Cuando comienza el curso siempre pienso en Heráclito, el viejo filósofo presocrático seducido con el cambio, que escribió aquello de que “nadie se baña dos veces en el mismo río. Nada permanece; todo fluye”. Os lo diría en griego, que suena mejor, pero prefiero no arriesgarme.
Pensé en Heráclito el mes pasado cuando, después de dos meses de vacaciones, atravesé el portón metálico que da entrada a Aldovea, un magnífico colegio de Madrid donde sigo aprendiendo a ser sacerdote. Aquí continuaré al menos un año más echando una mano en lo que me pidan con la ilusión de siempre y con la autonomía que me concede mi condición de jubilado.
Me recibe un chaval de cuarto de la ESO, que hace tres meses era casi tan alto como yo. Ahora me saca la cabeza y acaba de estrenar voz de barítono con jipidos intermitentes.
—¿Qué te ha pasado, chaval?
—Nada, es que he estado en Asturias.
Heráclito me susurra al oído:
—¿Lo ves? Nadie da clase dos veces en el mismo colegio. Los que se fueron al comienzo del verano ya no existen. Tu cole es un río. Todo cambia.
Algo de eso hay. Aquel chaval encantador y ruidoso que se peleaba por el privilegio de ayudar a Misa los jueves, ahora ha entrado en fase vergonzosa, huye de los curas y se pone colorado con solo oír su nombre. Y aquel otro adolescente que lucía su cutis granulado por culpa del acné, estrena una epidermis perfecta, sonríe sin miedo y dice que tiene novia.
—¿Y ella lo sabe? —le pregunto—.
—Creo que sí.
Saludo al Señor en el Sagrario de la capilla y, al salir, me topo con otro chaval, al que conozco muy bien. Éste no ha cambiado casi nada, pero ha crecido en todas las direcciones. Luego, sentado en la capellanía o en el confesonario, vuelvo a charlar con Heráclito.
—No tienes razón —le digo—. Es cierto que el agua es distinta cada minuto, pero el río no cambia, es el mismo cada invierno y cada primavera porque tiene un cauce que lo sujeta, una fuente que lo engendra, un terreno que se empapa y lo hace fértil, unas arenas que purifican el agua, unos cantos rodados que se modelan durante cientos de siglos en el mismo torrente, una vegetación llena de color y de aroma.
—¿Y podemos decir lo mismo del colegio?
—Sí. Los chicos cambian, y es emocionante ir con ellos. En eso consiste el trabajo de los profesores y del capellán. No son “enseñantes”, horrenda palabra que debería ser expulsada del diccionario. Los educadores transmiten vida, abren horizontes, aprenden de los alumnos, ríen con ellos y algunas veces comparten las lágrimas de la edad del pavo. Todo con un propósito: curtir su libertad para que no se estrellen en la rampa de salida.
Pero para conseguirlo es necesario que haya algo invariable, el cauce de este río. que es su espíritu, su alma. Un colegio sin alma es un local vacío y ruinoso. El espíritu empieza a percibirse en mil detalles apenas se traspasa la puerta de entrada. El alma de Aldovea, y de otros colegios en los que también he trabajado, se manifiesta en la sinceridad de alumnos y profes, en el buen humor, en la cordialidad, en la generosidad, en la transparencia, en la confianza, en la amistad, en el aire de familia…
—Y en el Sagrario —me interrumpe Heráclito—.
—Sí, el Sagrario es el corazón del cole. Es nuestro secreto.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero