¿Por qué la sociedad actual ha perdido el verdadero sentido del trabajo?

¿Por qué la sociedad actual ha perdido el verdadero sentido del trabajo? Imagen creada con Gemini

Luces y sombras de un escenario con demasiado paro, demasiado absentismo y demasiados trabajos descartados.

¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Por qué hemos perdido el sentido del verdadero valor del trabajo? ¿Es el utilitarismo (comer) el único fin? ¿Es una carga insoportable que tenemos que aguantar por puro materialismo? Nuestra vinculación con el trabajo ha perdido esa idea de valor intrínseco, de desarrollo de la persona, de satisfacción en el esfuerzo, de dignidad en su ejercicio. Y eso se nota en los datos macroeconómicos.

Empezamos por el primer indicador. Si no hay trabajo, ni crece España ni crecen quienes en ella viven (sean españoles o no). El trabajo no es solo un derecho o una obligación; es el engranaje principal que permite que el Producto Interior Bruto (PIB) de una nación avance. En el contexto actual de 2026, el crecimiento económico está intrínsecamente ligado a la capacidad de un país para generar empleo de calidad y mantener una fuerza laboral productiva. Sin embargo, el análisis del mercado laboral español revela una realidad ambivalente: mientras el país lidera las previsiones de crecimiento en la Unión Europea (viene de cifras tan bajas que cualquier aumento es significativo), sigue arrastrando debilidades estructurales que lastran su competitividad.

La brecha del desempleo y la paradoja europea

A principios de 2026, España continúa enfrentando su asignatura pendiente más persistente: el desempleo. Aunque las cifras han mejorado respecto a la década anterior, la tasa de paro se sitúa en torno al 10,4%. Esta cifra resulta alarmante cuando se compara con la media de la eurozona, que se mantiene en un saludable 6,3%, o el conjunto de la Unión Europea, que ronda el 6,0%. España es, de hecho, el único país de la Unión que todavía registra tasas de desempleo de doble dígito, una brecha que dificulta la convergencia real con las economías del norte.

Detrás de ese 10,4% de desempleo se esconden (en sentido literal) problemas estructurales que son difíciles de abordar. El primero, el mercado negro, el trabajo encubierto y los salarios en B. Evidentemente, es difícil de medir, pero los expertos consideran que tiene que haber economía sumergida porque ningún país resiste un desempleo tan elevado. La población estaría en la calle permanentemente porque necesita dinero para comer.

El segundo elemento escondido es el del volumen del estado del bienestar que, en forma de Ingreso Mínimo Vital y otras muchas formas de ayuda estatales y autonómicas, reduce el impacto de ese 10,4% de desempleo. El problema de un sistema de bienestar que rompe con el principio de subsidiaridad, que defiende también la Doctrina Social de la Iglesia, es que, si bien resuelve con solidaridad y bien común la situación de algunas personas que lo necesitan, también fomenta que otras que no lo necesitan, pierdan el sentido del valor del trabajo y sientan que las autoridades tienen la obligación de mantenerlos.

El verdadero sentido del trabajo

El empleo y el desempleo se han convertido en un elemento más del debate político y se pierde de vista que el trabajo está en la naturaleza humana como la manera de disponer de una forma de vida justa y lícita. Mientras los partidos políticos se atacan con reformas laborales, los ciudadanos van perdiendo la idea natural de la dignidad del trabajo para mantenerse a sí mismos y para proporcionar el sustento debido a sus familias.

El trabajo no se debería defender desde presupuestos ideológicos que mantienen la dialéctica de clases sino desde un punto de vista antropológico en el que se comprendiese como un bien intrínseco para la persona en primer término y para la familia y, por tanto, el conjunto de la sociedad, en segundo lugar.

Los puestos que no quiere nadie

Mientras la situación laboral se complica para los jóvenes (23% frente al 10% general), hay sectores que tienen enormes dificultades para encontrar personal al que contratar, como la hostelería, la construcción o el campo. El problema radica en que los desempleados españoles, mejor formados académicamente, no quieren ocupar esos puestos de trabajo de baja cualificación, a los que accede la población inmigrante.

