Elogio de la timidez

Leía hace semanas la entrevista a un psiquiatra a propósito del libro que acaba de publicar. Va sobre la timidez y los tímidos. Que lo escriba un psiquiatra, en fin, me inquieta porque me suena a patologías, terapias, medicaciones y aleja a los tímidos de la psicología, del estudio del carácter. Vamos, así lo entiendo.
Con todo, y tras leer la entrevista, creo que deja claro que la timidez no es algo identificable, sin más, con una enfermedad, en este caso mental, aunque el entrevistado se declara “tímido curado”.
Que no es necesariamente una enfermedad lo prueba que en la entrevista el tímido queda bien parado, es más, dice que “el mundo necesita la dulzura y la delicadeza de los tímidos”; y para quitarle hierro a la timidez cita casos de personajes bien célebres que son tímidos confesos, algunos actores, lo que sorprende porque para saltar a un escenario o actuar ante las cámaras, aparte de dotes interpretativas, hay que superar una vergüenza que, al menos a mí, me bloquearía.
Este psiquiatra, y ex tímido confeso, describía en la entrevista las señas de identidad de los tímidos, en concreto tanto las manifestaciones extremas como esas con las que, de alguna manera, podemos identificarnos; en mi caso, por ejemplo, no me considero un tímido ejerciente, tampoco curado, sí un tímido a tiempo parcial.
Así, resulta que padezco algo de eritrofobia y que me autodiagnostico como benigna. La eritrofobia es el miedo a ponerse colorado, a sonrojarse; en mi caso hay circunstancias en las que noto cómo, sin poder evitarlo, el rostro va ganando en incandescencia. No llegaré al extremo de la fobia, pero lo paso bastante mal cuando ando metido en esta manifestación de la vergüenza; todavía más si, encima, me dicen que me no me ponga colorado o lo intuyo por las miradas.
¿Qué razones da nuestro psiquiatra para advertir esa dulzura y delicadeza en los tímidos?
Pues resulta que suelen ser de trato delicado, atento, empático, saben escuchar, lo que me lleva a concluir que hay una timidez buena -la que tiene esos rasgos de carácter- y una timidez mala, y no me refiero a la patológica.
Me refiero, más bien, a la de aquellos cuya timidez desemboca en la mala educación; es decir, a un niño o a un adolescente se le puede disculpar la timidez, pero cuando el tímido entra en el territorio de la madurez lo que hubiera de timidez disculpable puede que haya mutado en mala educación: es el que ignora los saludos o, al menos, despacha lo que para él es un enojoso trámite con un raro ruido gutural o, silente, fija la mirada en techo del ascensor o evita hablar. Es el cardo o, dicho con más empaque, el hosco.
Y por contraste, prefiero al tímido que a los ¿cómo lo diría? abundantes: los yoístas.
Son los que sólo hablan de sus cosas, hablan de su casa, hijos, nietos -parece que son los únicos con descendencia- sus aficiones, sus veranos, sus ideas, sus viajes, y o no dejan meter baza en una conversación o todo lo reconducen a ellos como término de comparación.
En tal patología -aquí sí que lo es- caemos todos con más o menos intensidad y como, según nuestro psiquiatra, la timidez es poliédrica, puestos elegir prefiero como interlocutor al pudoroso tímido, al que hay que preguntarle por sus cosas, su familia, su verano, sus ideas.
Y no hablo del muermo, sino de ese tímido cuya timidez se identifica con los rasgos propios de la persona educada, considerada y que ejerce algo tan valioso como es tener el detalle de oír a los demás.

Compartir:

Otros artículos de interés

Fake medieval

Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero

La Torre de Babel

Este lío de los idiomas tiene sus raíces teológicas. Según el Génesis, después del diluvio universal los descendientes de Noé hablaban un solo idioma, ¡qué

El mes heroico

“El minuto heroico. —Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y… ¡arriba! —El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que

Jorge se jubila

Me dirás: “No sé quién es”. Y quizás tengas razón. Pero no podrás decirme que cuarenta años no son nada. Y, además, estoy aquí para