Antes de las vacaciones leí la declaración de un conocido político que me hizo desearlas aún más para descansar ánimo y mente. Ese político suele hablar muy a la pata la llana, lo que, dicho sea de paso, se agradece. No les diré quién es, pero por lo que dijo, enseguida captarán de qué pie cojea.
El caso es que a propósito de la ley de amnistía se sorprendió –al menos así lo escenificó– de que haya personas indignadas, cuando a la inmensa mayoría esa ley no les perjudica, no les afecta, vamos, que ni les va ni les viene. Y como digo, todo esto dicho muy a la pata la llana.
¿Cómo se puede decir tal cosa? La respuesta admite diversas opciones. La más inmediata que viene a la cabeza es que se advierta en su autor un caso clínico de hormigón armado facial o que decir eso le vienese exigido para mantener el favor del líder. Podrá haber más razones y no entraré en ellas porque, quizás, llevaría a tensiones y enfados en las siempre amables páginas de Mundo Cristiano, luego las omito.
Barajen las opciones que quieran, pero por lo que no paso es que se conciba que el común de los ciudadanos debemos ser acríticos, que nos vea como personas sin referente ni criterio alguno, que mientras que algo no nos perjudique o nos afecte directamente, nos debe dar lo mismo lo que ocurra o se cueza en la política; y desde su lógica, entiendo, que si nos afecta o perjudica, que nos callemos.
Que lo diga, en sí me es indiferente, es más, es bueno porque así se retrata. Pero lo que me subleva es que haya políticos que, en mayor o menor medida, piensen que así deben comportarse sus conciudadanos.
No voy a entrar en cuestiones políticas, en particular y ahora sobre la ley de amnistía, tampoco en los intríngulis jurídicos que plantea, pero hay cosas que no pueden resultar indiferentes. Podremos compartir su fin o atacarlo, pero muy distinto es que nos diga que, como no nos afecta, nos ocupemos de nuestras cosas y que si nos quejamos nos lo eche en cara. Su planteamiento es una suerte de “no se meta en asuntos que no son suyos”, cuando sí lo son; y más insultante es que algunos lo planteen como diciéndonos que ellos se ocupan de la alta política, cosa de adultos, no para una ciudadanía infantil.
Hay poderosas razones para concluir que sí nos afecta. A nadie le puede resultar indiferente que el Estado, mediante una ley, ordene borrar de nuestra mente hechos muy graves o, sin eufemismos, delitos. Ojo, no es que el Gobierno los perdone, los indulte –que ya le vale– sino que el Estado desde su autoridad ordena imperativamente que se deben olvidar los delitos cometidos por otros, que hagamos un borrado mental, cuando algo de tal fuste no puede hacerse pasar como un olvidarse las gafas de cerca o las llaves: es una orden de amnesia, ahí está la etimología de amnistía.
Lo de orden imperativa no es invento mío porque hablamos de una ley y a la fórmula de promulgarlas me remito. Vean si no lo que, con toda solemnidad, nos dice el Jefe del Estado: “A todos los que la presente vieren y entendieren. Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica…”; y una vez que el lector –tras ver y entender– ha hiperventilado, se le dice esto como colofón: “Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley orgánica”.
Pues a un ciudadano que ve y entiende esa ley y que, encima, la debe guardar, nadie puede exigirle que, además, sea indiferente y mire para otro lado.
Fake medieval
Mi camino hacia el Occidente asturiano no lo hago por Lugo sino por León. A veces, con buen tiempo, atravieso Pajares, una opción tortuosa pero