En sectores como la albañilería, hay obras paradas por falta de personal y el 65% de los empleados tienen más de 45 años. No hay recambio generacional porque esta profesión está denostada en los hogares. En sectores como la agricultura y la hostelería, son las condiciones de vida y la dureza del trabajo las que llevan a tener poca demanda entre la población española y son mayoritariamente extranjeros los que ocupan esos puestos.

Las sociedades modernas han desterrado la idea de que todo trabajo es igual de digno y que el valor de la persona no depende del resultado de su trabajo. Dominados por criterios mercantilistas, valoramos el trabajo en función del salario, del éxito y de la proyección social. Eso provoca una permanente insatisfacción en los trabajadores, que no sienten llena su vida en el empleo que tienen, de modo que no pueden valorarlo en su justa medida, en una carrera constante hacia lo que consideran otro trabajo distinto, que no siempre es mejor.

Un mercado laboral volátil

La reforma laboral buscaba transformar el paisaje de la temporalidad en España. Pero la falta de correlación entre los datos del Ministerio de Trabajo y los de la Encuesta de Población Activa demuestra que hay un problema con el lenguaje empleado. Si bien, aparentemente, la tasa de temporalidad ha caído desde el 26% al 15%, ocurre que hay personas que enlazan falsos contratos indefinidos como los antiguos temporales. Y hay otras que tienen contrato indefinido en la forma de fijos discontinuos, que les obliga a buscar otro empleo en esas largas discontinuidades.

La precariedad laboral se ha escondido y corremos el riesgo de no ser conscientes de ella porque los datos de contratos indefinidos son elevados, aunque no todos sean reales. El problema es mayor porque es esa falta de estabilidad la que está dificultando el acceso de los jóvenes a la vivienda y, por tanto, sus aspiraciones de formar una familia.

Además, encorsetar el mercado laboral para existir por ley una estabilidad que no responde a la realidad, ha provocado la desaparición de puestos de trabajo temporales y, ciertamente, con baja remuneración, que podrían beneficiar a los jóvenes mientras completan sus estudios para que puedan adquirir experiencia o a personas que se encuentran en situaciones especiales en las que no pueden adquirir más compromisos.

Esta inestabilidad está teniendo una repercusión clara en la pirámide invertida de población y invierno demográfico al que nos enfrentamos. Los datos demuestran que los jóvenes no tienen entre sus prioridades la formación de una familia, pero cuando se investiga un poco más, se descubre que no quieren porque no pueden o porque sienten que no pueden. Y en esta respuesta juega un papel decisivo el inestable mercado laboral.

Un absentismo laboral creciente

En los últimos años, especialmente desde la pandemia del Covid, el absentismo laboral se ha consolidado como un problema de primer orden. En 2025, la tasa alcanzó el 7% de las horas pactadas, lo que significa que cada día más de 1,5 millones de personas no acuden a su puesto de trabajo.

Un dato especialmente crítico es el crecimiento exponencial de la incapacidad temporal. En los últimos cinco años, el número de bajas laborales en España ha aumentado un 60%, y ha pasado de unos 5,2 millones en 2021 a superar los 8,7 millones en el último ejercicio cerrado. Este incremento, que duplica las cifras de hace una década, está impulsado en gran medida por patologías de salud mental, que han crecido un 78% desde 2018.

El último estudio de la AIREF muestra una correlación entre el momento en que el trabajador consigue contrato indefinido y las bajas solicitadas. Una economía como la española basada en las pequeñas y medianas empresas tiene muchas dificultades para sostener esta situación de largas bajas laborales.

Sin entrar a valorar la realidad de las bajas, no cabe duda de que la sociedad actual cae fácilmente en el desánimo y tiene menos tolerancia al esfuerzo y a la frustración. El trabajo con esfuerzo es considerado negativo, una realidad de la que hay que huir. Esto provoca menor compromiso y mayor insatisfacción porque, aunque el individuo desease que no le costase llevar a cabo sus tareas, ese esfuerzo es inherente a la vida.


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