A la sombra de un santo terebinto

Cuento de Navidad inspirado en los comentarios y meditaciones de los santos a la infancia de Jesús, y en las visiones sobre la cueva de Belén de Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena, y Santa Catalina Emerick.

El terebinto es árbol centenario. Testigo de numerosos acontecimientos trascendentales del Antiguo Testamento, se consideraba árbol sagrado en tiempos de la larga travesía de José y María desde Nazaret hasta Belén. Sus ramas se abren como brazos protectores, refugio de viajeros y peregrinos a través de los siglos. 

En aquella hora de la historia de la salvación, la Sagrada Familia dejaba a su espalda la placentera pernocta a los pies del monte Gelboé, y se adentraba en la penumbra de la noche, en los fríos valles de Siquem, en la zona actual de Nablus, hoy a unos 50 kilómetros de Jerusalén. El día anterior, en una pausa en el camino, habían recibido el calor del hogar de unos buenos esposos desconocidos, admirados por la bravura de María al lanzarse al camino hacia Belén en su estado de gestación. Pero ahora peregrinaban en soledad, la escarcha volvía el paisaje aún más árido, sorteando siluetas de olivos, aroma de tomillo y de viñas en las terrazas entre atajos de guijarros, tras los pies del pollino, que al fin se detuvo, como si hubiera escuchado a María sugerirle a José que quizá debían descansar. El asno señaló con su lenta indiferencia el lugar: una fuente y un árbol, un terebinto. 

Como tantos otros peregrinos, se instalaron bajo sus retorcidas y densas ramas, tras colgar una lámpara del árbol. José había acomodado unas colchas para que María pudiera sentarse, y ambos compartieron algunos panecillos y frutas, y bebieron de la fuente que manaba junto al terebinto. Apenas quedaban unos días para que naciera el Hijo de Dios. Con su espíritu alegre y audaz, siempre al servicio de María, José consoló a su esposa y, en lugar de lamentarse por la dureza de la peregrinación, prefirió ilusionarla con todo lo bueno que les esperaría en Belén, donde conocía a los dueños de una casa, gente buena, que podría darles cobijo con toda comodidad durante algunos días. Esa esperanza, ese sueño compartido, les hizo olvidar los sinsabores del momento, y descansar en paz en un sueño reparador. José interpretaba la llegada a Belén como una suerte de vuelta al hogar que bien conocía.

Sería cerca del mediodía cuando, desde su cabaña, unos pastores vieron las sombras caminantes de José y María, sobre el pollino, cruzar serenamente entre las huertas. Atrás acababan de dejar una finca, donde un hombre se negó a recibir José, estando la dueña del lugar ausente. Era un buen sitio para reponer fuerzas, pero a menudo los lugareños más cerriles desconfiaban de la pareja, o respondían con hostilidad a la exquisita bondad de José y al rostro amable de María, cuyo avanzado estado de embarazo no conmovía a todos por igual cuando se trataba de recibirla en sus propiedades. A menudo eran las gentes más sencillas, viajeros y pastores, quienes acogían con calor y humildad a José y María, y escuchaban su historia profundamente conmovidos. 

¿Qué extraña alegría podrían exhalar los corazones de la Sagrada Familia para mostrar aquellos rostros serenos, bellos, alegres, tapizados de un halo divino, en medio de tanta contrariedad? Quienes estaban hechos a la dureza del entorno, a la frialdad de los inviernos, a la resignación del vagabundeo rural, y acostumbrados a una cierta intemperie entre ganado y sembrados, no lograban descifrar el misterio de José y María, pero algo fuerte como un imán empujaba a las almas nobles a estar en su presencia. 

