Inmigración en Barcelona: Braval propone su fórmula de éxito

La asociación Braval, con más de 25 años de historia, se basa en el afecto y la exigencia para ejercer como ascensor social para centenares de inmigrantes en el barrio del Raval
Uno de los equipos de fútbol sala de Braval en el polideportivo Can Ricart.

Una mujer con un velo oscuro que solo deja los ojos al descubierto, con dos niñas pequeñas de la mano, se cruza con una latina, bajita y morena y, poco después, con un chaval de rasgos orientales y tez oscura, de indudable origen filipino. Es Barcelona. Barrio del Raval. El corazón de la Ciudad Condal se ha convertido en una amalgama de culturas, lenguas y credos, donde más de la mitad de la población ya no es de origen español. Podría ser un polvorín social, como ocurre en los suburbios de París (los banlieues) o de otras grandes ciudades europeas. Pero aquí no ha estallado ningún conflicto racial. ¿El secreto? “La red social que existe”, asegura Pep Masabeu, director de Braval, una de esas asociaciones que sin ruido y con eficacia tejen esa red social.
Pep (Sabadell, 1953) se dedicó durante años a la política local, pero en 1998 fue uno de los iniciadores de Braval, entidad que trabaja con la población inmigrante en Barcelona. “La clave está en el cariño, en tratar a cada persona como persona”. Es su fórmula de éxito para la inmigración, una cuestión que los españoles consideran actualmente el principal problema (uno de cada tres así lo asegura, según la última encuesta del CIS, de septiembre).


En El Raval de Barcelona, en poco más de un kilómetro cuadrado viven casi cincuenta mil personas (47.605), 23.000 de ellas, de origen extranjero. Una décima parte de las viviendas del barrio tienen menos de 30 metros cuadrados. Hay un paro del 8%; una cuarta parte de los habitantes tienen solo estudios primarios o no los tienen; un 35% mantienen un perfil profesional bajo; la población autóctona envejece mientras la mayoría de los inmigrantes son menores de 24 años.
Reina Amalia es una de esas pequeñas callejuelas, a dos pasos de las Ramblas, que conforman el Raval. Entre pequeños comercios y entidades sociales, emerge Braval.
Es martes y los chavales están llegando a estudiar. Braval es un proyecto de solidaridad que comienza en 1998, cuando en el barrio empieza a dispararse la inmigración. Se consolida en 2002 con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, fundador del Opus Dei. Sus promotores viajan a Inglaterra y Estados Unidos y ven iniciativas similares. Deciden incidir en la atención familiar primaria, con espacios comunes de convivencia. ¿Qué mejor modo que a través del deporte? El objetivo es “promover la acción social, luchar contra la marginación y facilitar la incorporación de los inmigrantes a la sociedad”, explica Pep.

La fórmula de éxito

El estudio y el deporte son dos de las principales señas de identidad de Braval, en cuanto actividades. Su “fórmula exitosa”. Pero la fórmula tiene otros dos componentes de fondo de los que habla Masabeu: el afecto y la exigencia a los chavales.
Entra Mark, de origen filipino. Juega en uno de los cinco equipos de baloncesto y otros cuatro de fútbol, de diferentes categorías, de Braval, que disputan la liga municipal de Barcelona. Un modo de compartir deporte con gente de todas partes. Salir del gheto. “En fútbol nos consideraban un equipo de alto riesgo, por el origen del equipo y procedencia de los jugadores. Lo cierto es que hemos ganado seis veces el trofeo ‘Cuenta hasta tres’ [un premio a la deportividad] del Ayuntamiento”, explica Pep, orgulloso.

Pablo, veterano entrenador de baloncesto, que es voluntario, junto a Pep Masabeu (a la derecha), director de Braval.
Pablo, veterano entrenador de baloncesto, que es voluntario, junto a Pep Masabeu (a la derecha), director de Braval.

Muestra una puerta: “aquí detrás está el ‘núcleo’ de Braval”. Al abrir se ve un cuarto muy pequeño con una lavadora y una secadora. Encargarse de lavar la ropa de las equipaciones deportivas forma parte de este sistema educativo. Por turnos, cada semana le toca a un chaval lavar la del propio equipo. Se atisba el espíritu que intenta trasmitir Braval. “Los chavales son inseguros: les das pautas y, aunque les chirríe, ven que funciona eso que les has dicho. A los padres les pasa igual, porque muchas veces no saben cómo sacarles adelante”, asegura Masabeu. Insiste en dos principios: “con afecto y con una educación exigente los chicos salen adelante”.
Aquí hay exigencia y hay normas: hay que ser puntuales, hay que ducharse tras el partido (tras la pandemia esto ha cambiado; la ducha puede ser en casa… quienes tengan agua en casa), hay que venir a hacer los deberes y no se puede faltar al colegio. Si no, no se juega. ¿Y eso funciona? “Claro que funciona”, responde Pep. “El fútbol y el basket les engancha un montón”.

