Lo menos que me esperaba yo el 27 de septiembre del 2024 fue lo que me sucedió. Mira que en mi ya larga vida me han pasado cosas raras, pero como esa, ninguna.
¿Cómo me encontraba yo ese día? Sentado en una silla de ruedas porque, una vez más, se me había vuelto a romper una cadera, y me había dejado postrado. Era un anciano sentado en una silla de ruedas, algo muy propio, pero muy elegante. Me había vestido con mi traje azul que reservo para los grandes acontecimientos, mi camisa blanca, y mi corbata roja.
El motivo de estar hecho un dandy —anciano, pero dandy— era que se casaba mi nieta Prisca. Le puse yo ese nombre porque nació el día de Santa Prisca. Ha vivido muchos años con nosotros y a mí se me cae la baba con ella, porque es encantadora y encima me quiere mucho, aunque no tanto para hacer lo que hizo. Y además me encanta su trabajo: es la dueña de una empresa de circo y ella misma participa en los eventos, sirviéndose de un trapecio con muchas telas, entre las que se desliza como un ángel. Cuando la veo por los aires se me encoge el corazón, pero siempre termina bien y nos hinchamos a aplaudir.
Se iba a casar con David, que es bombero, y esto conviene aclararlo. Cuando yo era chaval y se quería hacer un juicio negativo de alguien, se solía decir despectivamente: “ese tiene ideas de bombero”. Pero las cosas han cambiado: el Cuerpo de Bomberos salva vidas, y para formar parte de ese Cuerpo hay que hacer unas oposiciones muy exigentes, física e intelectualmente, y bastantes de ellos ostentan títulos universitarios. Mi nieto David es ingeniero de una especialidad muy complicada, pero él prefiere seguir siendo bombero. Por algo será.
El caso es que se casaban y yo fui a la boda con la natural ilusión. El número de asistentes se acercaba a los doscientos y, salvada la familia, la mayoría eran bomberos, algunos hasta con casco por si tenían que salir corriendo a apagar un incendio. Un ambiente muy simpático porque colaboraron algunos de los componentes del circo de Prisca. Era todo menos una boda corriente.
A mí me colocaron en un lugar de preferencia, por la sencilla razón de que soy el patriarca, y el único que iba bien vestido, porque ahora la moda es ir desarrapados, hasta con los pantalones rotos. Cuando pido explicaciones, me dicen que yo con mi traje azul y mi corbata roja me he quedado anticuado. Admito la reprimenda, pero no estoy dispuesto a rebobinar.
El acontecimiento estaba dirigido por un maestro de ceremonias que, cuando terminó el enlace matrimonial, explicó que a continuación iban a bailar los recién casados, aunque tuvo que hacer una aclaración; David no sabía bailar, o sea que bailaría solo Prisca, que comenzó a hacerlo con su vestido blanco de novia, al compás de un vals precioso. Una maravilla, hasta que se acercó a mi silla, y sin dejar de bailar, me dijo: “Abuelo, la ilusión de mi vida sería bailar este vals contigo”.
¿Cómo reaccioné? Con risas, con bromas, dándole las gracias por un detalle que no podía cumplir, pero que no sirvió de nada porque un par de forzudos consiguieron levantarme de la silla, ponerme de pie, enfrente de Prisca, que me animó a dar unos pasos de baile.
¿Qué ocurrió después? Creo que inventé un nuevo estilo de baile: el baile estático. Yo apenas me movía de mi sitio y le hacía a Prisca dar vueltas alrededor mío. Lo hacía tan bien, con tanta gracia, que el artista lo parecía yo, que era quien la animaba a hacerlo.
Lo que mejor hice fue dar gracias a Dios por haberme ayudado a salir del trance. A mí, lo de dar gracias a Dios se me da bastante bien.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero