Me asaltó por la calle hace más de un año. Era un tipo alto, elegante; incluso demasiado refinado para lo que se lleva ahora. Lucía una sortija un tanto desmesurada y un traje oscuro con una corbata floreada. Apenas le quedaba pelo, pero lo conservaba muy negro, a pesar de que ya habría dejado atrás los sesenta años.
—¡Don Henry! No me diga que no se acuerda de mí. Está usted igual que siempre…
—Pues la verdad, ahora mismo…
—¡Soy Vicente, de Valencia!
Retrocedí en el tiempo hasta los setenta y muchos del siglo pasado y, a medida que mi asaltante añadía nuevas pistas, se me fue perfilando en la memoria la imagen de un chico de frondosa melena, que arrastraba una maleta enorme tratando de subir al autobús. Estábamos a punto de comenzar unos día de retiro espiritual en una casa que llamábamos “La Cañada”.
Y, como si no hubiera pasado el tiempo, en plena calle de Hermosilla, de Madrid, reanudamos una vieja conversación.
—Tú eras el que quería ir a América en moto acuática…
—¡Sí! Y mi padre se puso como una fiera cuando le dije que usted me animaba.
—¿Yo te animaba?
—Sí. Me dijo que yo llevaba dentro un león y que debía darle caña para que no se durmiera.
—Es cierto; en aquella época decía cosas de ese estilo. Y aun ahora sigo convencido de que un adolescente es un héroe en potencia. Mi papel y el de todos los que se empeñan en la formación de los chavales es sintonizar con ese héroe y estimularlo para que no tenga miedo de cumplir sus sueños. Por cierto, ¿fuiste a América en la moto?
—Ahora voy un par de veces al mes en avión; en business, claro…
Nos sentamos en una conocida cafetería de Serrano y me relató con pelos y señales los cuarenta últimos años de su vida. Quiso entregarse a Dios, pero se asustaba solo con pensarlo y no se lo planteó nunca en serio. A punto estuvo de entrar en el seminario, pero tampoco eso salió muy bien. Sus padres le convencieron de que debía casarse y ocuparse de la empresa.
—Hasta me buscaron novia…
—¿Y te casaste?
—Tres veces, sin contar con la relación que tengo ahora, que no sé lo que es. A veces pienso en lo del león que usted me dijo. Sigue dormido. Ya no despertará nunca.
Terminó nuestra conversación con un intercambio de tarjetas y vagos propósitos de vernos de nuevo “cualquier día para tomar algo”; una forma muy madrileña de despedirse para siempre.
He sacado este encuentro del congelador, porque me he preguntado muchas veces qué habrá sido del tal Vicente. Él me repitió varias veces que los tiempos cambian, y es verdad, pero la naturaleza humana sigue siendo la misma. Ahora tengo a mi lado a muchos adolescentes, y sigo pensando que en el corazón de cada uno hay un león, un héroe que pugna por salir. ¿Por qué nos empeñamos en impedírselo? Vivimos en una época cobarde. Queremos que se sientan seguros, que no arriesguen nada. Y el canguelo parece haber contagiado a los padres de nuestros pequeños superhéroes. Pero el héroe tiene derecho a jugarse la vida… Lo dijo San Juan Pablo II en uno de sus primeros discursos como Papa: “nos dicen que tenemos derecho a ser débiles; pero, sobre todo, tenemos derecho a la grandeza”. Supongo que mi imagen del león iba por ahí.
No anestesiemos a la fiera. Vale la pena despertarla. El Señor lo ilustró con otra imagen aún más agresiva: “He venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?”.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero