Reseña de Un mar de medidas: cómo la navegación moderna transformó el océano en un espacio medible

Un mar de medidas, de José María Moreno, explora cómo la navegación oceánica de la Edad Moderna desarrolló sistemas de medición capaces de transformar el océano en un espacio navegable. A través de instrumentos como la brújula, el astrolabio, el sextante o el cronómetro marino, el autor analiza la evolución de las técnicas que permitieron la expansión ultramarina europea.

En el mar, medir es una práctica de supervivencia: «la toma de medidas en el mar es más una necesidad por vivir… porque… separaba la vida de la muerte». Entender ese régimen de medición —sus instrumentos, sus errores y su cultura— permite leer la expansión ultramarina como una historia de aprendizaje acumulado, tensión entre teoría y práctica, y negociación constante con lo inestable.

La importancia de las medidas en la historia de la navegación

Medimos para orientarnos en el tiempo social (nacimientos, muertes), para intercambiar bienes, para imponernos reglas. Pero la historia de las medidas es también la historia de su arbitrariedad y su conflicto: unidades que nacen del cuerpo (mano, pie, codo) o de referencias naturales y culturales, multiplicidad local, posibilidad de fraude, dificultad de unificación. En ese laberinto, la modernidad empuja hacia sistemas comunes, hasta desembocar en la unificación métrica.

Sin embargo, el propio impulso de medir tropieza con un límite: no todo es medible. El dolor, los sentimientos, la experiencia íntima se resisten. Ese contraste ayuda a entender por qué el mar ocupa un lugar aparte: allí hay variables que sí deben medirse, no por afán de dominio, sino por necesidad. Por eso el libro habla de medidas “crueles” y lo formula sin consuelo: «Las medidas son crueles. Y lo son porque son imperturbables. Inmutables». El océano no negocia con la imprecisión; como mucho, la tolera durante un tiempo.

La navegación oceánica en la Edad Moderna

La navegación de cabotaje —apoyada en la costa— ofrece una clase de seguridad psicológica: puntos de referencia, memoria del terreno, “próximos” visibles. El salto al océano abierto cambia escala, tiempo y orientación. En el Atlántico, el “mare tenebrosum” no es sólo una etiqueta cultural: señala una experiencia concreta de desorientación y miedo. De ahí los rituales que el libro evoca (confesión, testamento, “credo en la boca”) y la conciencia de que la estela se borra: no hay huellas que permitan desandar el camino.

En ese contexto, el trabajo del piloto y de la tripulación se convierte en una fenomenología de lo inestable. José María Moreno lo resume con una frase que no necesita adornos: «Navegar no es otra cosa sino caminar sobre las aguas de un lugar a otro». Caminar, sí; pero sobre un soporte móvil, sin caminos, con un horizonte que engaña y una costa que puede ser demasiado tarde.

Cómo evolucionaron los instrumentos de navegación

La historia de la navegación moderna suele contarse como suma de gestas, ambiciones y rutas. Aquí el foco se desplaza hacia otra trama: cómo se formaliza el oficio mediante instrumentos y procedimientos que convierten el mar en algo “mesurable”. Ese proceso no es lineal ni puro: se da en la fricción entre gabinetes (cosmógrafos, tratadistas, instituciones) y cubierta (pilotos, tripulaciones, experiencia bajo condiciones extremas).

Los tratados del siglo XVI intentan poner orden en prácticas que ya existían. Pero el mar, con su movimiento y su violencia, convierte la precisión de gabinete en un ideal a veces inútil. Por eso, los instrumentos se “tunean”: se simplifican, se adaptan, se vuelven operativos. La ciencia entra a bordo como un “pasajero” inesperado, pero lo hace con condiciones. José María Moreno, lo captura en una frase con una mezcla de asombro y pragmatismo: «…los barcos pasaran a llevar a bordo un nuevo e inesperado pasajero: la matemática».

Un idioma marinero universal: vocabulario técnico y comunidad de oficio

En puertos y travesías, con tripulaciones multilingües, existe una paradoja: la navegación opera con un vocabulario técnico común. No es retórica; es necesidad operativa. El propio tono de los documentos lo revela: «…conviene que sea en los mismos términos y vocablos marítimos usados comúnmente… porque… no sabemos gramática y usamos de muy poca retórica». Esa economía expresiva no empobrece: hace posible la coordinación bajo presión, cuando una orden ambigua puede costar un aparejo o una vida.