De una cueva salieron estos pastores al paso de José, les dieron paja y ramas para que pudieran encender un fuego, y conversaron con ellos sobre la travesía. José repetía una y otra vez las razones de su viaje y escuchaba siempre las mismas respuestas, entre la admiración y la incomprensión, porque a los caminantes y vecinos les resultaba difícil entender que los esposos no hubieran decidido aguardar en su casa de Nazaret, rodeados de todas las comodidades que pudiera necesitar María para el parto. Aquellos hombres nómadas, que vivían ocupados en sus rebaños en remotas aldeas, no recibían comunicación oficial alguna, y desconocían por completo el decreto de un censo por parte de César Augusto, y más aún, tampoco sabían qué sería aquello tan grave que debía implicar, como para que José y María recorrieran aquellos abruptos valles y montañas día y noche, en dirección a Belén. 

José explicaba con calma todo aquello a las gentes sencillas, que lo escuchaban un tanto escandalizados por su osadía, con la misma paciencia una y otra vez. Les contaba que el censo obligaba a registrarse en la ciudad de su familia, y él, de la casa y linaje de David, debía llegar hasta Belén, la ciudad de David, en Judea. María debía saberse ya aquel discurso de memoria, al punto de que a menudo bromeaban entre ellos sobre las explicaciones recurrentes. En las largas horas de soledad compartida, primaban más las miradas que las largas conversaciones, como cuando la complicidad vuelve más elocuente el silencio que las palabras. Ambos estaban en una senda divina, siguiendo un designio, también eso les movía a estar dispuestos a la oración, constante y confiada, durante el camino. Nada diferenciaba el mutismo solemne o la charla distendida, porque por ser la Sagrada Familia en ambos casos estaban orando en presencia de Dios.

A los pastores de este lugar les impresionó aún más el relato de los esposos que su sorprendente imagen, y caminaron hacia la casa donde habían sido rechazados, para glosar la bondad de José y María y la nobleza y rectitud de su aventura hasta Belén. La dueña, escuchando a los pastores, a los que conocía del lugar, se avergonzó de que su marido hubiese prohibido la entrada a José, y se acercó a la cabaña donde descansaba la Sagrada Familia. La mujer se disculpó amistosamente ante la Virgen, y acompañada de dos niños, llevó provisiones y alimentos como regalo para los caminantes. Antes de partir otra vez hacia su destino, el marido de la dueña de la finca también se acercó a donde estaba José a pedirle disculpas por su hostil recepción, y le recomendó un buen lugar para descansar el día siguiente no muy lejos de allí, y poder reponer fuerzas durante los festejos del sábado. 

Tras caminar unos pocos kilómetros, reconfortados por la bondad de los pastores y los aldeanos, arribaron a la posada donde les había indicado aquel hombre, pero el dueño se excusó asegurando que estaba lleno de viajeros. La mujer, sin embargo, había escuchado la conversación desde lejos, y se acercó a la puerta de la posada a ver quiénes eran los huéspedes rechazados. María entonces miró a los ojos a la señora, y con inmensa humildad, volvió a pedirle ayudar para encontrar alojamiento. Los dueños, con el corazón arrebatado ante la dulce petición de la Virgen, arreglaron un granero próximo con todas las comodidades que permitía el lugar, y así pudieron pasar el sábado entre ratos de oración y otros de sencilla camaradería con los lugareños, que hasta allí se acercaron también los dueños de la finca anterior y sus hijos, y varios de los pastores. 

Como solían hacer las madres con sus hijos, María instruía a los hijos de aquellos muchachos, se ponía a su altura para hablarles, y los pequeños escuchaban con asombro y emoción las enseñanzas que les trasladaba la Virgen, de pronto convertida en una más entre los del lugar. 

Con las últimas luces del día, José se dejó guiar por los caminos cercanos por el dueño de la posada, que deseaba pasear y conversar con él, relatándole viejas historias de aquellas aldeas y contemplando juntos aquellos campos y jardines. Era tal la confianza y la alegría que encontraban quienes se acercaban allí a compartir un rato con la Sagrada Familia, que los lugareños quisieron convencerlos para que se quedasen hasta el nacimiento del Niño, prometiéndoles todas las atenciones, pero los esposos rechazaron amablemente la invitación, y reemprendieron su camino al alba, dejando una semilla blanca, una luz misteriosa, en el corazón de aquellos hombres buenos y hospitalarios. 

