Seis de cada diez mexicanos que salieron a votar el 2 de junio de 2024 lo hicieron por un proyecto de nación que transformará radicalmente los pilares del sistema democrático como hoy lo conocemos. Veinticuatro años después de la alternancia que derrumbó 70 años del gobierno de un partido hegemónico, los votantes decidieron regresar a él. Pareciera una sinrazón, pero a cien años de la publicación del Primer Manifiesto Surrealista, y a 86 de su visita a México, podríamos evocar a André Bretón, quien consideraba a este como el país “más surrealista del mundo”, un lugar donde “todo es imprevisto y nuevo y permanente como el cielo. Su orden es renovado cada día y siempre con algo de inaudito”.
Durante su campaña electoral, la hoy presidenta electa, Claudia Sheinbaum, abiertamente habló de tomar control sobre el Poder Judicial a partir de la elección popular de jueces, ministros y magistrados.
También de continuar con el desmantelamiento de los organismos autónomos dedicados a la transparencia, la competencia económica y la regulación energética. En ningún momento condenó el recalcitrante ataque contra la prensa libre encabezado por el aparato propagandístico del Estado. A pesar de estas acciones que podrían parecer desmotivadoras para el electorado, los analistas, y especialmente la oposición, han sido incapaces de explicar claramente por qué Sheinbaum arrasó con una avalancha de 35 millones de votos, una razón de dos a uno sobre la principal candidata de oposición, Xóchitl Gálvez.
Un país subvencionado
Para estos analistas, lo acontecido en México es una muestra del triunfo de unas elecciones de Estado, de una contienda dispareja y de una “sinrazón” de un electorado que no tiene apego por los logros obtenidos a partir de la alternancia ocurrida en México en el año 2000. Si bien es cierto que la oposición no logró posicionar en la opinión pública la amenaza del regreso de un estado totalitario, los mexicanos son seres humanos pragmáticos y poco abstractos que consideran más relevante lo que sucede día a día en su bolsillo y en temas cercanos a ellos.
Los resultados electorales obtenidos por el oficialismo demuestran que James Carville, estratega electoral que llevó al triunfo a Bill Clinton en 1992, siempre tuvo la razón: “Es la economía, estúpido”.
En este año electoral, el gobierno de México gastó 741.450 millones de pesos (mdp), el equivalente a unos 37.500 millones de euros, en quince programas sociales financiados con gasto corriente. Este dinero equivale a un 2.6 % del PIB, que se distribuyó en subsidios directos vía el llamado Banco del Bienestar, entidad financiera dispersora de recursos controlada por el gobierno federal, y que fue creada en esta administración.
Así, por ejemplo, los adultos mayores de 60 años reciben bimestralmente en una tarjeta bancaria seis mil pesos (unos 300 €). Los NINIs (jóvenes que ni estudian ni trabajan) que entran a un programa de pasantías -becas- reciben unos 7.500 pesos mensuales (400 €) y los estudiantes de primarias públicas, 960 pesos mensuales (50 €) con los cuales apoyarse para sus útiles escolares, almuerzos o traslados.
Estos subsidios directos tuvieron un doble propósito y un efecto inmediato entre el electorado. En primer lugar, arrebataron el control del dinero público que tenían diversos agentes políticos, quienes utilizaban la dispersión de los recursos con una especie de membresía particular. Hoy, con tener su tarjeta bancaria, reciben su pago bimestral. Existe un constante control realizado por los llamados “Servidores de la Nación”, un grupo de funcionarios públicos que registran y promueven la inscripción o el retiro de estos programas y supervisan la dispersión de dinero en efectivo. Con ellos, el Estado arrebató a los partidos políticos las redes y estructura territorial fundamentales para hacer que la maquinaria electoral salga a votar en cada elección: Hoy la gente cree que recibe el dinero directamente del presidente, y no del líder de la colonia o del jefe de cierto partido.
Por ello la oposición se ha quejado abiertamente de la intromisión del presidente y del discurso oficialista que constantemente mencionaba la intención de la candidata opositora de retirar los programas sociales (en realidad, no solo planteaba mantenerlos, sino aumentarlos). Aunque este tema dominó el debate en las campañas electorales, la incapacidad del equipo de comunicación de Xóchitl Gálvez de desarticular este falso argumento en su contra, hizo mella en los resultados finales.
Ingresos para las familias
Por otro lado, es importante considerar que el electorado haya tenido en consideración otro elemento igual de relevante a la hora de definirse en las urnas: el aumento de los ingresos de las familias. Es un hecho que los subsidios directos contribuyeron a este aumento, pero también lo fue el incremento del 110 % en el salario mínimo durante la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador.
En un país que durante décadas utilizó aumentos marginales al salario mínimo como una herramienta de control inflacionario, el aumento inmediato en el ingreso de las familias contribuyó a que la pobreza en México disminuyera a su menor nivel histórico. Aunque subieron los salarios, la inflación quedó contenida, porque se desvinculó el pago de impuestos, derechos y multas como múltiplos de los salarios diarios, creando una “unidad de medida y actualización” a finales de la pasada administración. Con ello se demostró que congelar el salario de las personas no era más que un argumento en favor del capital.
El bolsillo de las familias fue un factor fundamental a la hora de decidir cualquier elección. De acuerdo con los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), en México la población en situación de pobreza disminuyó de 52.2 millones de personas en 2016 a 46.8 millones en 2022. En términos porcentuales, esto representa una reducción de un 6.9 %.
En un país donde prácticamente la cuarta parte del gasto público se destina a programas sociales, no sorprende que otros factores reales presentes durante la administración de López Obrador como la precarización del sistema de salud, un importante retraso educativo o la inseguridad pasasen a segundo plano: el sistema de salud deficiente solo impacta a los que se enferman, el retraso educativo solo importa a los que tienen hijos en la escuela y una persona desaparecida solo impacta en su círculo cercano. Y aunque las transferencias en efectivo valgan menos que los servicios que antes se proveían y ahora no, les da a las personas la sensación de que ellos eligen en qué usar su dinero.
La realidad es cruda, pero es aquí donde André Bretón y su centenario manifiesto vuelven a ponernos en nuestro lugar en el mundo: “… en cuanto se refiere a la aprobación de su conciencia moral, reconozco que el hombre puede prescindir de ella sin grandes dificultades. Si le queda un poco de lucidez, no tiene más remedio que dirigir la vista hacia atrás, hacia su infancia que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que los cuidados de sus educadores la hayan destrozado”.