El que no se haya hecho un selfi en su vida —o al que no se lo hayan hecho “metiéndole en él”— que levante la mano. Pero una cosa es el uso y otra el abuso.
Una parte de esta sociedad, la narcisista e impaciente (la del yo, yo, ya, ya), necesita un día sí y otro también el selfi como un estanque perpetuo en el que mirarse, gustarse y hasta degustarse.
Un estanque, el del selfi, que a veces refleja una realidad parcial, a menudo tuneada, filtrada o photoshopeada. Un espejo a veces tan trucado como falso. Es mentira, pero “emociona”.
Muchos de esos selfis luego circulan por las redes. Y hay quienes parecen creer a pies juntillas lo que ven. Más jóvenes de los que quisiéramos (y no tan jóvenes) están atrapados en unas redes en las que —aparentemente— todo el mundo es feliz, tiene una sonrisa en los labios, la tez bronceada, las medidas “perfectas” (perfectas para lo hoy imperante…). Que a ninguno le duele el estómago, vaya. Podríamos decir que se trata de una realidad virtual, falseada, artificial y absolutamente basada en lo exterior.
No sé si hay alguien que creerá esto anecdótico (lo dudo), pero esa sociedad vacua y “externamente perfecta”, además de poner el punto de mira en lo no esencial, está causando mucho sufrimiento, complejos y hasta problemas de salud a quienes, ingenuos de la vida, se la creen a pies juntillas. La intentan emular… “y no llegan”. Porque, entre otras cosas, es falsa.
Pero hoy he venido a hablar del selfi. Reconozco que es genial “inmortalizar” un recuerdo de una reunión familiar, o de amigos. Pero iba a decir que hasta ahí. Que un teléfono no nos impida ver al otro, comunicar(nos) con él en su preciosa realidad de ser humano, de ser hermano. Que no nos vaya a pasar como a ese que ve una maravillosa puesta de sol, allá en el horizonte y dice: “¡Qué bonita! ¡Parece una postal!”.
Esos pensamientos me vienen a la cabeza cuando constato cómo en muchas ocasiones tenemos la oportunidad de llevar a cabo un encuentro personal, de mirar al otro a los ojos, de abrazarle y comentarle la alegría de que se haya cruzado, siquiera momentáneamente, en nuestra vida, y corremos cierto riesgo de que todo quede en un simple selfi.
Aunque no lo creáis este artículo tiene su origen en una visita que estos pasados Sanfermines hice con mi mujer a nuestro santo patrón.
Había una larga cola de personas caminando por el pasillo central de la capilla que preside San Fermín. En general, por no decir la práctica totalidad de aquéllas, vestidas de blanco y con pañuelico rojo.
No puedo leer los corazones, ni lo pretendo, pero me dejó mal sabor de boca ver, conforme avanzaba la fila, que todo lo que parecían hacer quienes llegaban al santo era sacarse un selfi con él al fondo.
Pensé cuántas oraciones podían estar perdiéndose entre foto y foto, con la necesidad que tenemos de ellas. Soy de los que creo que el mundo está tan mal porque rezamos poco (me incluyo).
Y sin la oración, y teniendo además en cuenta la torpeza con que actuamos (mira cómo está el mundo “desarrollado”) es verdad que caben los milagros; pero pedirlos —e insistir, perseverar— no estaría de más.
Dejemos de usar el móvil como espejo. Evitemos que nos impida la comunicación. Y alcemos la mirada hacia el otro, hacia adelante, y hacia arriba.
¡Viva San Fermín!
Por quienes no lo hayan hecho, y por las veces en que nosotros mismos no lo hemos hecho, le pedimos al santo morenico que nos eche un capote a todos, navarros o no, en el “encierro” de cada día.
Leía hoy la campaña de la ACdP para las vacaciones: “Que el verano de tu vida no sea el invierno de tu alma”. Podemos parafrasearlo diciendo: “Que las fiestas patronales no olviden nunca que festejan a nuestros santos patronos”.
Amén. Con tilde. Y sin ella.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero