El camino de la fe después del primer anuncio: sentimiento, razón, ética, comunidad y sacramentos

La mayor amenaza para la supervivencia en lo que llevamos de siglo XXI no son los ataques a la naturaleza, sino la naturaleza humana

La reciente nota emitida por la Comisión para la doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española sobre las nuevas realidades del primer anuncio del evangelio recuerda la necesidad de que el vínculo con Dios se experimente con la participación de todas las potencialidades de la persona: emoción, razón y voluntad.

Es evidente que hay, en nuestra sociedad descristianizada, un sentimiento de búsqueda de la trascendencia. Y son muchas las asociaciones de la Iglesia que han sabido dar respuesta a esta nueva necesidad de primer anuncio con propuestas que responden a una sociedad acostumbrada a que la emoción sea el motor de sus mensajes. Ahora toca reflexionar sobre cómo hay que perseverar en esa fe que, nacida de un encuentro que toca el corazón, tiene que crecer al amparo de la razón y de la voluntad para reflejar el conjunto de la naturaleza humana y su relación con Dios.

Esta es la razón de ser del texto que la Comisión para la doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española hacía público para ayudar a orientar la fe de esas personas que vuelven a acercarse a ella y evitar que se queden solo en la superficie de la emoción, que, por su naturaleza, es siempre pasajera.

Un mapa para el día después

Aunque algunas voces se han apresurado a decir que la Iglesia, a través del órgano colegiado de sus obispos, está criticando esas nuevas formas de evangelización en las que se utilizan recursos retóricos para conectar con fuerza con los que participan en las iniciativas, la realidad es que el texto se puede entender más bien como un espaldarazo a estas opciones y una mano tendida para que, después de ese primer y necesario anuncio, quienes se han encontrado con Cristo, sigan perseverando en esa fe.

“La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización representan un soplo de aire fresco para la Iglesia”, dice un texto que arranca precisamente con el reconocimiento a esta labor evangelizadora para alcanzar a una parte de la sociedad a la que no se estaba siendo capaz de llegar por otras vías.

Más aún, los obispos reconocen que tan malo es una vivencia reduccionista de la fe desde el sentimiento como basar nuestra vida espiritual en la mera razón o en un voluntarismo altruista que aleja la solidaridad de su verdadera razón de ser y la convierte en mero activismo.

Ahora bien, la Iglesia advierte, no porque ocurra sino porque, como madre quiere que no ocurra, del riesgo que supone basar toda la vivencia religiosa en el mero emotivismo.

“Aplicado a la vida espiritual, el ‘emotivista religioso’ hace depender la fe de la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento y a lo placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de experiencias compartidas”.

Por eso los obispos apelan a la necesidad del equilibrio. Y escriben este texto para que sirva de guía a quienes han experimentado la fe, para que crezcan en ella tal como Cristo lo deseó, en el seno de comunidades que se nutren por los sacramentos.

Por eso, este texto no es una crítica a las emociones como camino de fe sino una aproximación que permite completar ese proceso. “Conviene tener presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes integrales de la vida psíquica y espiritual del ser humano. Las emociones no pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrínsecas a nuestra existencia. Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien”, dice el texto.

Y apunta algunos riesgos que puede correr el que basa toda su experiencia de fe en el emotivismo, como volverse fácilmente manipulable, caer en el bombardeo emocional o apoyarse en momentos de debilidad para conquistar sin que se viva o se interiorice esa fe. Una suerte de “abuso espiritual”, en palabras De la Iglesia.

En un tono positivo y propositivo, la nota apunta que “la afectividad, como dimensión humana fundamental en armonía con la razón y la voluntad, supera al mero sentimentalismo y libera a la fe de las redes del subjetivismo y del emotivismo. El amor auténtico siempre conduce a la verdad”.

Concluyen pidiendo a los fieles que abracen “la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo ‘de corazón a corazón’”.

Compartir:

Otros artículos de interés

CATEGORÍAS

Newsletter

Recibe nuestra newsletter con los últimos contenidos de la revista

Introduce aquí tu dirección de email