Experiencias inútiles

La anécdota se sitúa en los comienzos de la transición, hace casi medio siglo.
Un veterano ministro con tirantes, de graníticas convicciones y verbo rotundo conversaba con un grupo de periodistas de modo informal a la entrada del Congreso. La charla-monólogo transcurría con normalidad hasta que una joven periodista, micrófono en mano, hizo una puntualización. Era algo sin importancia; creo recordar que aludía a una fecha que el político había citado incorrectamente. Este reflexionó un instante y dijo:
—Perdón; me he equivocado.
La informadora, tal vez conmocionada por semejante gesto de humildad democrática, trató de sacar rédito del gazapo ministerial y se dispuso a barrenar en la herida:
—Tenga en cuenta, además, que…
En ese momento el veterano político se enfadó:
—Señorita, ya le he dado la razón y le he pedido perdón.
La pertinaz reportera trató de abrir la boca de nuevo, pero esta vez no tuvo tiempo de articular palabra.
—No sé de qué medio es usted, pero vuelvo a pedirle perdón. ¡Le exijo que me perdone!
Aquella insólita exigencia de perdón y el tono desmedido del ministro dejó sin habla a la concurrencia. A mí no, porque estaba frente a la tele a muchos kilómetros de distancia, y casi me hizo reír la vehemencia del político y la docilidad de los chicos de la prensa.
Por otra parte, ¿no parece grotesco exigir algo tan gratuito y liberal como el perdón?
No hay que ser académico de la lengua para comprender que sólo se exige lo que se tiene derecho a recibir. Sin embargo el verbo “exigir” en todas sus formas es el predilecto de la clase política. Los políticos nunca piden, exigen. No solicitan, ni ruegan, ni suplican, ni apelan, ni mendigan. Lo suyo es exigir, tengan o no derecho a lo que reivindican.
El jefe de la oposición exige al presidente que se vaya. El presidente exige al jefe de la oposición que cierre el pico. El portavoz A exige al Ministro B que dimita inmediatamente. “Ya está tardando”, le dice. La diputada C exige de la presidenta del Congreso que expulse del pleno al diputado E, que la ha llamado machista, fascista o algo semejante…
Los quince o veinte lectores que aún me quedan saben que no exagero. Hoy mismo veo en la prensa 7 exigencias 7, ninguna de las cuales se verá satisfecha. Si no fuera porque hay cosas importantes en juego, diría que algunos políticos son como adolescentes enrabietados.
Uno tiene que pedir perdón todos los días a alguien. Casi siempre por nimiedades, pero no se me ocurre andar con exigencias. Nadie merece el perdón de nadie. El perdón es un regalo, que creemos que se gana, pero siempre se agradece, porque es gratuito. Y si el que perdona es nuestro Padre Dios, entonces acudimos a Él con confianza apelando a su misericordia.
En la puerta de la iglesia del Espíritu Santo, en Madrid, mendiga de sol a sol Juan José, un profesional del ramo, que solicita su óbolo sin exigir nada a cambio. Es un tipo simpático y servicial que lo mismo te acompaña al coche que te informa del horario de Misas.
La primera vez que lo vi me disculpé por no llevar dinero suelto.
—No importa —me contestó—. Puede pagarme por bizum si lo prefiere.
Sacó del bolsillo un móvil mejor que el mío y me pasó su número de teléfono.—¿Y te funciona?
—Cómo no. Por bizum recibo el doble. Dar facilidades compensa siempre.
Si lo aprendiese nuestra clase política… Yo lo nombraría Ministro de Hacienda.

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