A sus solo 25 años, Noelia Castillo había cargado tanto sobre sus espaldas y había contado con tan pocos apoyos a su alrededor, que creyó ver en la eutanasia la única salida posible. El jueves, 26 de marzo, le inocularon los componentes químicos que acabaron con su vida. Junto al dolor de su familia, queda también el dolor compartido por nuestro fracaso como sociedad porque, en todo este tiempo, no supimos ver más que la superficie del verdadero problema que atenazaba el corazón de Noelia. Y hoy se abre un debate social que yerra de nuevo el tiro, porque la clave no está en la libertad ni en la legalidad, sino en la manera en que la sociedad sabe cuidar de las personas y valora su dignidad.
Entre 2021, año de aprobación de la Ley de la Eutanasia en España, y diciembre de 2024, último dato del que se tienen registros, algo más de 2.200 personas han solicitado acabar con sus vidas a través de un procedimiento médico sin esperar a su término natural. De todos esos casos, la mayoría han pasado desapercibidos para la sociedad, pero la historia de Noelia Castillo se ha convertido en tan mediática como aquella de Ramón Sampedro que dio el salto al cine y propició un airado debate social.
En el caso de Noelia, la discusión en la esfera pública no estriba tanto en sus supuestos derechos o en la gestión de su libertad como en el hecho de que la crónica de su vida muestra claramente el fracaso del conjunto de la sociedad. Porque, desde su infancia, las heridas en el corazón de Noelia, su dolor espiritual y su dolor físico, no se han tratado. Sólo se han ido poniendo parches momentáneos que aliviasen sus necesidades materiales. Y eso era la punta del iceberg, no el drama que se escondía debajo. Por eso la muerte de Noelia es un ejemplo del fracaso social.
Expresión del dolor
La subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española publicaba en los días previos a la eutanasia de Noelia una esclarecedora nota que explica por qué la Iglesia no considera que esta forma de acabar con la vida sea una opción:
Hoy contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia, esta joven de 25 años cuya historia refleja una acumulación de sufrimientos personales y carencias institucionales que interpelan a toda la sociedad. Su situación no puede ser interpretada solo en clave de autonomía individual, sino que exige una mirada más honda, capaz de reconocer el peso del sufrimiento psicológico, la soledad y la desesperanza.
1. Queremos subrayar que la eutanasia y el suicidio asistido no son un acto médico, sino la ruptura deliberada del vínculo del cuidado, y constituyen una derrota social cuando se presentan como respuesta al sufrimiento humano. En este caso, no estamos ante una enfermedad terminal, sino ante heridas profundas que reclaman atención, tratamiento y esperanza.
2. La dignidad de la persona humana no depende de su estado de salud, ni de su percepción subjetiva de la vida, ni de su grado de autonomía. Es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral.
3. Deseamos manifestar nuestra cercanía a Noelia y a su familia, asegurándoles nuestra oración, afecto y compromiso con una cultura del cuidado que no abandona a nadie. Al mismo tiempo, hacemos un llamamiento a toda la sociedad para reforzar los recursos de atención psicológica, el acompañamiento humano y las redes de apoyo, especialmente para las personas más vulnerables.
Cuando la vida duele, la respuesta no puede ser acortar el camino, sino recorrerlo juntos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa, donde nadie se sienta solo ni descartado.
La solidaridad sin subsidiaridad
El problema en el caso de Noelia ha sido, en buena medida, que no creció acogida por el amor. No se trata de emitir un juicio y menos aún una condena contra ninguno de los agentes que ha tenido algo que ver en la vida de la joven. Tampoco de juzgar cómo se sentiría Noelia, qué dolor tan grande tendría para ver en la eutanasia su única salvación.
Sin embargo, desde la oración que nos une a los cristianos por la salvación de cada alma, sí podemos analizar qué ocurrió para que, a pesar de los distintos esfuerzos de diversas administraciones por ayudar a Noelia, el fin haya sido este. Es entonces cuando entran en juego los principios éticos y se vislumbra el problema.
Las administraciones públicas tienen la obligación ética de cuidar del bien común de sus ciudadanos y aplicar criterios que garanticen la justicia social. Así funciona, por ejemplo, el estado del bienestar por el que todos pagamos una cantidad por mantener el sistema de salud que algunos, aquejados de graves enfermedades, utilizarán de manera profusa mientras que otros, con mejor salud, visitarán de manera muy ocasional. Este reparto de bienes en beneficio del conjunto es la base de nuestra concepción ética de una vida en sociedad, muy alejada del individualismo extremo de otros entornos.
También entendemos en nuestras sociedades que, allí donde las circunstancias de una persona fallan, las administraciones pueden entrar a funcionar de manera subsidiaria aplicando un grado de solidaridad mayor que responde a una situación específica. Así, por ejemplo, ante una catástrofe natural, quienes han perdido su casa pueden encontrar cobijo gracias a los recursos facilitados por alguna administración.
El problema radica en el momento en que los entes públicos degradan el principio de subsidiaridad y aplican una solidaridad paternalista que resuelve en parte la situación pero que genera nuevas complicaciones. Por ejemplo, si, a una persona que no encuentra empleo pero puede trabajar, el Estado le da un subsidio tan alto como el sueldo que recibiría, es probable que caiga en la desidia de dejar de buscar de trabajo porque no le resulta rentable esforzarse por el mismo dinero.
En el caso de Noelia, con una vida marcada por la adversidad, las distintas administraciones fueron resolviendo los obstáculos puntuales, pero taparon los problemas reales con soluciones inmediatas. Por ejemplo, tras el divorcio y la crisis económica de sus padres, la desarraigaron de su hogar. Resolvieron el problema del acceso a los bienes materiales -comida y techo- pero generaron otro mayor por la falta de cariño.
Sin conocer aquella situación al detalle, si los padres no podían hacerse cargo del cuidado de Noelia, se podría haber primado una familia de acogida en vez de un centro, puesto que las familias establecen vínculos relacionales con los niños en situación de ayuda mucho más potentes y beneficiosos que el cuidado que les pueden dar unos funcionarios. Pero es más complicado para la administración mantener una red de familias de acogida que unos centros públicos.
Cuando Noelia sufrió la agresión sexual que propició sus intentos de suicidio, se optó por la vía fácil: la judicialización. Pero no se descendió a los problemas profundos: los traumas vitales que ocasiona una experiencia tan dramática. Pero es que es difícil mantener un sistema público de atención psiquiátrica y psicológica adecuado. Por eso, se curó a Noelia de las heridas físicas, pero no de las emocionales.
Cuando el dolor físico y emocional de Noelia fue insoportable, las administraciones públicas no fueron capaces de ofrecerle un plan B, a sabiendas de que existe: tratamiento psiquiátrico adecuado para su dolencia, unidad del dolor con seguimiento exhaustivo para paliar su sufrimiento. La gestión de personal necesaria para ese engranaje de atención es mucho más complicada que el plan A: apoyar a quien, por el sufrimiento que padece, siente que prefiere morir.
Un fracaso social
El caso de Noelia Castillo nos debe hacer reflexionar como sociedad porque es un fracaso del conjunto. Muestra que sólo pensamos en individuos aislados y obviamos su parte relacional. Y que disfrazamos de derechos y libertades los atajos en la vida que ahorran tiempo, dinero y esfuerzo necesarios para un verdadero abordaje del concepto de bien común.
María Solano Altaba
Profesora de Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad CEU San Pablo