Cuando aquellos hombres se reincorporaron a sus tareas cotidianas, tras la temprana partida de la Sagrada Familia, se movían entre la euforia y la melancolía. La euforia de haber estado cara a cara con Dios, que esperaba su hora en el vientre de María, y la tristeza de echarles de menos ya, sin saber por qué, que después de todo solo habían compartido unas horas juntos. No podían –claro está- comprenderlo, pero su corazón había sido tocado por el misterio y la ternura del buen Dios.

De nuevo, para José y María, el contraste entre la luz y la sombra, la alegría y la tristeza, la adversidad se les aparecería a la vuelta de su senda. La ciudad se alzaba despacio entre el horizonte, bajo una gran polvareda de bullicio, muchedumbres, y gran actividad. La euforia de los Santos Peregrinos crecía al ver aproximarse el destino, pero era más bien complaciente espejismo. La llegada a Belén fue decepcionante para José, cansado tras la larga travesía. Todas sus esperanzas se vinieron abajo nada más llegar, también las que había sembrado en María durante todo el viaje, pero fue entonces la Virgen quien sostuvo su ánimo. Nunca perdió la calma, ni abandonó el buen humor.

En las afueras, la Sagrada Familia se detuvo junto a un gran edificio rodeado de carpas, donde se cobraban los impuestos y donde se solicitaba el permiso para acceder a Belén. Allí mismo había estado la antigua casa de paterna de la familia de David, que fue propiedad del padre de José, de modo que muchos de sus parientes se habían asentado en los alrededores del lugar. Sin embargo, cuando se dio a conocer, ninguno de ellos quiso hacerse cargo, andaban todos a sus quehaceres y no quisieron acogerlo, ni siquiera recibirlo. Aquello con lo que había estado alegrando el corazón a María durante la travesía, de pronto, se desvanecía. Pero en su humildad no se permitió el dolor del orgullo mancillado, sino que aceptó serenamente el contratiempo, recogió la suave mano tendida de la Virgen, y se puso en marcha hacia otro lugar.

Los habitantes de la ciudad que rechazaban a la Sagrada Familia sentían la abulia de los días de agitación, que lo eran, por la llegada masiva de familias de otras latitudes, y por la novedad y revolución que tal cosa suponía para Belén. No es que cerraran sus puertas por maldad o egoísmo, no es que les envenenara la falta de caridad, es que les podía la indiferencia ante las palabras de los esposos; al contrario que los sencillos pastores, no tenían el corazón dispuesto para acoger la sutileza del misterio del Niño Dios.

José y María recorrieron las calles de Belén, llamaron a las posadas y a las casas una y otra vez. La ciudad estaba colapsada de gente por el requerimiento censal, y todo lo que pudieron conseguir fueron algunos alimentos, que las buenas gentes que tuvieron la paciencia de escucharles les cedieron al conocer su periplo. 

José recordaba bien muchos de aquellos rincones de sus años de juventud. Veía las plazas donde jugaba con sus amigos, reconocía incluso los árboles centenarios y las casas que habían formado parte de su vida. Hoy le miraban como a un extraño incluso aquellos a los que identificaba como parientes de unos y otros conocidos de antaño. También acudió al lugar solitario donde solían reunirse los pastores cuando iban a Belén con sus rebaños. Allí se retiraba con frecuencia mucho tiempo atrás, para rezar lejos de la algarabía de la ciudad. Hasta el páramo le movió la curiosidad y la búsqueda, pero también la necesidad de un instante de cercanía a Dios ante tanta contradicción, buscando luz entre tanta contrariedad, aturdida ya la cabeza y con el cansancio haciendo mella en cada paso.

Confortado una vez más por su luminoso corazón, en el Valle de los Pastores, ya era tarde, José eligió la gruta en donde debían refugiarse. La Virgen notó que el pollino que los había abandonado al llegar a Belén entraba velozmente en ella, algo que no hizo en ninguna otra de las cuevas que había alrededor. De algún modo interpretó que la voluntad de Dios era que se instalaran en tan humilde lugar. Y estaban siempre dispuestos a aceptar esa voluntad sin dramas, con alegría, con el espíritu joven que exhibían a toda hora, siempre atentos a las insinuaciones de la Providencia.