Conversaciones

Además de los chavales, hoy Pep tiene invitados: el alcalde de Sant Cugat del Vallés, un publicista, la presidenta de OIDEL (una ONG especializada en la libertad de enseñanza), el director de Mundo Cristiano y un empresario. Han comido allí mismo, con ocasión de las Conversaciones sobre Inmigración, una iniciativa que consiste en juntar a diversos profesionales (responsables de entidades sociales, políticos, periodistas, profesionales variados) para conversar en torno a la mesa. Nuria Gispert, quien fue concejal en Barcelona, directora de Cáritas, y gran amiga de Braval, le explicó a Pep hace años: “Si quieres algo sobre emigración, en internet hay miles de papers con teorías. Si quieres ayudar y buscar sinergias, organiza conversaciones. Con gente que sepa y solo a la hora de comer, que si no no vienen”. En estas conversaciones ya han participado más de 660 expertos en cerca de 130 ediciones.

El estudio es uno de los pilares del proyecto de Braval.
El estudio es uno de los pilares del proyecto de Braval.


Mientras tanto, van llegando chavales, de 8 a 18 años, que son las edades con las que trabajan. Acuden a partir de las 6 de la tarde y a las 6,30 comienzan el estudio. Un cartel en el tablón de anuncios en el vestíbulo indica, en catalán: “Fortalesa. Estudi”. Son los ejes del programa 1@1. Ideas rápidas para las familias cuyos hijos vienen aquí: van a ayudarles a superar las dificultades, a enseñarles la tenacidad… Y se les va a trasmitir un hábito de estudio.
Esto lo hacen voluntarios, que ayudan, uno a uno, a cada chico, y les acompañan en las salas de estudio. Hay una para cada grupo: para los prealevines y alevines (4º y 5º de primaria); los infantiles (1º-2º de ESO), cadetes (3º-4º de ESO), juveniles (bachillerato). En total, atienden cerca de 250 chavales al año. Con cero absentismo o abandono escolar y un 90% de éxito escolar en la ESO.
Ramón es uno de los voluntarios en la sala de estudio. Trabajó en Turismo, ahora está jubilado. “Conocí esto a través de la iglesia de Montealegre, explica, porque quería ser útil”. Reconoce que “estar con los chavales exige mucha paciencia”.
La mayoría de los que han llegado hoy son filipinos. “Son ocho de cada diez. Son gente muy agradecida. Te dan hasta lo que no tienen. Muy espirituales”, añade.
Las aspiraciones de estos chicos son como las de tantos otros de su edad. Yasser, de 12 años, que va a 6º, quiere ser como su ídolo, Lamine Yamal. Explica: “Empecé a venir porque venía mi primo”. Dante Angelo, de su misma clase en el colegio San Francisco de Asís, cuenta: “Mis amigos venían aquí. Yo conocía esto de siempre”. Para variar, su modelo es Yamal. Y asegura: “Aquí aprendemos a ser buenas personas”.
La colaboración de Braval con los colegios de los chicos es absoluta. A veces los tutores les llaman si un chico no va al cole durante algunos días. Pep cuenta el caso de un chaval de 11 años que faltó cuatro días. Su tutora sabía que tenía entrenamiento de fútbol ese día en Braval. “Me explicó que había estado enfermo”, dice Pep. Lo cierto es que sus padres se habían peleado y se habían marchado de casa dejándole solo, y sin nada. Tenía hambre: llevaba días sin comer. “Le pregunté si tenía fuerzas para entrenar y me dijo: “Por supuesto!”. Le compré un bocadillo en un bar y después se fue a entrenar”. Después, le avisó que su madre iba a volver por la noche y a hacerle la comida. “Le pedí que al día siguiente le contara todo a su tutora del cole. Estos chavales tienen una capacidad de lucha tremenda”.

