Una chica joven, de 29 años, bien situada, con un buen trabajo en Acciona, y que de pronto deja todo para emprender una peregrinación extraordinaria, a pie, desde Finisterre a Jerusalén, atendiendo una llamada de Dios. Diez meses y seis mil kilómetros. Carlota Valenzuela recorrió media Europa, se pasó a ver al Papa y acabó en la tierra de Jesús, como la célebre peregrina Egeria que hizo un recorrido similar en el siglo IV. La vida de Carlota cambió en aquel viaje, que anima a hacerlo (no necesariamente a pie, como ella) a cualquiera. Tierra Santa, también hoy, sigue siendo “el viaje” por antonomasia, entendido como peregrinación. Para Carlota aquella peregrinación significó un antes y un después.
Es la Egeria del siglo XXI, aquella peregrina que hace 1.641 años viajó desde Galicia a la tierra de Jesús. Carlota Valenzuela, granadina, con un doble grado en Derecho y Ciencias Políticas, sintió la llamada a andar desde Finisterre a Jerusalén. Su historia, seguida en redes, comenzó el 2 de enero de 2022 y la llevó por doce países hasta culminar en el Santo Sepulcro el 26 de noviembre. Tenía entonces 29 años.
—Casi dos años después, ¿qué ha sido de aquella Carlota que se lanzó a una peregrinación insólita?
—Yo trabajaba antes en Acciona, en Madrid. Pero lo dejé para peregrinar. Al regresar, sentí que había recibido un regalo enorme y que no podía encerrarlo en un cajón, de alguna forma me habían dado muchísimos denarios y yo los tenía que poner a disposición.
Por eso, desde entonces no he parado de hacer proyectos relacionados con la evangelización. Entre ellos, una serie documental que se llama “Hagan Lío”, de Juan Manuel Cotelo, en la que mostramos la belleza de la Iglesia, historias de personas que hacen lío en nombre de Dios.
Hemos sacado ya la primera temporada de “Hagan Lío”, que son seis capítulos con otras tantas iniciativas y que están de forma gratuita disponibles en YouTube. Ahora estamos grabando la segunda temporada.
—La gente se sorprende cómo de pronto una chica bien situada lo deja todo para hacer una peregrinación.
—A veces oyes historias de gente que tenía una vida horrible y que de repente apareció Dios y le dio otra opción, pero la verdad es que en mi caso yo tenía una vida maravillosa, y estaba muy contenta trabajando en Acciona. Pero se me ocurrió preguntarle a Dios qué es lo que Él tenía pensado para mí. Sentía que había algo más, que yo no estaba viviendo, había como una felicidad a la que yo no estaba siendo capaz de llegar porque no me había puesto de forma honrada a disposición de Dios.
Entonces, con esta búsqueda sincera de la voluntad de Dios, sentí esta llamada a peregrinar a Jerusalén y eso me generó tanta alegría y tanta paz que no dudé en dejar todo para hacerlo.
Un cambio de vida
—¿Y cómo ha cambiado tu vida?
—La peregrinación cambió mi vida en todos los sentidos. A nivel espiritual, porque me dio la certeza de ser amada. Yo no hubiese sido capaz de hacer seis mil kilómetros a pie, de cruzar doce fronteras sola, siendo mujer, si no hubiese estado cuidada.
A mí, emprender esta peregrinación y cada día ponerme en manos de Dios y confiar en la Divina Providencia me hizo constatar lo querida y lo cuidada que soy por Dios.
Me ha dado una seguridad y una libertad en la vida, que ahora camino ligera, tranquilísima, sabiéndome muy querida, muy cuidada y sabiendo que mis planes son mucho peores que los de Dios. Todo lo que yo pongo mi vida en manos de Dios resulta mucho más divertido, más pleno.
Eso por la parte espiritual, pero por la parte profesional también estoy sobreabundada. Desde que volví, no he parado de hacer proyectos relacionados con la evangelización, que me llenan muchísimo, me permiten conocer gente maravillosa, y lo que me faltan son horas al día.
—A lo largo de la peregrinación, ¿qué puedes decir de la gente con que te encontraste?
—Cuando alguien se queja de que el mundo está fatal, yo ahora digo que a mí no me lo pueden decir, porque he vivido en persona la hospitalidad de 330 familias a lo largo de la peregrinación. Gente que no me conocía de nada, que no me había visto en su vida, me veía pasar por su pueblo con una mochila a la espalda y me ofrecía casa, comida, cariño. He vivido la generosidad más absoluta. El hecho de estar en una posición de necesidad me ha hecho disfrutar de la bondad del mundo.
