—Puso en marcha el Observatorio lo Invisible. Una cosa así, ¿merece la pena?
—Mi experiencia de los anteriores ha sido que en el primero fue el que de repente descubrimos el potencial que tenía una experiencia de este tipo con cien estudiantes de arte, de todas las disciplinas. Y eso fue bastante sorprendente.
Luego, cada edición ha ido superándose y mejorando muchos aspectos de organización, de previsión, de mil cosas.
La gente que va por primera vez de repente descubre algo muy insólito y es que se crea un ambiente de familia sin saber exactamente por qué, en el que se puede hablar de todo sin ser juzgado, y eso genera un lugar en el que la gente, al margen de sus creencias, al margen de sus ideas, se siente muy a gusto y acogido en ese entorno. Esperemos que esto suceda lo mismo en esta nueva edición en el Monasterio de la Santa Espina de Valladolid.
—¿Es posible un arte sin dimensión trascendente?
—Gran parte de la estética de finales del siglo XX y comienzos del XXI tuvo un deliberado afán secularizador, o sea, de tratar de disociar la experiencia estética de la espiritualidad y de la trascendencia. En la historia del arte no se conoce esa separación, o sea, es muy difícil separarlos porque la naturaleza del arte es la misma que la de la religión, que es acceder a eso que es invisible, o sea, el misterio. Y eso es de lo que trata el Observatorio de lo Invisible.
Matisse decía que todo arte digno de ese nombre es religioso. Como él, muchísimos artistas han visto esto con mucha claridad.
—¿Está bien valorado hoy en la sociedad el arte, y no solo el más de consumo?
—Creo que hoy el arte es un tema capital, como lo ha sido siempre. La gente se divierte con el arte, celebra con el arte, forma parte de la vida cotidiana. Lo vemos en la música, con el potencial que tienen cantantes como Rosalía o cualquier otro. Es una experiencia puramente artística. Eso tiene un valor en nuestra sociedad que es incuestionable.
—¿Y en lo religioso?
—En el ámbito de lo espiritual, en el ámbito de la Iglesia, por ejemplo, en España en el contexto católico, el arte ha ido perdiendo fuerza hasta el punto de quedarse en una cosa caricaturesca. Pero de por sí la creación artística ha estado siempre unida a la Iglesia tanto a la piedad popular como a la liturgia como a otros fenómenos.
Esto debería seguir así. Por eso existe la Fundación Vía del Arte y para eso nos dedicamos a que haya artistas contemporáneos que le doten al arte y a la espiritualidad de esa dignidad de obras maestras..
—¿El arte siempre tiene que ser provocación?
—No es necesario. Depende de lo que entiendas por provocación. Si la retórica la entiendes como una provocación, entonces sí. La retórica es la forma que tiene el arte de ser efectivo. Y la retórica, entre otras cosas, está directamente relacionada con la belleza. ¿La belleza es provocación? Yo creo que sí, hasta cierto punto.
Siempre que muestras algo con una belleza, lo haces con una rotundidad y una capacidad de provocación muy grande.
Y de hecho, esto se conoce en términos clásicos. Ese fenómeno de catarsis es generado por esa provocación que te genera la belleza.
Javier Viver
Es fundador y presidente de la Fundación Vía del Arte, que organiza en julio el Observatorio de lo Invisible en el Monasterio de la Santa Espina (Valladolid). Nació en Madrid en 1971.
Artista consagrado, es autor de obras populares como la Madre de Hakuna y la Bella Pastora de Iesu Communio.
Es Doctor en Bellas Artes por la Univeridad Complutense. Es escultor y autor de fotolibros.
Entre otros, ha recibido el Premio al Mejor Libro de Arte del año; Premio PhotoEspaña y el MacK First Photobook Award. Ha expuesto en el Reina Sofía, en el Lázaro Galdiano (Madrid), y en Nueva York, Buenos Aires y Roma.
En 2012 recibió la invitación del Swatch Art Center para vivir y trabajar en su residencia en Shanghai.