Más que estudio

Además del estudio, cada semana los chavales tienen una reunión de equipo. “Ahí les intentamos trasmitir virtudes. En esa charla con ellos, conforme a la edad y situación de cada uno, se trabaja cada semana una virtud”, comenta Florentino, otro de los voluntarios.
En Braval se ofrece a los chicos, tras el estudio, diversas actividades: magia, robots… Pep recuerda a un niño de 2º de ESO que quería ser pintor de brocha gorda, como su padre; pero tras una actividad de robótica, dijo que lo de los chips le había molado. “Le advertí que tenía que sacar buenas notas para tener beca. Hoy es ingeniero informático. El secreto es el afecto: los niños se esfuerzan cuando ven que otros mayores los tratan bien y están pendientes de ellos”.

Una de las actividades organizadas en Braval.
Una de las actividades organizadas en Braval.


Una aula, todavía vacía, está llena de robots. Mucho material de Braval es donado. Pep explica la gestión económica: “Los chicos pagan 120 euros al año y además hay donantes. Si no pueden esa cantidad, se les exige al menos 5 euros al mes”. La idea es que valoren lo que se les ofrece. “En ocasiones hemos pagado becas a alguno para que vaya a la universidad”, comenta.
Los gastos se reparten en personal y seguridad social (limpiadora y algún profesional para alguna tarea concreta), funcionamiento del local, y gastos directos de programas (un 56% del presupuesto). Esto incluye varios miles de euros al año en alquiler de campos de juego y polideportivo para los entrenamientos y partidos. Aunque sean de titularidad municipal, les exigen pagar, por mucha entidad de fin social que sea.

Un cuarto de siglo

En octubre del año pasado Braval cumplió 25 años. Por sus locales han pasado 1.600 niños de 30 países. De ellos, 600 hoy trabajan con contrato; 220 han hecho bachillerato, otros 27 tienen carrera universitaria; y otros diez la están cursando.
Otro rasgo propio es que se sostiene íntegramente con el trabajo de voluntarios: universitarios, jubilados y profesionales: unos 160, una decena de los cuales son antiguos “bravaleros”.
Uno de estos es Mark. Es técnico de frío industrial y una de las almas de los equipos de baloncesto. Atiende a Mundo Cristiano mientras entrena a un equipo cadete en el Complejo Can Ricart, un polideportivo municipal, a dos pasos de la sede de la asociación. “Yo me he pasado catorce años en Braval”, cuenta. “Me ayudó muchísimo. Tenía problemas de todo tipo. La liaba bastante. No pensaba en estudiar y los voluntarios me animaron a hacerlo”.
Él nació en Israel, pero su padre es tailandés y su madre, filipina. Tuvieron problemas económicos y emigraron a España. “Braval fue muy importante para mi formación como persona. Mi madre estaba muy disgustada conmigo. He aprendido valores que me han trasmitido aquí. A ser responsable, educado… todo eso se aprende por medio del basket; el basket es una manera de vivir, de aprender virtudes para la vida. He madurado. Gracias a mi familia y gracias a Braval”. No solo eso. También le ayudó en su vida de fe: “En Braval me prepararon para la Confirmación y para ser un buen cristiano”.
En el polideportivo, dirige con energía el entrenamiento de un equipo cadete. Casi todos son filipinos. Por Braval han pasado chicos de treinta países. Además de los filipinos (comunidad numerosa en el barrio), están dominicanos, chinos, bangla, indios, marroquíes… Cada uno con sus peculiaridades.
“Los inmigrantes tienen una capacidad de lucha brutal”, dice Pep. Afirma que “los chavales del barrio en El Raval son depresivos: piensan que si sus padres son pobres, ellos también lo serán… Pero las condiciones son iguales; los inmigrantes en cambio ven el esfuerzo que han hecho sus padres y piensan que ellos también saldrán adelante”.
Entre ellos da igual la procedencia. Un chico de uno de sus equipos, antes de la pandemia, se cambió de casa porque su padre consiguió un trabajo como portero en una zona residencial de Barcelona. El chico se hizo amigo del hijo de una familia que vivía en el ático, el mejor apartamento. Y le invitó a jugar al basket en Braval. “Cero problemas. Fue uno más”, afirma.
Otro caso: un socio de la firma KPGM. Su hijo iba a un colegio prestigioso, pero que no tenía fútbol. Supo de Braval, se apuntó y se convirtió en uno más del equipo de juveniles. Masabeu recalca esta idea: “Nosotros no hacemos cosas para los inmigrantes, sino que los inmigrantes hacen cosas con nosotros”. Pep matiza que ellos no diseñan programas para inmigrantes, sino tratan a todos como barceloneses desde el primer día.
En el fondo, “lo que más resultado tiene es la relación afectiva. Establecer vínculos con los chavales. Si necesito algo y no me ayudas, el problema es tuyo, que te estás haciendo un egoísta”. No es cuestión solo de ayudas materiales. “Los chicos saben que les pueden dar algo en los servicios sociales, pero allí no les quieren: quien les quiere es la trabajadora social concreta; o menganita, de la parroquia”. “Si me han ayudado yo tengo que ayudar. Eso lo tienen muy grabado”, indica.
Eric, uno de los jugadores juveniles de basket, de 16 años, natural de Barcelona, confirma: “Me llevo bien con todos. Aquí todos somos amigos”. Él estudia una FP, un Ciclo de Edificación de obra civil y sueña con hacer Arquitectura. Antes hacía artes marciales, pero se lesionó. Conoció Braval y se apuntó por el estudio.
Pablo es otro voluntario. Se cumplen ahora cincuenta años desde que se sacó su primer título de entrenador de baloncesto. Como profesional, trabajó en las Olimpiadas del 92 en la organización deportiva y ha sido profesor del Colegio Viaró. Ahora está en una empresa de arquitectura. Un día, hace mucho, le llamó un amigo y le pidió ayuda como entrenador. “Vine y me quedé. Me da más de lo que doy. Salgo con el corazón hinchado. Intento ayudar a los chavales, no solo como jugadores sino como personas. Intentamos trasmitirles orden, disciplina, virtudes…”. Se establecen lazos. “En alguna ocasión hemos ayudado a alguno a conseguir una hipoteca, para poder sacar adelante el negocio de su familia”.
“Hay situaciones difíciles. Hay que conocerles y tener mano izquierda muchas veces”. Dice que acaba viendo cómo algunos de sus jugadores se casan, forman una familia… “Bueno, hemos tenido tres chavales de 17 años que han sido padres”.