Cuando la gente dice que el mundo está fatal no puedo estar de acuerdo con eso.
—¿Crees que hoy se podría repetir ese viaje, teniendo en cuenta todo lo que las circunstancias han cambiado?
—Bueno, hoy mismo me ha mandado un e—mail un chico que se llama Jorge, que salió de Murcia hace siete meses y está en Turquía ahora, de camino a Jerusalén. Sí se puede hacer ahora. Ya han vuelto peregrinos de visitar la Tierra Santa.
Uno tiene que estar atento al entorno, pero se puede hacer perfectamente.
—A lo largo de la peregrinación, ¿hubo algún momento de especial dificultad o dureza en la que te preguntases qué narices hacías allí?
—Una vez al día, más o menos.
—Vaya.
—Yo todos los días pasaba por crisis. He llorado muchísimo, me he encontrado con cosas muy desagradables, pero lo maravilloso es que era consciente de que eso era un mal momento, no que no tuviese sentido la peregrinación, sino que en ese momento estaba pasando por una dificultad, pero que mañana sería otro día.
Nunca pensé en abandonar, sino que viví esos momentos como eso, malos momentos pasajeros. Pero he pasado miedo, he pasado frío, he pasado hambre.
—Has comprobado, dices, la generosidad de la gente, sobre todo personas humildes.
—En Grecia, por ejemplo, me hospedó una familia de inmigrantes albaneses. Campesinos, gente muy, muy humilde, que ni tenían agua corriente. Me prepararon una habitación, cenamos copiosamente un pollo al horno riquísimo, y me acosté. A la mañana siguiente, cuando me desperté, me di cuenta de que me habían dado su propia habitación, y ellos estaban durmiendo en el salón.
La generosidad es tremenda, y de la gente humilde, más.
—Imagino que habrás tenido muchos sucesos divertidos o sorprendentes…
—Cuando estaba llegando a Venecia, me preguntaba cómo iba a encontrar hospitalidad ahí. Por Instagram, conseguí contactar con una señora rica de Venecia que tiene nada menos que un palacio en el Gran Canal.
Se ofreció a hospedarme y me acabé quedando en ese palacio en el Gran Canal. Nos dábamos paseos en barco por la noche; me dejó siete vestidos encima de la cama para que me vistiese con ropa normal, no de peregrina, y me acabé quedando cinco días cenando langosta, con aristócratas, ahí, en el palacio.
Ella me dejó varios vestidos, pero como no tenía mi número de pie, entonces yo tenía que ir a las cenas descalza, con la marca del sol de los calcetines, es decir, el pie blanco y la pierna morenita. Descalza y con vestidazo. Era eso, o ponerme mis trabajadas zapatillas de caminar, con esos vestidos.
Esta señora además invitaba a gente a cenar a casa, para que yo les contase mi historia, pues le parecía fascinante. Y cada día venía gente nueva.
—¿Cómo se hace entender una en un viaje a través de doce países?
—Con inglés y español era suficiente, pero también hablaba francés y luego el italiano tardé muy poquito en aprenderlo porque cuando uno tiene hambre y necesita un sitio donde dormir, se despierta el ingenio. Después de unas semanas cenando en casas italianas con familias que me hospedaban me solté la lengua. Yo estuve peregrinando en Italia casi tres meses porque bajé hasta Roma y volví a subir.
—En Italia, bajaste a ver al Papa. ¿Cómo fue eso?
—Conseguí que me recibiese en una audiencia general de los miércoles y fui a saludarle y le comenté: “Santo Padre, estoy caminando desde Finisterre hasta Jerusalén y antes de ir a ver a Jesús quería pasar a saludar a Pedro”. Le hizo muchísima gracia y me respondió: “Hay que venir a saludar al portero”, y se moría de risa. Le llevé una nariz de payaso y le pedí que me la bendijese, para que yo pudiese llevar la alegría de Dios al mundo entero. Me la puse y tuvimos un rato superentrañable.
—En el aspecto económico, ¿cómo te mantuviste?