Aquella noche los pastores no se retiraron a descansar como de costumbre cuando el manto de estrellas cubrió valles y montañas. Algo les movía a reunirse en el lugar habitual: la gran torre desde donde vigilaban sus rebaños. Sus familias se habían instalado alrededor mucho tiempo atrás, con sus granjas y jardines delimitados. Y los propios ganaderos guardaban en un refugio junto a la torre sus utensilios. Cuando algo nuevo ocurría, rápidamente se reunían allí. 

En esa enigmática madrugada no había pasado nada especial, pero una extraña euforia les guiaba al desvelo, y a encontrarse unos con otros, sin saber muy bien qué decirse para explicar tan excepcional sensación. Incluso la naturaleza parecía bendecida por la alegría, las plantas y los animales lucían en esplendor, y el cielo se cernía bellísimo, rojo oscuro, sobre Belén, mientras en las alturas se perdía el vaporeo del fuego encendido en la gruta de la Sagrada Familia. Los pastores subieron hacia la alto de la torre para contemplar la maravilla de aquella noche santa que no podían comprender, pero podían sentir en lo más hondo de su corazón, como los místicos a los que Dios ha ungido a través de los siglos en arrobos sobrenaturales de amor inconmensurable, más allá de lo que sus límites humanos pueden asimilar.

Poco después, cuando la Virgen dio a luz al Niño, los pastores se sorprendieron de nuevo al ver una lengua de luz, como un resplandor del cielo, emergiendo de la gruta de Belén. Aún no habían decidido emprender el camino hacia el lugar e investigar tan extraño fenómeno, cuando un suave y dulcísimo cántico comenzó a resonar por el valle: “Os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. Encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre”. 

La voz del ángel calmó la inquietud que habían comenzado a sentir ante el inmenso misterio de aquella madrugada. El mismo mensaje resonó, llevado por los ángeles de Dios, allá donde los pastores del lugar se encontrasen, regresando a casa, alrededor de su aldea, o ultimando el traslado del ganado los más rezagados. Y más allá, en todos los lugares del mundo palpitó el bien, en las almas y en la naturaleza, como los tres soles de medianoche que pudieron verse en tantos lugares, también en España, fundiéndose en uno solo; la naturaleza despertaba en adoración a Dios, como si tuviera consciencia de la hora crucial de la salvación de los hombres, la que habían anticipado los profetas desde tiempo inmemorial.

Los pastores, movidos por una inexplicable alegría, cada uno desde sus quehaceres, emprendieron bajo la brillante estrella el camino a la gruta de Belén, donde encontraron al Niño bañado en la más increíble humildad, pero revestido del fulgor de un Dios, en el calor del hogar improvisado por José y María, que donde ellos estaban nacía un hogar, fuera entre las comodidades de una posada, o en la miseria extrema de una cueva que los locales empleaban para refugiar al ganado cuando arreciaban las tormentas. 

Alrededor de la cueva, a la que fueron llegando quienes conocieron la buena noticia, se alzaban varios terebintos, testigos privilegiados del plan de Dios desde tiempos pretéritos, dando cobijo a quienes peregrinaban, ya casi al alba, hacia el pesebre del Niño que vino a salvar a la humanidad. Ninguno de aquellos hombres rudos y buenos podía hacerse siquiera una lejana idea de lo que estaba ocurriendo, pero todos fueron invocados en la bondad de su alma, en la sencillez de su corazón, para ser los primeros de la historia en ofrecer sus vidas, sus anhelos, y sus bienes a los pies del pesebre, adorando al Niño Dios. Testigos, como sagrados terebintos, de una luz blanquísima que con idéntica intensidad que entonces atraviesa hoy los corazones de los hombres y engalana la belleza de la Creación cada Nochebuena en todos los rincones del mundo.

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