra fe de modo que todo mundo se dé cuenta de que la fe cristiana no nos aparta de la felicidad, sino que nos conduce a ella. Aunque a veces el camino sea un poco cuesta arriba, vale la pena porque lleva a encontrar la plenitud de la vida.
—No sólo en Suiza, sino en todas partes, se habla mucho del rol de las mujeres en la Iglesia, y de los laicos. ¿Cómo se les puede entender bien?
—Para mí, en este punto, lo que dice el Papa Francisco tiene mucho valor. Él subraya que la gran vocación común a todos es la bautismal. Con el bautizo ya está definido ese camino de ser otro Cristo en medio del mundo. Todo lo demás es un poco, quizás no anecdótico, pero sí secundario a esa vocación originaria: la llamada universal a la santidad de todos los fieles.

—Y sin embargo hay mucha gente que siente que la Iglesia ha sido un poco machista o que en cuestiones de dirección, las mujeres continúan estando atrás o en silencio, como María…
—María no estaba atrás, sino al pie de la cruz, donde los hombres fueron cobardes y desaparecieron. ¡Nada de estar atrás! Efectivamente el papel de los fieles laicos en la Iglesia ha sido muy a menudo malentendido. El Papa habla fuertemente del clericalismo en la Iglesia y de la mentalidad de hacer carrera y de pensar que el clero está ahí para mandar. Eso no tiene nada que ver con la misión ni con la esencia de la Iglesia. Y con la mujer, sucede lo mismo.
Con las víctimas de abusos
—Usted ha trabajado varios años en el tema de los abusos dentro de la Iglesia local. ¿Han surgido avances al respecto?
—Yo me ocupo de este tema en el ámbito de la Conferencia Episcopal de Suiza desde 2002. En ese año se creó un grupo de expertos para hacerse cargo de las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia. Me nombraron secretario de esa comisión.
Hace tres años y medio, cuando me nombraron obispo, pensé “ahora sí tomará las riendas de este asunto otra persona”… Pero no fue así. La Conferencia Episcopal quiso que permaneciera responsable de esta cuestión, ahora justamente como obispo. Algunas de las decisiones que tomamos en el seno de la Conferencia, junto con la RKZ (Conferencia central católica romana de Suiza) y la Confederación de órdenes religiosas, fue encargar a la facultad de Historia de la Universidad de Zúrich un estudio piloto histórico de todo lo que ha pasado en ese ámbito desde 1950 hasta hoy.
El resultado del estudio se publicó en septiembre de 2023 y, a partir de entonces, tomamos una serie de medidas que estamos tratando de poner en pie. Eso me está costando muchas horas de trabajo adicionales, de reuniones, gestiones, discusiones, con un largo etcétera.
—Hay además una línea abierta y gratuita para recibir llamadas, ¿cierto?
—No se trata solo de un servicio telefónico para las víctimas, sino de organizar efectivamente un sistema para que todas las personas afectadas por los abusos en ámbito eclesial puedan presentar sus casos de un modo adecuado, totalmente independiente de la Iglesia. El objetivo es garantizarles que sean atendidas por personas sin ningún tipo de interés por parte de la Iglesia y que sean ayudadas, apoyadas y orientadas jurídica, psicológica y económicamente…
Eso es posible porque, según la ley suiza, todos los cantones tienen la obligación de contar con una oficina de atención a las víctimas de cualquier acto de violencia. El sistema que estamos poniendo en marcha es en colaboración con todas las entidades aprobadas oficialmente en los distintos cantones para atender a víctimas de cualquier acto de violencia.
—Cuando se ha encontrado con víctimas de abusos, ¿hay algunas que, a pesar de todo, conservan la fe?
—No pocos de ellos, muy en el fondo de su corazón, están deseando sentir a Dios cerca. Al mismo tiempo, llevan una herida tremenda en su vida y la decepción grande por lo sucedido en el seno de la Iglesia. Hay, pues, una tensión en sus corazones, por una parte, dado el sufrimiento que ha conllevado el abuso sexual y, al mismo tiempo, por esa sed de Dios que todos llevamos dentro.
Un aspecto importante de la atención a las víctimas es comprender esa situación y tratar de mejorarla, pero sin pretender influenciar ni justificar nada. El acompañamiento es estar ahí, hacerse uno con toda esa vida de quien ha sufrido.