—Tenía mis ahorros y llevaba un poco de dinero físico y una tarjeta. Pero luego me di cuenta de que esta peregrinación se podría hacer con cero euros perfectamente, porque si es de Dios, Dios provee. Mis cálculos humanos no tuvieron nada que ver con la generosidad que recibí.
—¿Cómo animarías a la gente a ir a Tierra Santa?
—Para mí, la fuerza que tiene pisar el suelo que los pies de Jesús pisaron disipa todas las dudas. El Evangelio adquiere otra dimensión cuando lo vives físicamente.
De la Tierra Santa se habla como el “Quinto Evangelio”, y para mí tiene esa fuerza.
Yo invitaría al peregrino a ir con calma, que es como misión imposible. Pero es importante que la gente pueda disfrutar de Tierra Santa, hacer silencio, y rezar.
Es verdad, hay muchas cosas que están cambiadas: entras en el Santo Sepulcro y te ocurre lo que me dijo una monja italiana: “Aquí el romanticismo se corta”. Y es que cuesta mucho hacerse la idea en el Santo Sepulcro de que es el monte Calvario.
Yo invitaría al peregrino a ir con calma, a pasar un rato tranquilo y poderse hacer una composición de lugar y no ir corriendo un sitio a otro.
También animaría al peregrino a hacer partes a pie. Esto todavía no se hace mucho. Yo tengo un proyecto de llevar gente a pie. Lo entiendes de otra forma.
Dos proyectos
—Creo que tu peregrinación te ha movido a poner en marcha nuevos proyectos, ¿no?
—Sí, tengo un par de ellos. Uno es que he empezado a organizar peregrinaciones para que hagan esa experiencia. En este momento estoy organizando una a Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, y me llevo a gente cuatro días a hacer un itinerario físico, acompañado de un itinerario espiritual. Es como un retiro a pie. Caminamos hacia el Lignum crucis que está en santo Toribio, les acompaño con un itinerario espiritual y les acerco esta experiencia de peregrinación.
Me llevo a gente en peregrinación y mi idea es abrir otros caminos para ofrecerlo también a la gente que quiere hacer esta experiencia.
—¿Y el otro proyecto?
—Un libro que he escrito y que se llama El Via Crucis de las mujeres publicado el 1 de mayo con Albada, y que acaba de agotar la primera edición. La historia es que cuando llegué a Jerusalén, con mi mochila, entré por donde empieza la Vía Dolorosa y me puse en oración para meditar el viacrucis. Pero me costaba muchísimo meditar con tanto ajetreo. Hice todo el esfuerzo por meditar la Pasión y de forma natural me puse en la piel de las mujeres que acompañaron a Jesús. Meditando sobre la Pasión me di cuenta de que, cuando todos huyen, las que permanecen con Jesús son las mujeres y Juan. De forma natural me puse en oración en el papel de las mujeres.
Esta oración fue tomando cada vez más fuerza y ha acabado por convertirse en un libro. En él hago un recorrido por la Pasión desde la sensibilidad femenina, desde el corazón de las mujeres que acompañaron a Jesús. La verdad es que el libro está yendo muy bien, está traducido al catalán, y se está traduciendo al esloveno.
Diez meses de viaje con un cuaderno y un evangelio
La peregrinación de Carlota Valenzuela partió a pie de Finisterre el 2 de enero de 2022. Acompañada de un cuaderno y un evangelio, recorrió doce países. Atravesó el norte de España, pasó por el sur de Francia y llegó a Italia, donde permaneció de mayo a julio, pues bajó hasta Roma donde participó en una audiencia con el Santo Padre. Luego pasó por Eslovenia, Croacia, Montenegro, Albania, y Grecia.
Ante la imposibilidad de atravesar Líbano y Siria a pie, pensó en recurrir a un velero. En esos días, la entrevistaron en la Cope. Un israelí de viaje en España escuchó el programa y se puso en contacto con ella a través de Instagram: la ofreció llevarla en su velero desde Chipre a Israel. El 4 de noviembre pisaba Tierra Santa.
No se dirigió directamente a Jerusalén, sino que quiso seguir las huellas de Jesús en el Sendero del Evangelio (de Nazaret a Cafarnaúm) y luego bajó hasta Jaffa para recorrer el “Camino a Jerusalén”, que han creado dos israelíes. Entró en el Santo Sepulcro el 26 de noviembre para regresar con prisa en avión a España, para poder acompañar en sus últimos momentos a su abuela, que estaba gravemente enferma.