Emilio de Villota (Madrid, España, 1946) fue pionero de la Fórmula 1 en la España de los años sesenta. Participó durante los años 70 en catorce grandes premios de Fórmula 1. El automovilismo le regaló momentos muy felices, pero también le arrebató la vida de su hija, María de Villota, que años atrás había decidido convertirse también en piloto. Mundo Cristiano ha tenido la oportunidad de charlar con él para conocer su historia y el legado de su hija María.
Emilio de Villota fue precursor de Marc Gené, de Martínez de la Rosa, de Fernando Alonso, de Carlos Sainz. Él participó en catorce grandes premios de Fórmula 1, ganando dos pruebas del Mundial de Resistencia y proclamándose campeón del Campeonato Británico de Fórmula 1 Aurora en 1980.
Ese mismo año puso en marcha su propia escuela de pilotos, por la que han pasado grandes deportistas, como algunos de los mencionados: Martínez de la Rosa, Sáinz o Alonso.
Su hija, María de Villota, criada en el entorno de las carreras, quiso seguir los pasos de Emilio y, con 17 años, se convirtió también en piloto de automovilismo. Fue la primera española en pilotar un Fórmula 1 y piloto de pruebas en la categoría reina. Sin embargo, el 3 de julio de 2012, la vida de esta familia se paralizó. María se encontraba realizando unas pruebas con su equipo en el aeródromo de Duxford (Reino Unido) cuando sufrió un grave accidente que le produjo la pérdida del ojo derecho y daños en el cerebro.
Tras 17 horas de operación a cráneo abierto, a María le dieron 15 meses más de vida. Finalmente falleció el 11 de octubre de 2013, a los 33 años. Después de lo ocurrido, Emilio cerró su escuela de pilotos y dijo adiós al mundo de las carreras para dedicarse en cuerpo y alma a las obras benéficas impulsadas por su hija.
—¿Cómo se definiría Emilio de Villota?
—Como una persona muy afortunada, especialmente por mi familia.
—¿De dónde le vino el interés por el automovilismo?
—No tengo antecedentes familiares en este deporte, pero fue clave el grupo de amigos que tuve en mi juventud a partir de los 16 años.
—¿Cómo recuerda esos primeros años como piloto?
—Los inicios en el año 1967 los recuerdo como los más intensos. Después, se fue convirtiendo en una profesión apasionante.
—¿Qué se le pasaba por la cabeza cuando se subía a su Fórmula 1? ¿Llegó a sentir miedo?
—Siempre sentí mucho respeto. Cuando me subía al coche tenía hormigueo en el estómago. Sin duda, fue una época en la que el riesgo estaba muy presente.
—¿Tenía algún rito antes de competir?
—Sí, santiguarme.
Una hija piloto
—Su hija María también siguió sus pasos, ¿fue fácil dejar que compitiera?
—Me hubiera gustado cualquier otro deporte antes que el automovilismo por el riesgo, por depender de muchos factores ajenos al propio deporte. Le influí lo que pude tratando de que eligiera un deporte olímpico, pero fue en vano.
—Y después del fatídico accidente que sufrió María, ¿hubiera cambiado de opinión?
—María eligió su futuro consciente de todas las dificultades, entre ellas el riesgo. La libertad a la hora de decidir el futuro de cada uno es clave para la búsqueda de la perfección y la felicidad.
—El accidente de su hija ocurrió el 3 de julio de 2012, ¿qué recuerda de ese día?
—Fue durísimo porque pensábamos que la perdíamos y estábamos muy lejos de donde ocurrió. Cuando llegamos al Hospital de Cambridge, María estaba en la mesa de operaciones. Tras diecisiete horas de intervención, no se sabía si nuestra hija saldría adelante. Esa espera y los siguientes cuatro días fueron realmente duros.
—¿De dónde sacan las fuerzas unos padres que saben que en cuestión de meses pueden perder a su hija?
—Las personas somos más fuertes de lo que pensamos, y sólo lo sabremos cuando nos lleguen las dificultades.
—¿Cómo le ayudó la fe en este sentido?
—Cuando estamos ante la dificultad es cuando recurrimos más a Él, porque sólo Él puede ayudar.
—¿Llegó a sentirse decepcionado con Dios?
—A más dificultad, más nos encomendamos a nuestra fe.
—¿Y a odiar el deporte de su vida?
—Negativo, porque lo que soy se lo debo a este deporte. Pero sí es verdad que cuando ocurrió paramos la Escuela de Pilotos tras treinta y cuatro años y vendimos el equipo de carreras. La lectura del libro de María, La vida es un regalo, cambió mi forma de ver la vida.
—María asumió estos últimos quince meses como un regalo, ¿su familia también lo vivió así?
—Confieso que no, realmente. Recuperamos nuestra vida diaria, María estaba viva y con nosotros, eso sí era un regalo. Pero la realidad es que los médicos nos advirtieron de que durante el primer año el riesgo era máximo y eso nos tenía nerviosos.
—¿Cuál es la principal lección que les dio María durante estos meses?
—Ella dio a su vida un giro de 180 grados. El fallecimiento de su sobrino Javi, afectado por una enfermedad neuromuscular mitocondrial degenerativa, fue el desencadenante de su reflexión: “Yo he tenido una vida de riesgo, muy intensa y, a pesar del accidente estoy aquí, y Javi, con apenas tres años y medio, se nos ha ido”.
A partir de ese momento, María dedicó el cien por cien de su vida a trabajar para niños con esa enfermedad, conjuntamente con su primo Javier.
Puso en marcha el programa “Primera Estrella” con los fondos recaudados con el lanzamiento de su pulsera solidaria, para la financiación de tratamientos para estos niños y se volcó con cualquier persona en dificultad. Sus reflexiones se transcribieron en el libro que he mencionado y que se publicó cuatro días después de su fallecimiento.