Cuestión religiosa

En Braval ha habido chicos de una decena de confesiones religiosas: además de católicos, ortodoxos, budistas, cristianos evangélicos, musulmanes, hindúes. “Pero nuestra identidad es católica, sin ocultarla”, explica Pep. Braval es una iniciativa del Opus Dei, y se nota. Acude un sacerdote de la vecina parroquia de Montealegre, muy ligada a los inicios de esta obra social. “Ha habido cero problemas en el aspecto religioso”, sentencia Pep. El sacerdote realiza su labor, hablando con los chicos que quieren y, en su caso, confesándoles.
El centro cuenta con un pequeño oratorio. Se lo enseñan también a los padres de los chicos. Incluyendo a las musulmanas ataviadas con su velo, a quienes les parece muy bien. “Los chavales preguntan sobre religión, y hablan mucho entre ellos sobre esto: por la fiesta que celebra el otro, qué hace para vivir su fe, en qué consiste su fe”. “El factor religioso no enfrenta, ni mucho menos”, aclara. “Toda persona se asienta sobre cinco patas: familia-trabajo-amigos-costumbres-creencias. En ocasiones, estos chicos tienen todo mal y solo la religión se mantiene”.
“Jamás hemos tenido problema con la religión. Todos los padres saben nuestro origen y las convicciones que trasmitimos”. Pep cuenta cómo hace un tiempo, recibieron la Confirmación un par de chicos del equipo de baloncesto, y el propio obispo quedó alucinado al ver que a la ceremonia había asistido todo el equipo. Lógicamente, habían invitado a sus amigos. “Y a mí me han invitado a la celebración del final del Ramadán y he ido”, cuenta Pep.
Braval forma parte de la Fundación Raval Solidari, un conglomerado que engloba la Acción Social Montealegre, la entidad desde la que germinó todo el proyecto, vinculada a la parroquia de Santa María de Montealegre, encargada a sacerdotes del Opus Dei; la asociación Raval; y Terral, un centro dedicado a la mujer. Mantienen actividades independientes. Para las chicas inmigrantes el deporte no es tan atrayente como otras actividades. Además, muchas familias no consentirían que sus hijas compitiesen junto a chicos. A ellas se les atiende de modo específico.
Pep Masabeu repite la idea que intentan consolidar en Braval: el concepto de “ascensor social”, es decir, que realmente se den “oportunidades de prosperar. La educación es fundamental para vencer la pobreza, la marginación”, asegura.
Y, en el fondo, en el fondo, la clave de éxito: el afecto a cada persona.

Compartir:

Otros artículos de interés