Radiografía del matrimonio en España: ¿por qué hemos dejado de creer en el amor?

En las últimas décadas, la institución del matrimonio en España ha experimentado una metamorfosis tan profunda que los datos de hoy resultarían irreconocibles para una pareja de los años 80. El paso natural de la mayoría de la población a lo largo de buena parte de la historia –casarse y formar una familia– es ya solo una de las opciones. Hay factores económicos, sociológicos, religiosos y uno que late tras todos ellos: pocas personas creen en el amor para siempre. ¿Qué ha pasado?
Radiografía del matrimonio en España: ¿por qué hemos dejado de creer en el amor? Imagen creada con Gemini

En las últimas décadas, la institución del matrimonio en España ha experimentado una metamorfosis tan profunda que los datos de hoy resultarían irreconocibles para una pareja de los años 80. El paso natural de la mayoría de la población a lo largo de buena parte de la historia –casarse y formar una familia– es ya solo una de las opciones. Hay factores económicos, sociológicos, religiosos y uno que late tras todos ellos: pocas personas creen en el amor para siempre. ¿Qué ha pasado?

Menos bodas, más tardías

¿Qué nos dicen los datos? Que hay una tendencia hacia la “nupcialidad tardía”, una tendencia que no es nueva, pero ha alcanzado hitos históricos. Según los últimos indicadores demográficos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en noviembre de 2025, la edad media para contraer matrimonio sigue escalando: se sitúa ya en los 39,9 años para los hombres y en los 37,2 años para las mujeres. Edad mucho más tardía que la de la primera maternidad, que ronda los 32. De modo que se ha desligado el matrimonio de la familia.

Esta cifra refleja un retraso de casi una década respecto a las generaciones anteriores. Es frecuente achacar esta situación a cuestiones económicas, como la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda y el deseo de consolidar carreras profesionales antes de formalizar la unión. Pero en realidad se establecen otras formas de convivencia sin pasar por el altar que exigen las mismas circunstancias laborales. El problema es que las generaciones que han crecido rodeadas de divorcios creen menos en el amor para siempre.

Pese a este retraso, el interés por pasar por el altar (o, al menos, por el juzgado) no ha desaparecido, aunque muestra signos de estancamiento. En 2024 se registraron 175.364 matrimonios, lo que supuso un ligero incremento del 1,7% respecto al año anterior, según datos del INE.

El declive del matrimonio religioso

Uno de los cambios más drásticos se observa en la forma de la ceremonia. España ha dejado de ser un país de bodas por la Iglesia. De acuerdo con un estudio de la escuela de negocios TBS Education-Barcelona difundido en 2024, los matrimonios religiosos ya suponen menos del 20% del total nacional.

Esta secularización es desigual según la geografía española: mientras que en comunidades como Asturias solo uno de cada cinco enlaces es religioso, en otras regiones del sur la tradición resiste con algo más de fuerza, aunque la tendencia general es un descenso imparable frente a las ceremonias civiles.

La fragilidad del matrimonio: el repunte de los divorcios

Si bien casarse es una decisión meditada, la ruptura se ha vuelto un proceso más frecuente y, en ocasiones, más ágil. El INE, en su Estadística de Nulidades, Separaciones y Divorcios publicada en julio de 2025, reveló que en 2024 se produjeron 82.991 divorcios, un aumento significativo del 8,2% respecto al ejercicio anterior.

El matrimonio para siempre

Recoge Javier Vidal-Quadras en un artículo sobre el matrimonio que el compromiso no es sencillo. En efecto, a veces cuesta creer que sea posible seguir toda la vida junto a la misma persona, toda vez que sabemos que habrá momentos mejores y peores, que los dos van evolucionando, que las dificultades complican las cosas.

Pero curiosamente nadie en esa misma sociedad tan reacia al matrimonio como vínculo del hombre y la mujer para toda la vida duda de otras formas de amor que no acaban. Por ejemplo, no dudamos del amor a nuestros padres o a nuestros hijos, incluso cuando pasa por situaciones complicadas o se puede enfrentar a cambios significativos en la persona, como una larga enfermedad. Tampoco solemos dudar de la amistad, y concedemos que hay ocasiones en las que podemos estar menos próximos a una persona o incluso pelear por un tema en cuestión, y eso no va a acabar con el vínculo que nos une.

Por eso merece la pena que la sociedad reflexione si este miedo al compromiso del matrimonio no procede de una búsqueda de la felicidad mal entendida en la que tiene que haber siempre un equilibrio perfecto entre lo que se da y lo que se recibe. Y a eso se le suma un sentimentalismo y un emotivismo que lleva a muchas personas a no luchar por cuidar del amor en los momentos en los que es más complejo. Como explica Pep Borrell en su libro Bailar en la cocina, el amor es “querer querer”.

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