Orden y desorden

Yo siempre me había considerado una persona ordenada, hasta que he llegado a una edad en que la vida, en general, ha desordenado mi vida particular. Voy a intentar aclarar este galimatías.
Soy ferviente lector de don Francisco Fernández Carvajal y su serie de libros Hablar con Dios los llevo leyendo, cada día, desde hace cuarenta años y como es lógico los tengo ya hechos pedazos, pero a mí me hace ilusión verlos así.
El otro día leí una anécdota preciosa de Santa Teresa de Jesús –luego la contaré– y me extrañó que no la conociera porque yo “creía” haber escrito un libro sobre la santa de Ávila. Pero a continuación me entraron dudas: ¿estás seguro de haber escrito ese libro?
Para salir de dudas me puse a buscarlo en la estantería de la biblioteca en la que, teóricamente, conservo los 91 libros que llevo escritos.
Ni rastro de él. Busqué entre otros papeles –a veces conservo los manuscritos–, también sin éxito.
Estaba dispuesto a desistir y admitir que había sido una ilusión mía, cuando tuve una idea feliz: internet. En internet está todo.
Busqué Teresa de Jesús, con mi nombre, y ¡sorpresa! En la primera página, decía Los amores de Teresa de Jesús, autor José Luis Olaizola, editorial Planeta 1992, páginas 200.
Digo en la primera página porque luego le dedicaba bastante más, explicando toda clase de detalles sobre el libro que, por lo visto había sido un éxito, y yo en la inopia.
Fue una sorpresa más bien desagradable. ¿Dónde tenía yo la cabeza? Pero, bien pensado, la cabeza seguía en su sitio, pero con noventa años más. Así es la vida y no hay que darle más vueltas, y tomar buena nota para el futuro porque puede ser que no sea la única vez que te ocurra, ya que has dejado de ser un hombre ordenado.
Y ahora procedo a contar la anécdota de Teresa de Jesús que tanto me ha gustado.
Andaba Teresa, como era habitual en ella, tras una fundación, para lo que era preciso atravesar el río Arlanzón, en un día lluvioso que había convertido aquel río en un pantano.
La santa ya no era una niña, pero no se arredró, y se puso a atravesar el pantano en un carruaje, que unas veces flotaba sobre el agua y otras parecía que se iba a hundir. Llegó un momento que a la santa no le quedó más remedio que saltar del carro, con el agua por las rodillas, pero como estaba poco ágil se lastimó.
Y se encaró con Dios, quejosa: “¡Señor, entre tantos daños y me viene esto!”. Y Jesús le respondió: “Teresa, así trato yo a mis amigos”. Y Teresa, con santa desvergüenza, le replicó; “¡Ah, Señor, por eso tenéis a tan pocos!”.
Yo de Teresa de Jesús me lo creo todo y me encanta este pasaje en el que habla con Jesús como se hablan los amigos, de tú a tú . Qué diferencia conmigo que poco menos que me tengo que poner de rodillas para hablar con Dios.
Está claro que no llego a la altura de Teresa de Jesús, pero, bien pensado, más vale hablarle de rodillas que no hablarle.

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