Me dirás: “No sé quién es”. Y quizás tengas razón. Pero no podrás decirme que cuarenta años no son nada. Y, además, estoy aquí para presentártelo.
No es costumbre elogiar a los vivos, pero ya me conoces: disfruto yendo a contracorriente. Cuando procede. Y, la verdad: en este caso, Jorge se lo tiene bien ganado. Le estoy agradecido de corazón.
Jorge es –era– mi médico, en la Clínica Universidad de Navarra. Lo ha sido durante los últimos cuarenta años. Sin duda, gracias a él vivo mejor. Y también, gracias a su ejemplo, soy mejor.
Algunas veces, algún amigo bienintencionado me viene a decir: “Te conservas bien” (peligro: eso no se lo dicen a los de 18 años). Hoy, de hecho, alguien a quien me han presentado, al conocer mi edad, me ha dicho: “Estás bien de chapa y pintura”… Pero es bien sabido que, si después de los 40 años, te despiertas y no te duele nada es que estás muerto. No es mi caso: sigo vivo, y mis “goteras” son menos gracias a Jorge.
Jorge es todo un profesional. Un gran profesional. Y, si cabe, mejor persona. Esto no lo digo sólo yo: lo dicen sus compañeros y colaboradores, que le admiran y aprecian; y sus alumnos y sus pacientes, que tanto le debemos.
Se canta que “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Algo así me pasó el otro día al darle mi último abrazo en la consulta. Que, creo, fue también el primero. Se lo pedí: “¿Me dejas darte un abrazo?”. Ya sabes la respuesta.
Jorge siempre me transmitió tranquilidad. Sabía que estaba “bajo control”; en buenas manos. Desde que lo conocí, jóvenes los dos (yo algo más), hasta que, como ahora, peinamos ambos abundantes canas. Él, incluso, en su densa barba.
Dicen que la vida pasa, corre, vuela. A mí vivir me ha regalado, además de a mi mujer, Carmen, y a nuestros cinco hijos, ocho nietos. Por ahora… que hay más en camino. Te das cuenta de la velocidad de la vida, especialmente cuando eres realmente consciente de que en algún momento toca aterrizar. Eso se suele ver con mucha claridad, a partir de una cierta etapa vital: la mía. Como bromea algún amigo, cuando entras “en lo mejor de lo peor”.
Mi abuela Eusebia decía que el único dolor bueno es el dolor de contrición. Pues bien: Jorge ha logrado en más de una ocasión quitarme los otros. Él lo sabe bien. Eso es mucho.
Cuando un médico te atiende, te ayuda a curarte. Y si no, te ayuda a cuidarte, y te cuida: te escucha, te acoge, te alivia, te acompaña. Jorge ha hecho eso con miles y miles de pacientes. Y eso tiene un valor incalculable.
De esos miles de pacientes, yo tengo la suerte de tener un altavoz: Mundo Cristiano. Y quiero emplearlo, porque me parece justo.
En este homenaje a Jorge, rindo también tributo a tantos médicos y quienes con ellos colaboran entregados a sanar, aliviar y acompañar. Aplaudo su trabajo bien hecho, su profesionalidad. Y en ella, su esfuerzo, interés, amabilidad, disponibilidad y humanidad. Como diría Zig Ziglar: su “aptitud, actitud y altitud”.
Jorge ha cumplido el juramento hipocrático a pies juntillas. No ha sido para mí un médico de familia, pero sí un médico “de la familia”.
Año nuevo, vida nueva, querido Jorge. Esto no es una despedida. Espero que te queden muchos años para disfrutar de tu jubilación, de tu familia y de esta nueva etapa. Ojalá sea incluso mejor que la que cierras. Lo tienes bien ganado. ¡Disfruta, Jorge! Me dijiste antes de despedirnos: “Tienes mi móvil; úsalo”. Lo haré, amigo. ¡Ah! También tienes tú el mío. Escuchar tu voz me alegrará.
Acabo: Que Dios te bendiga, Jorge. Que premie, cuando toque (sin prisa), todo el bien que has hecho.
Nos vemos por Pamplona… o por Galicia, tu hermosa tierra. ¡Porque si hay que ir, se va!
Muchas gracias, de corazón, y un abrazo grande, como el que te di hace unos días. ¡Feliz vida nueva!
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero