Damián, Mónica y María Rosario, tres adoradores de la Diócesis de Valencia, comparten sus experiencias tras años de oración y silencio frente al Santísimo
En mitad del caos de la vida cotidiana, de las prisas, el estrés, los atascos, las interminables jornadas laborales y la imperiosa necesidad de estirar el tiempo para poder llegar a todo, todavía hay personas capaces de encontrar sesenta minutos a la semana para dedicárselos íntegramente al Señor. Sin ruido, sin urgencias, sin interrupciones ni excusas.
Actualmente, en España hay setenta y seis capillas de Adoración Eucarística Perpetua repartidas por las diferentes provincias. En ellas, Jesús sacramentado está expuesto en una custodia y acompañado día y noche por feligreses y adoradores, que se encargan de cubrir cada hora de cada jornada para evitar que el Señor se quede solo.
La primera capilla valenciana de estas características se inauguró en septiembre de 2012 en la céntrica parroquia de San Martín. Desde entonces, cientos de adoradores se han postrado frente al Santísimo para acompañarlo, encontrar sosiego y descanso junto a Él.
Uno de ellos es Damián, que se unió a la “plantilla” desde sus comienzos y acude cada martes a las dos de la madrugada. “Siempre he adorado en este turno por motivos laborales. Entonces, cuando empecé, teníamos una empresa de celebración de eventos y mi día de descanso era el lunes y aprovechaba esa noche para estar con el Señor. Hoy estoy jubilado, pero ayudo en Caritas y tengo casi más follón que cuando trabajaba, pero no falto a mi cita e intento que esta rutina de madrugada no afecte a mi entorno”, cuenta.
Aunque confiesa que su vida es “un poco lío”, en su hora de Adoración intenta ser ordenado. “Tengo dos listas: una de las personas con las que convivo y quiero llevar ante el Señor (mi familia, mis amistades, mi entorno) y otra de las personas que nos han dejado y que ya están en el Cielo. En esa hora de plena paz y tranquilidad le presento a esas personas que llevo en mi corazón y rezo por ellas”.
Para Damián, la Adoración es “una función callada y perseverante, sencilla y profunda a la vez. Lo más bonito es estar tranquilamente con el Señor. Yo le miro y Él me mira, te dejas llevar por él y dejas todo en sus manos, tus preocupaciones, tus asuntos personales”. Lo más duro para él es tener que levantarse en plena madrugada y descompensar el descanso, pero “nada es difícil si se lo ofreces al Señor, se convierte en algo bonito”.
María Rosario también fue de las primeras en unirse a los adoradores de esta capilla valenciana en el turno de los miércoles a las tres de la madrugada. “Deseaba un lugar en el que poder estar a mis anchas con el Señor sin que me cerraran la puerta”, explica.
Para ella, el momento de Adoración “es como estar en el Cielo”. Cada día, cada turno, lo emplea de una manera diferente, “a veces me dedico a escucharle, otras a rezar el Oficio y el Santo Rosario, otras a contarle un montón de cosas, a pedirle por muchas personas, a darle gracias, a pedirle perdón. Y cuando me quedo sola alguna vez, le canto como forma de alabanza. Al final el tiempo que le dedico se me hace muy corto”.
Los miércoles, María Rosario no se acuesta hasta que no regresa a casa, pasadas las cuatro de la madrugada. “El Señor ayuda a sobrellevarlo y el cuerpo se acostumbra, como un borriquillo”, sostiene. Sin embargo, no termina de llevar bien la vuelta a casa en plena madrugada, cuando caminar por la calle no resulta tan seguro.
El Señor ayuda a sobrellevarlo
y el cuerpo se acostumbra,
como un borriquillo
Los jueves, entre las once y las doce de la noche, Mónica se ocupa de acompañar al Señor desde hace seis años. Al salir del trabajo, cerca de las ocho, Mónica hace tiempo junto a su grupo de la parroquia hasta que llega la hora de cumplir con su turno. “Suelo llegar media hora antes y aprovecho para prepararme para ver al Señor”, explica. “Lo primero que hago es saludarlo, porque tengo en presencia a mi mejor amigo. Luego le cuento mis problemas, mis tristezas, mis alegrías, también le rezo, leo un poco la Biblia. Es un momento especial, es el médico del alma, y me hace tanto bien que la hora se me pasa volando”, asegura.
Aunque su compromiso se limita a una hora de su semana, hay ocasiones en las que Mónica se queda más tiempo “porque lo necesito”. “No soy la misma que hace seis años, esa persona triste y gruñona que era entonces ha cambiado. Estar con el Señor ha sanado mi alma, hace que cada día sea mejor y me ayuda a no tener miedo porque Él lleva el control de mi vida. Cada día me hace nueva”, afirma.
“Estar con el Señor
ha sanado mi alma,
hace que cada día
sea mejor”
El único “pero” que Mónica encuentra en la Adoración es la dificultad que experimenta para “poder mantener esa excelencia interior para escuchar la voz del Señor, ¡nos distraemos con cualquier cosa!”, confiesa. “Nos ponemos a pensar en el trabajo, en las tareas de casa, qué voy a cocinar… Es difícil mantener un silencio interior constante para poder escucharle y dejarnos guiar, pero cuando lo consigues es un gran regalo”.
Rocío Martín



