La dramática inflación que deja la moneda iraní sin capacidad de compra, la sequía pertinaz que provoca constantes cortes de agua en un país en el que no hay ni un río y ha agotado buena parte de sus recursos subterráneos y el hartazgo de los jóvenes que sólo han vivido bajo la represión del régimen de los ayatolás han generado el caldo de cultivo propicio para las últimas revueltas que Donald Trump puede aprovechar para acabar con su gran enemigo en Oriente, el que alimenta a los terroristas de Hamás en Israel y a los de Hizbulá en Líbano.
La antigua Persia, ese vastísimo territorio en su mayoría desértico que alberga bajo su suelo la codiciada riqueza del petróleo, ha conocido pocos tiempos de paz. Ocupada a lo largo de la historia por oleadas sucesivas protagonizadas por sangrientos conquistadores -mongoles, árabes…-, el periodo de la historia contemporánea está marcado primero por la colonización inglesa, que utilizó esta extensión de terreno como tapón para frenar a otras potencias, la decisiva influencia soviética que propició disfrazar de comunismo la imposición del islamismo radical en 1979 con el fin de la monarquía del Sha Palevi, y la devastadora guerra entre Iraq (musulmanes suníes) e Irán (musulmanes chiíes), que fue la gota que colmó el vaso de un éxodo masivo de iraníes por todo el mundo.
En estos momentos hay que ser cautos con el devenir de los acontecimientos. La información llega con cuentagotas porque el brutal régimen autoritario dirigido directamente por los líderes religiosos del país, que manejan los hilos de la política, ha cerrado a cal y canto internet y la mayor parte de las comunicaciones del exterior. Pero, aunque no es la primera revuelta de la población en los últimos 46 años, esta tiene algunos elementos diferentes. La crisis económica está afectando a una población ya empobrecida que es capaz de arriesgar su vida en la calle porque le queda poco que perder.
Aunque sin confirmación oficial, los testimonios que llegan de las principales ciudades iraníes hablan de miles de muertos asesinados a bocajarro en las manifestaciones. Las técnicas brutales de opresión ejercidas por los ayatolás durante las últimas décadas permitían controlar a la población a través del miedo extremo. Pero cuando el miedo deja de funcionar y las protestas adquieren mayor visibilidad, la comunidad internacional le presta mayor atención a un país que, en cualquier caso, siempre representa un problema, tanto por sus vínculos con el terrorismo como por las dudas sobre las posibles armas nucleares que hayan podido desarrollar.
Por eso, el hecho de que Donald Trump desde Estados Unidos aliente a los manifestantes para que mantengan la presión y asegure que la ayuda está en camino, y la aparición en escena del Reza Palhevi, el hijo del anterior Sha expulsado en 1979 por la revolución comunista, invita a pensar en un posible escenario de cambio de régimen. El problema es que todos los cambios de régimen en el enorme territorio persa se han producido después de un dramático baño de sangre en el que la población civil es siempre la que más padece.
Para profundizar en la historia que ha llevado a Irán hasta este punto y entender las raíces de su presente, no te pierdas La sombra del ayatolá, de Javier Gil de Ciudadela Libros