—¿Y pedir perdón, como Iglesia?
—Bien, pedir perdón a veces resulta demasiado fácil. No se trata de decir “perdón” y ya está todo arreglado, sino de comprender la decepción que lleva dentro una persona y su sufrimiento. No pocas veces nos enfrentamos a una vida deshecha humana, profesional, familiar y socialmente, con problemas graves de salud física y psíquica. Hay que unirse, por tanto, y acercarse a ello sin tratar de justificar nada ni de exigir perdón ni comprensión, sino de aceptar esa realidad como es y de reparar en lo posible.
—En cuanto a los actores o actrices, a los culpables de esos hechos, ¿qué medidas concretas se han aplicado en ámbito canónico?
—Una medida concreta frente a un abusador o un delincuente –porque es un delito tanto en ámbito civil como canónico– es denunciarlo primero a la policía para que se tomen las medidas procesales civiles y, al mismo tiempo, se inicie un proceso canónico para tomar las medidas canónicas adecuadas.
—La gente desconoce a veces justamente cuáles son esas medidas en ámbito canónico…
—Depende de los casos, pero las penas canónicas son: suspensión, pérdida del estado clerical, reducción del ámbito de trabajo pastoral… según los delitos y los procesos realizados. Al mismo tiempo, hay que denunciarlos –como ya he subrayado– al ministerio público. De hecho, todos los obispos suizos en cuanto tenemos noticias de un delito serio de abuso sexual, lo denunciamos ante las autoridades civiles y simultáneamente se inicia un proceso canónico.
De todos modos, hay que mantener, por deber de justicia, hasta el final del proceso, la presunción de inocencia.
—Es decir que, ¿sí reaccionan enseguida al retirar completamente a la persona de cualquier actividad pastoral?
—Sí, con las mismas medidas de precaución que se toman al inicio de la investigación previa canónica.
Otra de las medidas es crear un tribunal nacional penal con jurisdicción en toda Suiza a fin de contar con suficientes expertos en derecho procesal, penal y con experiencia para poder llevar a cabo correctamente los procesos canónicos.
—Después del primer estudio de la Comisión, ¿se prevén más publicaciones?
—El estudio histórico del año pasado fue un proyecto piloto que duró un año. Ahora hemos encargado al mismo equipo de investigadores que continúe con este estudio en profundidad durante tres años. Al cabo de ese término, se publicarán los resultados.
Más personal
—Aparte de la fe, de la Eucaristía, ¿cuáles son sus otras fuentes de alegría o de vitamina?
—Estar con la gente y entre la gente. Cada sábado y domingo estoy en alguna parroquia de la diócesis, ya sea administrando la Confirmación, por jubileos de la parroquia, por la reapertura de una iglesia después de su renovación o haciendo una visita pastoral.
Encontrar a los fieles con todas sus luchas, alegrías y penas, y sentirles cerca de mí es lo que más me llena el alma. También disfruto de los encuentros con los jóvenes. Poder estar ahí dos horas charlando con ellos, discutiendo sobre el bien y el mal, Dios y el mundo, la vida y la muerte, el Cielo, la verdad, el amor… es una gran alegría.
—Y en su tiempo libre, ¿qué le gusta?
—Tengo poquísimo tiempo libre, pero por cuidar la salud y aunque lo consigo pocas veces, voy a un gimnasio a levantar pesas. Lo hago desde hace muchos años, antes con bastante regularidad.
Ahora, si puedo, me escapo una vez a la semana al gimnasio y en verano, aunque desde que soy obispo no lo he conseguido, me encanta pasar unos días al mar bajo el sol.
—¿En España?
—Normalmente voy a Sicilia. A España, tengo que confesarlo, he ido muy poco en los últimos años. Yo llegué de joven a Suiza y mi vida ha transcurrido aquí. Eso no quiere decir que no tenga cariño a mis raíces. Cuando mi madre, después del fallecimiento de mi padre. vivía aún en Barcelona, iba de vez en cuando a verla y ella venía cada verano a Suiza y pasábamos un mes de vacaciones juntos en la montaña. Desde que ella murió hace veinte años, he ido poquísimo a Barcelona.