«Podemos cometer el error de convertir la salud mental en una moda»

Entrevista con Elena Calleja, autora de "Es tiempo de Esperanza. Cómo entenderte y sanar en Navidad"

Vivimos en una sociedad hiperconectada que exige el máximo rendimiento. Las redes sociales, el trabajo y los estudios generan un estrés, ansiedad o depresión constantes que afecta nuestra salud mental. En España, una de cada cuatro personas acuden al psicólogo, y los jóvenes de 18 a 25 años son quienes más han demandado en el último año este servicio de la sanidad. Elena Calleja, psicóloga y autora del libro Es tiempo de Esperanza. Cómo entenderte y sanar en Navidad (Palabra, 2024), comparte con Mundo Cristiano sus conocimientos y experiencias para ayudarnos a construir una vida más plena.

—¿Cuál es la diferencia entre psicología y terapia?
—Yo intento hacer una distinción entre terapia y psicología sobre todo por el rol que se suele atribuir al psicólogo, una figura de autoridad, miedo a veces, incluso de ir al psicólogo cuando ya tenemos muchos problemas. Y yo lo que quiero es concienciar que al psicólogo no hace falta que vayamos cuando ya estamos en el pozo o cuando ya estamos totalmente devastados, sino que tenemos que incluir la terapia en nuestras vidas.
No solamente existe la terapia psicológica sino que también existe la espiritual, la que hacemos con nuestros amigos, cuando aprendemos a tener relaciones sociales buenas, que es algo que aprendemos con la terapia psicológica; la terapia que hacemos con nuestros padres cuando tenemos una buena relación con ellos y sanamos heridas, que también lo aprendemos con terapia psicológica. La terapia con nosotros mismos cuando sabemos hablarnos bien y sabemos conocernos y entendernos. Yo creo que la terapia es todo aquel espacio seguro en el que podemos aprender a vivir y ser más felices.

La realidad actual

—¿Cree que medicalizamos y psicologizamos todos los problemas?
—Sí, rotundamente sí, pero creo que ese no es el problema. Como tenemos tanta información y estamos en la era de la psicología es muy fácil caer en la tentación de que “me ocurre esto, voy a terapia”. Además como hay terapia de todo tipo y para todas las cosas, que es maravilloso, pues al final siempre tenemos algo que podemos trabajar.
El problema realmente es cuando comenzamos a obsesionarnos con la salud mental hasta el punto de que todo nos parece motivo de ir a terapia. El que vaya o no es indiferente, la cosa es que yo todos los días me encuentre algo por lo que yo sienta que no estoy bien, que no soy una persona cuerda o que que me pasa algo malo y que debería ir a terapia.
Ese “debería ir a terapia” a veces, según la persona, paraliza porque nos hace pensar que estamos mal y que tenemos un problema serio cuando realmente acudimos a terapia para que nos escuchen, para que nos entiendan, para que nos den alguna solución de cara a la toma de decisiones, para que nos enseñen a conocernos, para un montón de cosas que no tienen tanto que ver con “tengo un problema, tengo una enfermedad y necesito curarme”.
Creo que de alguna manera quizá nos estamos preocupando de más, pero esto también lo estamos trabajando poco a poco. Por ejemplo en sesión, a veces veo a un paciente muy preocupado por algo y es algo que no es tan grave. Ojo, le duele y eso es super respetable y hay que validarlo. En terapia intento desmontar esa idea errónea según la cual mucha gente hoy en día dice “esto no lo domino, lo estoy pasando, esto no me cuadra: motivo de terapia, estoy fatal”. Tenemos que normalizar que no siempre estamos bien y que no siempre que no estamos bien debemos ir a terapia.