Medir el tiempo: del grano de arena al tic-tac

En tierra, el tiempo puede medirse con sombras, agua, velas. En el mar, la inestabilidad arruina muchos mecanismos. En esa precariedad, la ampolleta se vuelve central: regula guardias, turnos, gritos y campana. No es un simple instrumento: organiza la vida social a bordo. Un mar de medidas lo expresa con respeto casi antropológico: «La ampolleta era respetada entre la tripulación y según su cadencioso paso calculaban el tiempo transcurrido…».

Pero incluso aquí aparece la fragilidad humana: el fraude (“comerse la arena”), la necesidad de calibrar (“parar la ampolleta”) al mediodía mediante observación. Más tarde, el siglo XVIII introduce un quiebre con el cronómetro marino, ligado al Decreto de la Longitud (1714) y al logro de Harrison. La historia técnica no es ornamental: transforma lo que es posible decidir en mitad del océano.

Rumbo, distancia, velocidad: mezcla del cálculo con el “ojo marinero”

El rumbo nace del magnetismo, esa “piedra con poderes” que deviene aguja y luego brújula. El instrumento se instala en la bitácora y el mundo se ordena en rosas de 8, 16, 32 rumbos: «una rosa y treinta y dos pétalos». Pero el rumbo trae su propio demonio: los “dos nortes” (geográfico y magnético) y la declinación, observada tempranamente y corregida como se puede, entre saber y superstición.

La distancia parece simple en fórmula —distancia = velocidad × tiempo—, pero es una selva de leguas y millas coexistentes. La corredera intenta objetivar la velocidad con nudos en un cordel y una ampolleta breve; de ahí el “nudo” como unidad histórica. Y, aun así, persiste la estima, el ajuste por experiencia, el componente humano: el mar no se deja reducir sin residuo.

Latitud y longitud: dos maneras de situarse en el mundo

La latitud es, relativamente, una victoria temprana: medir alturas, corregir con declinación solar y regimientos, combinar instrumentos (cuadrante, astrolabio náutico, ballestilla, cuadrante Davis) hasta el salto óptico del octante y el sextante. La fórmula práctica se condensa en un tono de manual renacentista: «Para saber la latitud… se requieren cinco cosas… el Astrolabio o cuadrante… el regimiento… y la declinación».

La longitud, en cambio, es “humillante” por su tardía solución. No sólo por dificultad técnica, sino por carga política: meridianos disputados, Tordesillas y antimeridiano, Molucas. La frase antigua que José María Moreno rescata suena a desesperación: «Muchos años ha, que se trabaja sin fruto en hallar la Longitud primaria…». La respuesta llega por dos vías: distancias lunares (tablas y cálculo) y cronómetro (hora transportada), imponiéndose este último por comodidad y exactitud.

Por qué Un mar de medidas es relevante

Los mapas no son sólo imágenes bellas: son condensaciones de mediciones y poder institucional. El portulano mediterráneo, útil para cabotaje, falla en navegación astronómica oceánica. Surgen infraestructuras de control del saber (padrón real, Casa de la Contratación), cartas planas con errores por esfericidad y, finalmente, soluciones prácticas como Mercator. Un mar de medidas recuerda una advertencia conceptual, casi borgiana: «…el único mapa que podría representar fielmente el territorio… sería… la escala 1:1».

Y cuando todo parece resuelto —rumbo, latitud, incluso longitud— queda el fondo: la profundidad. La sonda y el escandallo, la braza, el sebo que “lee” el tipo de fondo, no son detalles menores: evitan encallar. El texto lo expresa con gravedad: «…nos descubre las celadas y engaños encubiertos… porque están encubiertos debajo del agua…».

Conclusión

Un mar de medidas, de José María Moreno, propone mirar esta historia desde el prisma de la medición: no como apéndice técnico, sino como el mecanismo cultural y material que hizo posible “hacer mundo” en el océano. Su recorrido —tiempo, rumbo, distancia, latitud, longitud, cartografía, profundidad— muestra cómo instrumentos, tablas, vocabulario y prácticas de a bordo se ensamblan en un sistema; y cómo, en ese sistema, la tensión entre teoría y práctica es constante. La expansión ultramarina aparece entonces menos como una épica de nombres propios y más como una construcción colectiva, acumulativa y a veces frágil.

Queda una pregunta que el mar obliga a formular de nuevo: ¿qué significa “saber” cuando el suelo no es firme, cuando los instrumentos fallan, cuando el error es inevitable y aun así hay que decidir? Tal vez por eso la navegación moderna se parezca tanto a una lección general sobre la medida: no como certeza, sino como compromiso entre utilidad y precisión, entre regla y experiencia. Y quizá por eso, todavía hoy, seguimos leyendo el mundo —también el de tierra firme— como si fuera, en el fondo, un mar de medidas.

https://ciudadela.es/libro/un-mar-de-medidas_190417

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