—Las generaciones actuales cada vez tienen más la salud mental como algo prioritario en sus vidas. ¿Cómo ve ese auge de la salud mental poniéndolo por delante de todo?
—Podemos cometer el error de convertir la salud mental en una moda. Y cuando se convierte en una moda, que es lo que puede estar pasando ahora, se convierte en algo nocivo en vez de ser algo bueno. Creo que todos hemos tenido problemas, todas las generaciones pero la información y la capacidad para esa terapia sí que está llegando ahora. Por lo tanto ahora, tenemos más facilidades para terapia y hay más información, y eso hace que sea un tema más hablado y podemos confundir con que sea más necesario. No creo que sea más necesario ahora que antes, creo que siempre lo ha sido. Pero la salud mental, como todo en esta vida, tiene su sitio y cuando tiene un sitio bueno nos ayuda, muy positivamente pero cuando lo convertimos en una moda o incluso en el centro de la vida, si sólo se tiene la dimensión psicológica como nuestro centro al final lo único que hacemos es dejar las otras áreas de lado y seguimos estando incompletos.
—Todas las generaciones tenemos problemas, padres, abuelos y antes que ellos. ¿Por qué cree que la gente joven acude más a terapia o al psicólogo?
—Yo creo que nuestros padres si hubiesen tenido la oportunidad y la libertad de ir a terapia también les habría venido fenomenal. Es un poco generacional, como que lo vamos pasando de generación en generación, y ahora al visibilizarlo y darle un nombre y un espacio nos estamos dando cuenta de que es bueno y de que es algo necesario. Sin embargo, si en esta generación todavía no estuviera muy visible creo que no hubieran ido. Creo que mucho tiene que ver con visibilizarlo y normalizarlo, es decir, el hecho de encontrarnos de repente en un mundo donde resulta que hay más gente que tiene unos padres a los que les ha pasado esto o aquello y que la experiencia de ir a terapia les ha ayudado hace que sea como un virus positivo que se expande y que hace que algo que antes no era normal se normalice para bien.

Una nueva mirada

—Vivimos en tiempos de inmediatez, rapidez, constante evolución, una rueda que gira y parece que nunca va a parar. ¿Cómo de importante es la espera, saber esperar?
—Uno de los mayores problemas que tenemos hoy en día es que somos la generación de lo inmediato, y la inmediatez jamás ha llevado a buen puerto porque la vida no es inmediata. Querer algo que no podemos conseguir siempre genera ansiedad y muchos conflictos internos. La espera en este caso está muy relacionada con la Navidad que justo estamos preparando, con el Adviento, el tiempo de espera hasta que el Señor llega. El Señor nació un día en concreto, y había que esperarle. Y este tiempo de espera de alguna manera también lo podemos llevar a la vida diaria: la paciencia, la calma y el ser sujetos activos pero a veces secundarios en nuestra vida y en la de los demás nos ayuda a tener mucha más salud mental.
Tenemos que intentar ir más despacio, tener paciencia, y eso implica tener cierta esperanza porque si yo no tengo esperanza en que algo vaya a salir, no puedo ir despacio. Y esto pasa mucho con los pacientes. Alguien que está mal y que sufre mucho quiere enseguida ponerse bien y nosotros como profesionales tenemos que trabajar de una forma muy cuidadosa el que ellos manejen la paciencia y el proceso, porque si no, o se rinden, o lo pasan muy mal. Y al final nosotros no podemos dar un tiempo determinado en el que se vaya a poner bien pero, tenemos que cuidarle mucho para que todo el poquito trabajo que haga, poquito a poquito cada sesión, le vaya a llevar a su objetivo.
En la era de la inmediatez, en la que todo lo queremos para ayer, la esperanza yo la relaciono mucho con la espera porque necesitamos de alguna manera vivir tranquilos en esa espera. Vivimos en un mundo de mucha incertidumbre, y como nuestras inquietudes no son inmediatas porque aspiramos a algo mucho más que lo humano y lo banal, las señales que nos da el mundo de que todo lo necesitamos ahora hace que estemos desordenados emocionalmente y que estemos intranquilos y con ansiedad. Entender que estamos hechos para mucho más que la inmediatez, y que dentro de esa espera podemos encontrar mucha calma en el plano psicológico, mucha calma en el plano espiritual, en general, mucha calma en el plano personal.

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